El empresario que habló cara a cara con las Farc


Maurice Armitage, presidente de la Siderúrgica de Occidente, estuvo en el polémico grupo de víctimas que viajó a La Habana con Piedad Córdoba. Esta es la historia de un hombre que aunque estuvo secuestrado, le pagó el abogado a su secuestrador.

16 de diciembre de 2014
Foto: Reconciliación Colombia.


El primer secuestro ocurrió en Bahía Solano (Chocó) cuando comenzaba el año 2002. El frente 57 de las Farc se llevó a un grupo de seis turistas provenientes de Cali, que estaban de paseo en una de las zonas naturales más bonitas del pacífico colombiano.

Maurice Armitage, presidente de la Siderúrgica de Occidente (Sidoc), estaba entre ellos.   

Duraron un mes y medio en las selvas chocoanas. Y para salir de ahí, a todos les tocó pagar el rescate de su propio bolsillo.“Todos pagamos. Los que éramos ricos y los que eran pobres, como un señor que era un mecánico para el que nos tocó hacer un fondo común”, recordó Maurice en una entrevista publicada por El Tiempo en marzo de 2014.

Años después, cuando pensaba que ya había vivido el suficiente calvario que le correspondía en la vida, lo volvieron a secuestrar. Esta vez solo, amarrado y amordazado.

Estaba en su finca de Jamundí (Valle del Cauca) y unos delincuentes comunes se lo llevaron con el fin de venderlo a la guerrilla. No pudieron hacerlo. Corría el año 2008, el presidente Álvaro Uribe estaba en el poder y la acción de las Fuerzas Militares ante cualquier acto delincuencial era inmediata.

A Maurice lo soltaron a los cinco días ante la presión de las autoridades por rescatarlo y el propio Uribe lo llamó para pedirle perdón por no haber evitado el secuestro.

Pero la mayor sorpresa se la llevó después, cuando se enteró que el mayordomo de su finca, que había trabajado con él durante cinco años, había sido cómplice en su segundo plagio. Las autoridades lo descubrieron y, finalmente, termino confesándoselo todo.

Y ese fue el momento en el que Maurice Armitage probó su valía como ser humano. No pidió que la justicia castigara sin contemplaciones al culpable, como haría cualquier otra persona en su posición, sino que en un acto sorprendente de perdón, pagó los 15 millones de pesos que costó el abogado de su mayordomo, el mismo que había dado información para su secuestro.

“Todo el mundo tiene derecho a una segunda oportunidad”, le dijo ese día. Una frase que resume la consigna de su vida, aún con dos secuestros a cuestas.

Capitalismo y socialismo

Armitage es caleño, hijo de un inglés y una paisa que se conocieron en Palmira (Valle del Cauca) en los años 30. Creció con cinco hermanos y aunque nunca vivió en medio de lujos, tampoco tuvo necesidades. Su papá trabajaba en un banco y su mamá tenía un taller de costura, que le alcanzó para sostener a su familia incluso cuando su esposo murió.

Al salir del colegio, Armitage intentó estudiar economía y derecho, pero no terminó ninguna carrera. Se casó a los 24 años y, desde entonces, su meta fue mantener a su familia. Trabajó en una empresa de acero, trató de montar un negocio de papas fritas y luego intentó con pequeñas empresas que le prestaban servicios a los ingenios azucareros.

En 1986, asociado con un primo, compró una siderúrgica de Cali que estaba en quiebra y fundó lo que hoy se conoce como Siderúrgica de Occidente (Sidoc), una empresa que fabrica y comercializa acero de alta calidad y que se ha posicionado como una de las más importantes del Valle.

Hoy, Maurice es uno de los empresarios más reconocidos del departamento. Fue uno de los fundadores del Grupo Empresarial del Valle y hace parte de las juntas directivas de la Cámara de Comercio de Cali y de Fenalco Valle.

La experiencia de su secuestro no cambió la forma en la que siempre ha hecho negocios, que para muchos es extraña. “Hay que usar el sistema capitalista para ganar plata, pero tenemos que gastarla pensando en el sistema socialista. Los que tenemos más dinero, tenemos mayor responsabilidad con el país y con los que no han tenido tantas oportunidades”, repite con frecuencia.

Y no sólo son palabras. El salario más bajo en su empresa es de 1’500.000 pesos al mes y lo recibe la señora que sirve los tintos. Además, reparte utilidades cada 90 días entre todos sus empleados, que se benefician con programas de educación, vivienda y salud.

Como si fuera poco, la empresa tiene una fuerte inversión social en Siloé, una de las comunas de Cali con mayores índices de pobreza y violencia. Sus dos hijas manejan los proyectos, que van desde clases musicales a jóvenes de la zona, hasta proyectos de embellecimiento e infraestructura.   

Esa visión, ha tratado de compartirla con otros empresarios. Incluso, el 26 de febrero, en un encuentro regional de Reconciliación Colombia realizado en Cali, a Maurice se le aguaron los ojos hablando frente a 60 representantes de la sociedad civil, la institucionalidad local y el empresariado.

Entre aplausos, le manó un mensaje a sus colegas: “Tenemos que aportar. Una empresa no puede estar bien dentro de una sociedad que vive con desigualdad y pobreza”.

Cuestión de oportunidades

Cuando Maurice estaba secuestrado en las selvas del Chocó tuvo la oportunidad de hablar con los guerrilleros que lo tenían cautivo. Les dio clases de matemáticas, les contó su vida y escuchó sus historias. Conoció las razones que muchos tenían para estar en el monte, con un fusil al hombro.

Y cuando estaba amarrado y amordazado, durante su segundo secuestro, aprendió a conocer a los muchachos que pretendían venderlo a la guerrilla. Vio que eran personas humildes, a los que la falta de oportunidades había empujado a la delincuencia.

Eso marcó su vida y reafirmó su conciencia  social. Por eso, nunca se ha arrepentido de haber ayudado al mayordomo que lo traicionó. Incluso, cuando salió libre le ayudó a conseguir un trabajo estable. “A veces lo llamo y hablamos”, cuenta.

Para muchos, su actitud es extraña, pero como dijo en una entrevista a Reconciliación Colombia a principios de septiembre, cuando lo destacaron como uno de los líderes del año 2014: “cuando uno ha podido conocer a la gente de abajo y de ver las angustias que viven y a lo que los ha llevado la violencia y la falta de oportunidades, uno termina entendiéndolos, perdonándolos y ayudando a que el país cambie”.