La guerra la han alimentado los menores de edad

Testimonios de dos mujeres y un hombre que fueron reclutados por grupos armados ilegales cuando eran menores de edad muestran que un común denominador fue una infancia caracterizada por violencia intrafamiliar y por dificultades económicas.
 
Por Andrea Prieto
Especial para Reconciliacion Colombia
15 de marzo de 2015

 
"Amo mi trabajo por espacios como este. Sin habérmelo propuesto, le he puesto rostro a la violencia de este país. Ojalá lleje al corazón de cada persona". Estas fueron las palabras con las que Yineth Trujillo, desvinculada de la guerrilla de las Farc y promotora de la Agencia Colombiana para la Reintegración (ACR) desde el 2013, cerró su conmovedor testimonio durante el primer Conversatorio del Comité de Paz de la Universidad de los Andes.
 
Este espacio brindó la oportunidad de escuchar las experiencias de vida de tres personas reclutadas como menores de edad. Hoy ya desmovilizadas pudieron relatar la forma como vivieron el proceso de reintegración a través del ICBF, el SENA y la ACR.
 
Incluso una de estas personas pudo compartir su experiencia como parte de una de las delegaciones de víctimas que viajaron a La Habana. También narraron el apoyo que actualmente dan a niños, niñas y jóvenes desvinculados del conflicto.
 
Yineth Trujillo es una mujer de 28 años, del corregimiento del Danubio, Caquetá. Afirma que desde muy pequeña tuvo una vida familiar difícil, especialmente por haber sido víctima de abuso sexual por parte de su padrastro y otros familiares a la edad de 4 años.

Como consecuencia de la partida de su madre por algunos años, Yineth se vio obligada a los 8 años de edad a hacerse cargo de su numerosa familia, compuesta por seis hermanos, en un contexto económico precario. En 1998, cuando ella tenía doce años, regresó su madre. En ese momento, el gobierno de Andrés Pastrana se encontraba negociando la paz con las Farc, al que poco tiempo después Yineth se vinculó en contra de su voluntad.

Ella asegura que esta organización era la única ley que existía en la región y la realidad del territorio se reducía o a darle plata a la guerrilla o a prestarle algún familiar por tres meses como forma de pago. En medio de tantas dificultades económicas, su familia decidió prestarla a la guerrilla, a donde se fue no por tres meses, sino por ocho años.

Cuenta que tuvo labores varias, entre estas la de enfermería, y afirma que allí fue donde más aprendizajes logró, a pesar de ver morir a muchos niños con los que entró al grupo subversivo. A los quince años de edad, luego de un combate, quedó parapléjica por unos meses. De ahí en adelante sus tareas cambiaron, más para labores en el campamento.
 
Cuando tenía 17 años llegó a Armenia y empezó el proceso de desvinculación con el ICBF, donde le dieron la oportunidad de iniciar estudios como auxiliar de enfermería. No obstante, se vio obligada a regresar a la guerrilla cuando dos excompañeros suyos, miembros de las Farc, le avisaron que algunos de sus hermanos habían sido asesinados. Poco tiempo después decidió desmovilizarse y comenzar el proceso de reintegración en la ACR, en el cual lleva 7 años. Afirma que no es fácil hacerlo y tampoco ponerse delante de un auditorio a narrar su caso, pero lo hace porque experiencias como la de ella son las que sensibilizan.

El conversatorio también contó con la participación de Isabel Remolina, que al igual que Yineth, quiso compartir su experiencia, más enfocada al momento posterior a la desmovilización, pues el recuerdo de lo vivido durante años con la guerrilla aún la quebranta emocionalmente.
 
Ella es la novena de trece hermanos, de un corregimiento al Norte de Santander. Expresó que su vida familiar desde siempre fue muy fragmentada, con padre y madre ausentes, y maltrato como característica principal de su vida familiar. Fue también abusada sexualmente desde muy pequeña por un tío, y la rabia que este hecho suscitó en ella la motivó más adelante a vincularse a la guerrilla para poder matarlo, y, a su vez, para poder escapar de su entorno familiar. La guerrilla le prometió que iba a tener una mejor vida, y ella lo creyó firmemente.
 
Isabel cuenta que su proceso de desvinculación inició a los 15 años a través del ICBF, siendo parte del primer grupo de niños que hacían parte del programa de esta institución. No se mostró muy satisfecha con los procesos que vivió como parte de la reintegración. En su opinión, hizo falta más apoyo por parte de las instituciones. Estuvo por algún tiempo en un internado en Bogotá, sin tener ningún tipo de conocimiento del paradero de su familia. Luego fue trasladada a Bucaramanga, donde vivió en otros internados, y donde tuvo la posibilidad de ver a la hermana que más amaba.

De regresó a Bogotá, y poco después de haber cumplido los 18 años, comenzó el proceso con la Alta Consejería para la Reintegración. Vivió en albergues con personas de diversos lugares y junto con ellos los incorporaron en un curso en el SENA para trabajar con gallinas. En este lugar, les vendieron un proyecto económico muy prometedor, el cual no resultó, razón por la cual durante un buen tiempo no tuvo un proyecto de vida claro. “Estoy aquí hoy porque he sido muy valiente", dijo. Decidió por su lado hacer un curso de sistemas y hoy en día trabaja en el ICBF ayudando a niños y niñas desvinculados en su proceso de reconocer su identidad.
 
Por su parte, José Tarache, otro desmovilizado invitado al conversatorio, empezó su intervención diciendo que “cuando uno sale de ese conflicto, uno se da cuenta que somos iguales, no importa de qué bando (...) digamos acá con Yineth e Isabel pertenecimos a diferentes grupos, pero igual somos personas que luchamos por nuestros sueños”.
 
