Los héroes anónimos del 2014

Mientras el proceso de paz avanzaba y el país se polarizaba por las elecciones presidenciales, cientos de colombianos desconocidos trabajaron silenciosamente en sus regiones por construir paz y reconciliación. Ellos son una muestra de esto.

19 de diciembre de 2014
 

Jeny Castañeda

Esta mujer de Puerto Triunfo (Antioquia) les demostró a los colombianos que perdonar es posible. Cuando tenía 20 años, paramilitares de las Autodefensas Campesinas del Magdalena Medio asesinaron a Damary Mejía, su mamá. Una líder comunitaria que había logrado construir barrios para gente sin hogar.

Desde entonces le tocó encargarse de su familia, hacer de madre de sus hermanos y vender las fincas para costear la enfermedad de su abuelo, quien murió a los pocos meses. Eso la convirtió en una líder de víctimas que enfrentó en las audiencias de Justicia y Paz a varios exjefes paramilitares desmovilizados.

Pero su vida dio un giro de 180 grados cuando le detectaron cáncer y convaleciente en una cama del Hospital San Vicente de Paul de Medellín se soñó con su madre muerta que le decía que Ramón Isaza, líder de las Autodefensas Campesinas del Magdalena Medio, la iba a buscar para pedirle perdón y le aconsejaba que lo hiciera.

La premonición de su madre se cumplió y hoy Jenny trabaja con los desmovilizados del bloque que mató a su mamá para lograr la verdad y la reparación de las víctimas del municipio.

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Yolanda Perea

Como tantas mujeres colombianas, Yolanda Perea sufrió desde pequeña los estragos del conflicto armado. Un guerrillero de las Farc la violó cuando tenía 11 años y vivía con su familia en una finca de Riosucio (Chocó) y desde ese momento su vida cambió: quedó embarazada y perdió el bebe, a su mamá la mataron por reclamar lo sucedido y poco después salió desplazada junto con su familia.

Estuvo en Apartadó y Medellín (Antioquia), se casó, tuvo dos hijos y se separó. Trabajó como empleada doméstica y gracias a una amiga comenzó a ir a reuniones en donde conoció los derechos que tienen las víctimas del conflicto. Así se convirtió en una líder, creó la Organización Afrocolombiana el Puerto de Mi Tierra y comenzó a ayudar a las mujeres de Riosucio, el municipio del que había salido desplazada.

Desde entonces le han llegado varias amenazas de muerte y hoy tiene que usar un chaleco antibalas. Pero su trabajo por las mujeres ha sido tan efectivo que hace parte de la Mesa Nacional de Víctimas y representa a las que han sufrido violencia sexual. 

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Padre Leonel Narváez

Desde marzo del año 2003 y de forma silenciosa, la Fundación para la Reconciliación viene trabajando por construir paz en las regiones de Colombia. Su presidente, el padre Leonel Narváez está constantemente pensando fórmulas para que los colombianos abracen la reconciliación y el perdón.

Su principal creación son los centros de reconciliación, que actualmente funcionan en zonas vulnerables de Bogotá, Florencia (Caquetá) y Bugalagrande (Valle), y que le enseñan a cerca de 6.000 personas del común a perdonar, confiar y dejar atrás sentimientos como el odio y la venganza.

Pero no es lo único que hacen. Tienen otros modelos pedagógicos, avalados por expertos internacionales y que, incluso, son reconocidos en otros países del mundo.  Por eso y mucho más, la fundación estuvo nominada al Premio Nacional de Paz y Leonel Narváez al reconocimiento Royal Salute – Semana. 

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Regis Ortiz y Martha Amorocho

Fue uno de los actos más conmovedores del 2014. En el Club El Nogal, el escenario de uno de los actos terroristas más recordados en Colombia,  una víctima del atentado y un desmovilizado de las Farc –el grupo que puso la bomba– se fundieron en un abrazo, luego de que el segundo le pidiera perdón a la primera.

Se trata de Martha Amorocho y Regis Ortiz. Martha perdió a uno de sus dos hijos en el atentado, mientras que el otro quedó en coma profundo y hoy tiene un retraso mental. Regis estuvo en la guerrilla hasta que vio morir a un niño al que nunca convenció de que abandonara el grupo armado, y desde entonces está en la civilidad.

Ambos son el ejemplo de cómo la guerra destruye vidas y de cómo estas se pueden reconstruir con constancia. Y su abrazo es el símbolo de lo que algún día  debe llegar a ser Colombia. 

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Débora Barros

El 18 de abril de 2004, 50 paramilitares al mando de alias ‘Jorge 40’, uno de los jefes más temidos de las Autodefensas Unidas de Colombia, llegaron a Bahía Portete (Guajira)  y asesinaron a cinco mujeres, golpearon a otras cuantas y desplazaron a cerca de 600 indígenas wayuú.

Desde entonces Débora Barros, una mujer de la comunidad que en esa época era inspectora de policía de Uribia, lidera el movimiento Wayuú Munsurrat, que agrupa mujeres que luchan para que las 1.300 familias que salieron desplazadas puedan volver a la tierra que les pertenece.

Mientras esto sucede, hacen un trabajo de memoria histórica que les ayuda a sanar las heridas que aún siguen abiertas. Además de contar sus historias, tejen y pintan, y poco a poco han regresado al pueblo para arreglar las fachadas. El trabajo de Débora fue reconocido por la ONU, la Universidad Nacional y la Iglesia Católica, cuando fue escogida como una de las 60 víctimas que viajaron a Cuba.

