Labio de liebre: una obra apabullante, pero necesaria

Una reseña de la obra, dirigida por Fabio Rubiano, que se presenta por estos días en el Teatro Colón. Necesaria para salir de las películas, de los periódicos, de los noticieros, de lo que nos cuentan, del discurso de siempre.

Por: Natalia Riveros A.
Reconciliación Colombia

 
La obra que se presenta en el teatro Colón de Bogotá logra algo no tan sencillo: que la gente no siempre tenga que tomar partido, ir más allá de justificar un bando, un enemigo y las categorías de la violencia colombiana. Esta obra presenta con humor negrísimo a víctimas y a victimario en un solo lugar. Ambos reclamando lo que desde su realidad consideran reclamable: verdad, justicia, perdón y por otro lado, tranquilidad, seguridad y confianza en que cumplida la pena, se olvida todo.
 
Labio de liebre habla de la violencia y de los diferentes protagonistas sin presentarlos como buenos o malos. Protagonistas de una guerra de toda la vida. La familia Sosa, cuenta la historia y sirve como referencia de miles de familias de campesinos que fueron víctimas del discurso cruzado de dos bandos enemigos, que decían defenderlos y a la final les tocó morir asesinados, masacrados, torturados, cortados en dos, incinerados, ahogados en algún río. Los dos bandos siempre justificaron estar cumpliendo el deber de proteger a la patria, pero como dice Alegría de Sosa, la madre de esta familia, a ellos los mataron siendo gente de bien.
 
Esta obra no sólo le pone rostro a los titulares de prensa, a las lápidas NN en los cementerios, a los cadáveres que flotan por el río Cauca, también muestra al asesino, al que se acogió a la ley de justicia y paz, al que vive en arresto domiciliario y paga una pena. Como espectador, se logra estar en la casa de Salvo Castelo con sus demonios.
 
Fabio Rubiano, en el papel de Salvo Costelo, cuenta ese lado que nos olvidamos de ver: el lado del asesino, del que cumple una condena, del que está recluido, del que no puede hablar más de nombres ni reconocer más muertos porque su pena se alargaría. Pero también el lado de las víctimas o de estos campesinos que lo persiguen, lo cuestionan y lo hacen revivir las cosas que él pretende olvidar.

La obra nos permite hacer memoria: contarle a la gente la importancia de ser reconocidos, desde su nombre y el lugar donde fueron enterrados, hasta llegar a detalles tan crudos como dónde está la cabeza y dónde quedó el cuerpo.

La obra también toca temas estructurales de las familias: un papá abusador de su propia hija, una mamá que lo permite, donde el actor armado ilegal entra a poner orden donde no hay estado, de esta manera se narran una cantidad de factores en estos pocos personajes, como el papel de los medios de comunicación: una crítica muy fuerte a los periodistas que cubren conflicto, que enaltecieron a los paramilitares, que los pusieron en el pedestal de la opinión pública y por otro lado, a los periodistas víctimas de esos mismos personajes, a los que les pusieron balas en sus manos y en sus cabezas.
 
Esta obra logra entrelazar la historia de esta familia que es asesinada por órdenes de este señor recluido en un territorio blanco o neutral, Salvo, quien pareciera estar contando la historia de Salvatore Mancuso, pues lo pintan muy estudiado, bien vestido y quien además fue al Congreso, utilizando unas herramientas escénicas muy poderosas. La familia se aparece en la casa de Salvo un poco como fantasmas, pero no con sábanas ni como espantos, quienes sólo se irían en la medida en que reconociera dónde estaban y dijera sus nombres.
 
Salvo justifica su actuar al definirse como empleado, como persona que no sólo daba órdenes sino que también las recibía. Tenía que dar cuenta de cuánta plata, cuántas rutas, cuántas bajas y ese es buen escenario como espectador porque permite ver ambos lados de la historia de esta guerra sin tomar partido.
 
Se juega mucho con ponerse en los zapatos del otro, vivir el miedo y la incertidumbre del otro y el miedo desde un tipo que daba órdenes y una mamá que tenía que decidir cuál de sus hijos debía ser asesinado primero. Labio de liebre es un juego de roles muy interesante y apabullante, donde a la final logra justamente eso: poner al espectador a cambiar de rol, a dejar de ser un observador de los medios, de las tragedias y de las muertes y lo pone en el papel de que esta guerra también ha sido suya y hasta el momento, nada ha hecho, sólo observar.