La reconciliación es, esencialmente, un proceso espiritual

Después de un acto violento, el victimario se asume como un obstáculo y como enemigo en el proceso de sanación. Con todo, el sacerdote jesuita Elías López dice que para liberar el espíritu hay que convertir al enemigo en un aliado.
 
20 de febrero de 2015    

Sus estudios en sicología y en teología - es doctor de esta última en la Universidad Católica de Lovaina (Bélgica) - los ha volcado a tratar de entender cómo las personas que han sufrido un profundo daño pueden alcanzar la reconciliación.

¿Es esto posible? Es decir, ¿en realidad una persona que ha sido quebrada por dentro puede alcanzar el estado de la reconciliación?

Tratando de explorar esto, el sacerdote jesuita Elías López se aproximó a  Socorro, quien perdió a su esposo y a dos de sus tres hijos por cuenta de quienes participan directamente del conflicto armado en el Norte de Santander. Ella hizo parte de las mujeres que han recibido asistencia del Servicio Jesuita de Refugiados de Cúcuta.
 
Le preguntó: ¿qué la reconciliaría? Y ella respondió: la justicia.
 
Pero Socorro volvió más complejo el tema al responderle que cualquier clase de justicia, no. Se trataba de la “justicia divina”. Esto porque francamente reconoció que a ella no le alcanza su humanidad para perdonar.
 
Y ahí comienza el diálogo de este sicólogo y teólogo con el público que lo fue a escuchar este jueves en el auditorio Félix Restrepo de la Universidad Javeriana. Fue por estas respuestas de Socorro que el padre jesuita Elías López se metió en este tema.
 
A partir de su conversación con Socorro, la pregunta que se planteó este sacerdote asimismo fue qué respuesta da la teología a las víctimas para que estas también tengan posibilidad de liberarse, de reconciliarse. Y al explorar múltiples procesos políticos y sociales, atravesados como lo están por hechos de muchas emociones encontradas y de circunstancias externas, la mayoría de las veces no atribuibles a quienes sufren el daño; llegó a la conclusión de que los procesos de reconciliación son, en esencia, espirituales.
 
En este plano, los enemigos provocan el encuentro profundo con Dios, pues son procesos de honda confrontación personal. Estos retan los límites del ser humano. Lo llevan al borde. A esa frontera entre lo que humanamente puede hacer y lo que definitivamente no alcanza, por lo que tiene que literalmente echar mano del ser supremo. Ahí, en ese lugar, sucede el encuentro con Dios. Y la persona que decide abandonarse en él, lograr su reconciliación.      
 
¿Por qué? Porque ese estado arranca de sí la capacidad de incluir al otro, al que le hizo el daño, como persona. Y al reconocer que también ese otro es un ser humano, quien sufre el daño logra ver al otro en su fragilidad, en su incapacidad de amar o de haber recibido afecto.  Y cuando lo ve con esos ojos, puede transitar hacia el perdón.
 
Incluso para el budismo –explica- el ‘enemigo’ es el que necesita ayuda, pues es una persona apurada de atención, de amor, de compasión de los otros. Vista así, el odio por el otro se desvanece al tomarse conciencia plena de esa realidad.
 
“Sin re-vincular  al enemigo es imposible restaurar todo el tejido social. Tú puedes restaurar parte del tejido social con tus amigos, con quienes tienen tus mismos discursos, narrativa, forma de entender el mundo. Pero de lo que se trata es de construir juntos”.
 
Así este prelado no se refiere ni única, ni exclusivamente a procesos de reconciliación de la persona consigo misma. Se refiere también a la esfera colectiva. Comenta que, desde la perspectiva de la fe, la reconciliación significa volver a confiar. “La palabra confiar tiene como raíces ‘con’ que significa ‘junto a’; y ‘fiar’, que viene de fe. Lo explica así: “La reconciliación es volver a poner esa confianza en el otro; volver a tejer las relaciones individuales y colectivas de tal modo que se haga sostenible para las futuras generaciones”, dice y añade: “Si nosotros no planteamos que la palabra reconciliación trasciende hacia futuro y abarca las siguientes generaciones, esta no va a ser sostenible, ni plena”.