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Rodrigo Trujillo

Cuando 250 familias campesinas del departamento del Putumayo decidieron cambiar los cultivos de coca por la pimienta en 1998, nunca se imaginaron que 16 años después su iniciativa iba a ser reconocida en todo el país.

Gran parte del éxito es gracias a Rodrigo Trujillo, uno de los campesinos que inició con la pimienta y quien hoy es gerente de Condimentos Putumayo S.A.
Con la ayuda de la petrolera Gran Tierra Energy y de Mercy Corps, ha logrado que el producto se venda en Bogotá y que la empresa, que les compra el producto a los campesinos a precio del mercado, sea reconocida.

Hoy, Condimentos Putumayo le vende varios tipos de pimienta a restaurantes como Wok y Harry Sasson, y los campesinos ya están empezando a sembrar cúrcuma y otras especias exóticas.

Además, en conjunto con las familias de la zona creó Empresarios Agrícolas por la Paz, una iniciativa que incentiva a los campesinos a trabajar por la paz desde el campo. Desde allí, buscan tener campesinos productivos que no tengan la necesidad de hacerle daño a nadie. Pues como dice frecuentemente Rodrigo: “El camino para la paz pasa por un campo productivo que dé oportunidades"

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Marina Gallego

El 2014 fue un buen año para la Ruta Pacífica de Mujeres, un movimiento que desde hace 18 años trabaja por dignificar a la mujer en Colombia y por arrebatarles sus hijos a las máquinas de la muerte que cíclicamente produce la guerra en el país.

Este año no sólo estuvieron en La Habana, en el marco de la primera visita de organizaciones a la subcomisión de género, sino que también ganaron el Premio Nacional de Paz, uno de los galardones más importantes de los que se entregan anualmente en el país.

Como si fuera poco, en febrero lanzaron dos libros con historias de 1.000 mujeres víctimas del conflicto en Colombia. Testimonios que han salido de los 18 años que llevan trabajando con las comunidades.

Marina Gallego, coordinadora nacional del movimiento es la gran responsable del éxito de la ruta, pues ha logrado crear una red que trabaja con mujeres de todo el país, las empodera y les ayuda a salir adelante. 

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Hermana Alba Stella Barreto

En el distrito de Aguablanca, uno de los más vulnerables de Cali, una monja santandereana trabaja desde hace 27 años de la mano con los desplazados, las mujeres cabeza de hogar y los pandilleros.

Se trata de Alba Stella Barreto, directora de la Fundación Paz y Bien, una organización que les da oportunidades para salir adelante a los desposeídos de la zona, que la gran mayoría de las veces son desplazados del Pacífico a quienes el conflicto armado sacó de su lugar de origen.  

Ella entendió que la mejor forma de cambiar la zona es darles a todo ellos las oportunidades que nunca han tenido en la vida, y en eso está basada su estrategia: se acerca a la población y a través de sus gustos los va integrando a la educación o a la cultura. Así ha sacado a varias decenas de pandilleros de la violencia.  

Además, para entenderlos mejor decidió vivir entre ellos. Por eso ha dormido en cambuches, vivido en el barro y andado en trochas. Hoy las familias de la zona confían en ella y es una más de los habitantes de Aguablanca. 

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Cesar Montealegre

El momento que más recuerda Cesar Montealegre es el del día que lo pusieron a cavar su propia tumba. Estaba secuestrado por el tercer frente de las Farc y un comandante guerrillero dijo que tenía la orden de matarlo. Aunque el disparo nunca llegó, la angustia, el llanto y el olor a tierra permanecen en su mente.

Montealegre era un prospero comerciante de Florencia (Caquetá) que se negó a pagar una extorsión en una época en la que la guerrilla mandaba en el departamento; había un proceso de paz en El Caguan y las Farc eran amos y señores de una zona de distensión de 42.000 kilómetros cuadrados. Su negativa llevó a que los secuestraran durante 8 meses y a que su familia se quebrara por el esfuerzo de pagar su rescate.

A pesar de todo, Montealegre logró rehacer su vida y volver a empezar sus negocios. Pero el momento en el que demostró su valía llegó varios años después, cuando  Lucho llegó a pedir trabajo como jornalero en su finca. Cesar no lo sabía, pero su nuevo jornalero era desmovilizado de la guerrilla y había estado en el mismo frente que lo había privado de su libertad.

Cuando Cesar se enteró de la verdad, y a pesar de las prevenciones iniciales, decidió darle una oportunidad a Lucho. Hoy es su hombre de confianza, tiene un negocio en su finca y juntos adelantan proyectos en los que ayudan a personas desmovilizadas. 

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Sandra Gutierrez 

A pesar de ser víctima de la violencia y de haber sido secuestrada por los paramilitares, Sandra Gutierrez cree que las personas necesitan segundas oportunidades para salir adelante en la vida. Por eso, promovió un experimento social que terminó siendo un éxito.

Como presidenta de la Junta de Acción Comunal de la vereda de Mesetas en Villavicencio (Meta), decidió que un grupo de muchachos que habían pertenecido a las Autodefensas Unidas de Colombia realizaran trabajos comunitarios en la zona.

Al principio la  relación con la comunidad fue difícil. En la zona había varias víctimas de la violencia que, a diferencia de ella, no veían con buenos ojos que sus victimarios estuvieran pintando sus calles o arreglando las tuberías en sus casas, pero la cercanía fue rompiendo el hielo, y al final la comunidad y los desmovilizados terminaron integrándose.

Como si fuera poco, Sandra decidió contratar a tres de ellos en su empresa y hoy son parte de su familia. Ella fue reconocida como la mujer Cofrem 2014, un reconocimiento que premia anualmente a las mujeres del Meta que trabajan por la comunidad.

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