“La Comisión de la Verdad debe esclarecer responsabilidades colectivas”

El Centro Internacional para la Justicia Transicional (ICTJ) publicó sus conclusiones acerca del foro que discutió ayer los desafíos para Colombia en materia de comisiones de la verdad y justicia transicional.

26 de febrero de 2015

Para la entidad, una de las conclusiones más importantes es que una eventual Comisión de la Verdad en Colombia debe tener límites claros y un mandato realista y ejecutable. Por eso, debe enfocarse en esclarecer las responsabilidades colectivas y no tanto las individuales. Eso incluye a actores institucionales, políticos y económicos.

También dicen que la comisión debe ser un paso concreto, pero no final, en un proceso de búsqueda de la verdad, y que puede allanar el camino hacia la reconciliación.

Por ser de interés público y académico, Reconciliación Colombia reproduce las conclusiones completas:

 

  1. Si bien en Colombia existe un avance importante de esclarecimiento de la verdad y construcción de la memoria histórica, gracias a la verdad develada en procesos judiciales, como Justicia y Paz, a los trabajos del Grupo de Memoria Histórica y del hoy Centro Nacional de Memoria Histórica, a las iniciativas no oficiales de la sociedad civil a lo largo y ancho del país y a experiencias previas de comisiones de la verdad oficiales que han abordado temas o periodos específicos, aún existe una gran demanda de conocimiento y reconocimiento de la verdad del conflicto armado y persisten importantes déficits de verdad. Hemos escuchado algunos de ellos, como son los que conciernen a la desaparición forzada, e, insistentemente, aquellas relacionadas a las responsabilidades de actores institucionales, políticos y económicos.
  2. Es cierto que el momento de esta conferencia internacional no ha podido ser más oportuno. La firma de un acuerdo en la Habana supondría la creación de una Comisión de la Verdad (la cual ya está mencionada en el Marco Jurídico para La Paz, en la agenda de negociaciones y, en gran medida, ya reclamada y esperada por los colombianos y colombianas).  Hemos oído que no se debe adoptar una Comisión de la Verdad con una actitud mecanicista (es decir, como si fuera una obligación de todo proceso de paz o como si fuera un imperativo legal, como si fuera un formato que se debe replicar) o cegados por la fascinación del mecanismo y por sus mitos.  Por eso, conviene realizar una reflexión crítica  que abarque varios puntos: ¿Por qué es importante abordar y esclarecer la verdad sobre el conflicto en Colombia? Y ¿Qué puede hacer, realmente, una comisión de la verdad por el país que no se haya hecho ya?
  3. Para este análisis conviene pensar en el contexto que, como decía Pablo de Greiff, ¨nos toca vivir¨: las oportunidades y riesgos de tener una Comisión de la Verdad surgida de un pacto político, la complejidad del caso colombiano así como en las experiencias, aciertos y errores de otros países que han abordado procesos similares y han tenido ya su propia experiencia. Las Partes negociadoras en la Habana, antes de pensar en cómo va a ser una comisión deben entender claramente qué quieren de ella.   Para ello, las partes tienen que conocer y entender qué expectativas tiene la sociedad colombiana y qué puede hacer realmente una comisión. Estas son preguntas claves por las que se debe empezar el análisis y la concepción. Y más tarde, cuando eso esté claro y acordado, se puede empezar a pensar en el diseño del mecanismo. Teniendo en cuenta que también hemos oído que no hay comisión perfecta.
  4. Por la discusión predominante que ha habido hasta ahora, parecería que la concepción general que se ha mantenido hasta ahora en el país es que una Comisión de la Verdad en Colombia se ocuparía de un largo periodo de tiempo, de graves violaciones masivas de los derechos humanos y, además de causas estructurales y otros muchos temas. A veces existe incluso la expectativa de que una comisión Colombiana surgida del proceso de paz hará un examen minucioso de cada hecho, de cada caso, de cada víctima, de cada contribución de un perpetrador...
  5. Por lo oído hoy, esa aproximación podría quedar en entredicho. O al menos, señalada con una marca roja de alarma y alto riesgo.  La experiencia internacional que hemos oído y que está recogida en el informe que hoy se presenta, señala que aún en el caso de comisiones de la verdad con mandatos amplios y ambiciosos, el esclarecimiento de cada hecho, desde una perspectiva de verdad forense, es imposible.
  6. Hemos oído que una Comisión de la Verdad vive y existe en la tensión entre lo deseable y lo posible. Y que es más sensato abordarla con un criterio de realidad y no fascinado por su mística: Una Comisión de la Verdad no es capaz de esclarecer todos aquellos hechos que no se aborden en los tribunales. Transmitir ese mensaje puede crear falsas expectativas y trasladar la lógica de los procesos judiciales ordinarios a un mecanismo no judicial como la comisión. Es importante recalcar y corregir la presunción errónea de que esta pretende reemplazar a la justicia. No se trata de un valor de transacción para obtener beneficios ni tampoco puede entenderse como un mecanismo residual de los procesos penales.
