El arzobispo víctima de El Salvador que va camino a la santidad

Esta es la historia de Oscar Arnulfo Romero, el sacerdote que fue asesinado por los escuadrones de la muerte mientras daba una misa en 1980, y a quien 35 años después, el Vaticano le inicia su proceso de beatificación.  

3 de febrero de 2015               

Cuando el arzobispo Oscar Arnulfo Romero fue asesinado el 24 de marzo de 1980, El Salvador estaba ad-portas de una guerra civil que se extendió por más de una década (1980-1992).

Algunos incluso afirman que la muerte del sacerdote, que durante los últimos años de su vida criticó los excesos de los militares sobre la población civil, fue la gota que rebosó el vaso para que el Frente Farabundo Martí para la Liberación Nacional (FMLN) se alzara en armas contra el Estado.

En 1980 El Salvador venía de una serie de gobiernos militares (o controlados por los militares) que habían comenzado en 1931 y la población estaba acostumbrada a los abusos y las represiones. Pero el arzobispo Romero comenzó a ser una voz incómoda para el régimen.

No sólo creó una oficina de Derechos Humanos en donde les abrió las puertas a campesinos que habían sido víctimas o que huían de la represión militar, sino que empezó a aprovechar el púlpito para hablar contra el régimen militar los domingos en la Catedral.

La gente comenzó a llamarlo ‘la voz de los sin voz’ y sus criticas luego de las expulsiones o asesinatos de sacerdotes y laicos en manos de los militares se hicieron famosas.

La más significativa fue después del asesinato de su amigo el padre Rutilio Grande, cuando celebró una gran misa en la Catedral, en donde repudió el crimen ante 100.000 personas. Allí pidió al Presidente una investigación, excomulgó a los culpables que ya se conocían y anunció  que no iba a acudir a ninguna reunión con el Gobierno hasta que no se aclarara el asesinato.

Mientras tanto, el régimen siguió con una campaña de desprestigió contra la iglesia. Expulsó a varios sacerdotes, se inventó acusaciones falsas y asesinó a otros cuantos.

Pero Romero nunca se rindió. Pasó de criticar la opresión militar en la iglesia, a hacerlo en las diferentes poblaciones del país que visitaba. Eso lo convirtió en el enemigo número uno del Gobierno, pero le trajo respaldo y reconocimiento internacional; obtuvo doctorados honoris causa en la Universidad de Georgetown y en la Universidad Católica de Lovaina y su nombre estuvo postulado al Nobel de la Paz en 1979.  

Ese mismo año, un golpe de Estado avivó la esperanza en Romero de un cambio en las formas del régimen, pero a los pocos meses, la represión continuó. Tanto que sus discursos para construir una verdadera democracia en El Salvador continuaron.

Durante la misa del domingo de ramos de 1980, le dirigió su homilía a los policías y militares, pidiéndoles no matar a la población civil. Pero al día siguiente, mientras celebraba una misa en la capilla del Hospital Divina Providencia, un francotirador le disparó y acabó con su vida. Eran las 6:30 de la tarde del 24 de marzo de 1980.

En El Salvador dan por hecho que la orden de asesinarlo la dio un antiguo mayor del Ejército, Roberto D'Aubuisson. Aunque nunca se identificó ni castigó a los culpables del crimen.


Hoy, 35 años después de su asesinato, el Vaticano anunció que el Papa Francisco reconoció al Arzobispo Romero  como mártir por ‘odium fidei’ (odio a la fe). Con esa decisión, inicia su camino a la beatificación, una forma de rendirle homenaje a quien dio la vida por la paz de su país.