Museología que recuerda el horror

La inauguración del predio que servirá de sede al Museo Nacional de la Memoria abre la expectativa sobre lo que las generaciones futuras recordarán. Museos en el mundo recrean de distintas formas los horrores de las guerras y las dictaduras. Detalles.

Por Cristina Esguerra        
Especial para Reconciliación Colombia

11 de abril de 2015

Cuando el mundo se enteró de lo que había ocurrido en Auschwitz durante la Segunda Guerra Mundial los países que participaron en el conflicto se impusieron la tarea de NO permitir que semejantes atrocidades quedaran en el olvido. Sólo así –pensaban- la humanidad podía asegurarse de que no se repetirían.

Alemania, Estados Unidos, Francia, Inglaterra, Polonia y Rusia, entre otros, comenzaron a construir museos del holocausto que a través de impactantes fotografías, objetos confiscados a los judíos a la entrada de los campos de concentración, relatos hablados de los sobrevivientes y discursos políticos de las figuras del momento contaban la cruda historia de lo que nunca debió haber ocurrido.  

Los primeros museos utilizaron imágenes y videos tan espeluznantes que la imagen misma se convierte en una especie de golpe para el espectador.
El Museo del Holocausto de Londres –por ejemplo- tiene fotografías en las que se ven montañas de cuerpos absolutamente desnutridos tirados al lado de la fosa común en la que van a ser enterrados; en otras se ve a un prisionero en los huesos –más muerto que vivo- cargando en una carretilla a los fallecidos del último día.

Adentrarse en los oscuros pasillos de aquel museo es como entrar en la boca del lobo. Todo está perfectamente diseñado para impactar al visitante en lo más profundo de su alma. Las exposiciones sobre los experimentos médicos llevados a cabo durante la Segunda Guerra son unas de las más espeluznantes. Los testimonios de los sobrevivientes, los diarios de los médicos y unas cuantas fotografías revelan cómo los científicos les inyectaban petróleo, bacterias y enfermedades venéreas a los pacientes simplemente para ver qué pasaba, cómo respondía el cuerpo. Las sobrevivientes del campo de concentración de mujeres de Ravesbrucke cuentan cómo los médicos realizaban diferentes tratamientos de esterilización masiva para encontrar el método perfecto. El de rayos X –por ejemplo- no dio buenos resultados, pero las quemaduras producían en las prisioneras grandes ampollas en su zona abdominal. Como los médicos no cuidaban ese tipo de heridas muchas de ellas morían por la infección.

La exhibición Genocidio: la amenaza continua, expuesta en el Holocaust Memorial Museum de los Estados Unidos revela que, en efecto, la amenaza continúa. Las fotos de alias ‘Cesar’ –un fotógrafo que abandonó el gobierno del presidente Bashar al-Assad- son evidencia de las torturas que padecieron los sirios durante la guerra civil que comenzó en 2011. El fotógrafo retrató alrededor de 10.000 cuerpos tirados en el piso con los brazos abiertos. Unos están castrados, a otros les sacaron los ojos y en la mayoría de los casos la desnutrición es evidente. Según dijo alias ‘Cesar’ a los medios, él fue testigo del asesinato de unas 55.000 personas, y su trabajo consistía en fotografiar los cuerpos sin vida.

En Ruanda este tipo de imágenes no parecen ser suficiente para contar la dramática historia del genocidio de 1994, en el que murieron entre 500.000 y 1.000.000 de personas y miles de mujeres fueron violadas sólo para contagiarlas de sida. En la catedral de ladrillo de Nyarubuye hay cientos de huesos y calaveras alineados en vitrinas como parte de la exposición que recuerda esos 100 días de barbarie. Al parecer, los de Ruanda decidieron que sus museos y exposiciones debían literalmente mostrarle la muerte al visitante.

El año pasado el norteamericano Daniel Edward –un famoso artista contemporáneo- creó una estatua de bronce para conmemorar a los caídos durante la guerra de Irak. Su propósito no era otro que generar polémica. Por eso, en vez de moldear un soldado anónimo hizo una estatua del príncipe Harry de Inglaterra –quien participó durante un par de meses en la guerra- caído en combate. La figura está adornada con los honores que reciben los héroes de guerra ingleses.  

El problema con este tipo de exposiciones no es tanto la crudeza de la imagen, sino que a través de ellas se corre el peligro de que el horror adquiera una cierta estética que jamás debería tener. Si esto ocurre, el impacto en el espectador cambia por completo y la fotografía de Auschwitz puede llegar a convertirse en una obra de arte.