  7. Es importante destacar que hoy han sido recurrentes las intervenciones que, de distinta manera, han señalado un enfoque que va más allá de la responsabilidad individual. Un objetivo principal de una Comisión de la Verdad en Colombia debería ser el develar y esclarecer, no tanto responsabilidades individuales, sino lo que concierne a las responsabilidades colectivas de actores institucionales, políticos y económicos: las causas y consecuencias del conflicto en sus múltiples dimensiones, sus objetivos, motivaciones y estrategias, así como las estructuras de poder que tienen responsabilidad, directa e indirectamente, en el conflicto armado interno más largo del continente americano.
  8. Ha sido igualmente recurrente escuchar que una Comisión de la Verdad en Colombia debe garantizar la participación más amplia posible. Esto significa dar, por supuesto, participación a las víctimas en plenas condiciones de seguridad y garantizar que esta sea reivindicadora, dignificante y que se visibilicen las víctimas que no sean conocidas. Aun cuando no sea posible esclarecer y analizar todos y cada uno de los hechos, ese reconocimiento es un aporte fundamental de la comisión a una paz estable y duradera. Pero también hay un matiz interesante e innovador en la discusión Colombiana: una Comisión de la Verdad no es sólo sobre las víctimas, es sobre toda la sociedad. Debe ser capaz de involucrar y lograr la participación de actores directos del conflicto y también de otros sectores de la sociedad a menudo ausentes, lejanos o contrarios a estos procesos. También debe involucrar  aquellos que de una u otra forma han participado y se han beneficiado del conflicto. Se debe prestar atención a sectores usualmente ajenos a estos procesos. Hay que romper los límites habituales e involucrar a toda la sociedad.
  9. Una Comisión de la Verdad no es un hecho, es un proceso. No será tampoco el capítulo final del esclarecimiento de la verdad sino un paso clave que debe potenciar a otros muchos. En los casos que hemos oído, las comisiones de la verdad suelen representar una oportunidad única para el reconocimiento y discusión de la verdad en una sociedad. La atención nacional que suscita su creación y el trabajo que despliega es una oportunidad para que la sociedad confronte su pasado. Un momento catártico, quizá doloroso y difícil, que debe marcar un punto de inflexión en la sociedad.
  10. En ese proceso no debe haber cabida a la negación ni se debe exigir un consenso final ni la creación de una narrativa única. Debe ser un proceso colectivo de reconocimiento de hechos y discusión social de aquello que se sabe pero que no se quiere aceptar, de lo que aún no se sabía y de las múltiples responsabilidades de actores institucionales, políticos y económicos, que deben emerger después de décadas de negación. Todo este proceso de la creación y desarrollo del trabajo de la comisión debe ser parte de la actividad reparadora y contribuir a la reconciliación.
  11. La experiencia escuchada hoy apunta a que las Comisiones de la Verdad con diseños sencillos y operativos obtienen mejores resultados. Grandes y complejas estructuras burocráticas, así como mandatos excesivamente ambiciosos, no logran cumplir con las expectativas que las sociedades depositan en ellas. El  Presidente y el Alto Comisionado para La Paz hablan de la oportunidad histórica para que el país alcance La Paz: existen por tanto unas condiciones políticas y sociales propicias que no se deberían dejar pasar y por esta razón, el diseño de la Comisión de la Verdad debería permitir ponerla en funcionamiento en un tiempo razonablemente corto una vez firmada la paz.
  12. En Colombia existe una tradición de sofisticación legislativa e institucional que tiende a crear órganos complejos que, a veces, dificultan su propia operación. Es necesario tener en cuenta los riesgos de esta tendencia en el país a la hora de crear la Comisión de la Verdad.  Es más fácil decirlo que hacerlo, pero es importante subrayar que el mandato debe reflejar las demandas de la sociedad, pero también debe ser realista y ejecutable.
  13. También es importante el liderazgo de la Comisión de la Verdad. El propio Kofi Annan lo señalaba como uno de los puntos claves. Seleccionar y nombrar los comisionados con criterios de independencia y capacidad. El criterio de representatividad demográfica no garantiza necesariamente idoneidad y legitimidad sino que puede reproducir en el seno de la comisión polarizaciones que se quieren revertir. Ese mecanismo no puede pensarse como una asamblea de delegados de los diferentes sectores de la sociedad ni como un pequeño parlamento, ya que eso la haría inoperante. Debe haber un elemento homogeneizador entre los comisionados: su profundo compromiso con los derechos humanos y con el mandato de la comisión.