José es del Casanare y desde los 13 años de edad empezó a trabajar como mecánico de motos, oficio que, sin proponérselo, lo llevaría más adelante a pertenecer a las autodefensas. Relata que su pueblo era disputado entre paramilitares y guerrilla, y que el gobierno nunca hizo presencia efectiva. Su ingreso al grupo armado ilegal lo hizo a los catorce años, cuando la guerrilla lo amenazó de muerte, al acusarlo de ser paramilitar por arreglar motos de los “paras”. No encontró otra salida que vincularse a los paramilitares para defenderse de las Farc; entonces, creció odiando a la guerrilla.
 
Unos años después inició el proceso de desvinculación con el ICBF. Expresa que fue duro, que no es fácil llegar a una ciudad totalmente diferente a donde vivió anteriormente y que cambiarse el 'ship' no fue una tarea fácil.
 
Compartió con una familia tutora del ICBF que cuida a los niños desvinculados. Luego pasó a la Alta Consejería para la Reintegración, donde se encontró con una situación paradójica: hacer servicio social para reparar a las víctimas, cuando él considera que él también era víctima. Más adelante inició sus estudios en Administración de Empresas con el apoyo de la Universidad Sergio Arboleda. En la actualidad trabaja en el ICBF.
 
José hizo parte de la quinta delegación de víctimas que viajó a La Habana en el marco del proceso de diálogo que el Gobierno adelanta con las FARC. Cuenta que fue una experiencia fuerte porque se sentó en la misma mesa con quienes fueron sus enemigos. Afirma que aunque al principio fue duro, luego se dio cuenta que muchos de esos comandantes de la guerrilla que tuvo en frente también fueron víctimas y eso le hizo cambiar de perspectiva hacia ellos. "Ellos han cometido tanto daño, pero también merecen una oportunidad (...); creo que vamos por un buen camino”, comentó.

En el conversatorio un común denominador de los tres testimonios fue una infancia caracterizada por violencia intrafamiliar y por dificultades económicas.

Para Yineth, más allá de su pasado y de reconocerse como víctima o como victimaria, está el presente y el futuro por construir. "(...) con lo que pasó ya no se puede hacer nada”, dice. No obstante, ella y los otros dos invitados reconocen que precisamente por haber características del pasado tan comunes entre muchas víctimas y victimarios, hay un gran desafío en instituciones como el ICBF o la ACR, con respecto a la atención sicosocial.
 
Aunque reconocen que se hace una buena labor, los tres coinciden en que actualmente se da esa atención, pero esta es limitada en cuanto al seguimiento y al sostenimiento de la red de apoyo alrededor de los niños que llegan en un estado de total vulnerabilidad a Bogotá.
 
En línea con lo anterior,  Isabel afirmó que, en su caso, por ejemplo, hasta ahorita está trabajando el proceso de superar el abuso sexual". "(...) No lo pude hacer antes porque con los sicólogos las cosas iban por encimita y con otros no hubo química y no se cerraron muchos procesos que son necesarios cerrar”, afirmó.
 
De modo que sugieren el fortalecimiento y la articulación entre las diferentes instituciones, pues perciben poca continuidad entre el trabajo del ICBF y la ACR. Esto a su vez, evitaría que los niños cayeran en la delincuencia y en la prostitución al llegar a las grandes ciudades.
 
Por otro lado, José afirma que hay muchos aspectos culturales en los que hay que trabajar, enfocados al tema de educación. En su caso, la gente de su pueblo ve el trabajo como algo primordial más que la educación. En otros casos, como el de Yineth, muchos padres piensan que ir a las escuelas es perder el tiempo por las horas que se gastan transportándose hasta las mismas. Más allá de esto, opinan que los colegios deben ser garantes de protección, pero muchos quedan en regiones donde no hay presencia del Estado y eso hace que sean cooprados por la guerrilla o por los paramilitares.

Otro gran reto es con los medios de comunicación. Yineth opina que, en parte, estos son los que tienen a este país en perspectiva de guerra; dice que deben haber espacios en los medios dedicados a narrativas y testimonios que sensibilicen y muestren la otra cara de la moneda. Los medios de comunicación deberían tener la responsabilidad de narrarle a Colombia las cosas desde otro lenguaje, desde otra perspectiva. “Un desmovilizado carga con un peso muy fuerte por los estigmas con los que lo identifican”, afirmó.
 
Además, José aseguró que reintegrarse no es un proceso nada fácil por los imaginarios negativos, que muchas veces se han creado hacia los desmovilizados, con lo que se les cierran puertas para el trabajo y para reconstruir su vida afectiva.
 
En este espacio también quisieron concientizar a las personas sobre el hecho de que los niños son el alimento del conflicto armado. La gran mayoría de los miembros de grupos armados son vinculados a estos cuando son menores de edad y eso debería generar una gran reflexión con respecto a lo que ocurre en las regiones.

Además, piensan que se debe considerar como tema prioritario los niños que actualmente se desvinculan de las BACRIM, pues el proceso con estos niños es diferente, cuando debería ser igual.
 
El conversatorio 'Perspectivas para la construcción de paz: los niños y niñas del conflicto' tuvo lugar en la Universidad de los Andes, y a este asistieron estudiantes de carreras de ciencias sociales, miembros de instituciones como el ICBF y la ACR, trabajadores sociales, miembros de equipos de atención sicosocial y docentes de diferentes disciplinas.
 
El Comité de Paz de la Uniandes continuará realizando este tipo de conversatorios con el fin de potenciar todos los trabajos, en términos de paz, que se están haciendo desde la universidad. El reto es que no haya esfuerzos individuales dispersos, sino que se convoque a personas de distintos ámbitos para así juntar esfuerzos desde las diferentes disciplinas.