A Alan Jara un hecho de guerra le costó 4 años más de secuestro

Reconciliación Colombia habló con Alan Jara, reconocido como un gobernador de gran sensibilidad por su condición de víctima. Le contó cómo a él estando secuestrado por las Farc un hecho como el del Cauca, aunque no tan atroz, le costó permanecer en el monte y sepultado en vida muchísimos días más.

Por Bibiana Mercado Rivera
Editora del proyecto Reconciliación Colombia

17 de abril de 2015

Si hay un departamento aún en disputa violenta es el Meta. Con todo, cuando el Gobierno y las Farc anunciaron que esta región fue elegida –junto con Antioquia- para el desminado, el gobernador Alan Jara no ocultó su gran emoción. “Una mina que se quite es ganancia. Y si se quitan dos, es doble ganancia”, dice.

Por eso, Reconciliación Colombia lo buscó tras los hechos de la muerte atroz de 11 militares en el Cauca para conocer de este mandatario regional su opinión sobre lo que está pasando. Es voz autorizada no solo por dirigir uno de los departamentos con mayores retos para la reconciliación, sino porque estuvo secuestrado por cerca de 7 años por las Farc.
 
Señor Gobernador, ¿usted que estuvo en las entrañas de la guerrilla, como secuestrado, cómo ve esta dinámica de seguir con los diálogos a pesar de las muertes atroces?

Es muy difícil para cualquier colombiano entender que en medio de una negociación pasen hechos tan lamentables como la muerte de estos soldados. Es más difícil para quien es víctima porque revive el sufrimiento cada vez que esto sucede y en el país ya hay siete millones de víctimas. Entonces, hace que sea muy complejo para cualquier persona entender que esto pase. Pero esto que pasó en el Cauca es lo que ha pasado en Colombia hace cincuenta años o más. Y es lo que hay que acabar. Sin duda, el proceso de paz se ve golpeado por estas situaciones y esto nos debe llevar a que se acelere al máximo la terminación de la negociación. Que se ponga fin al conflicto y que se produzcan hechos como el desminado humanitario. Son muy importante las victorias tempranas; es decir, hechos concretos y significativos, en beneficio del proceso mismo, pues esto lo afecta mucho. En medio del dolor y de la solidaridad con las familias de los militares el llamado que tenemos que hacer es a acelerar esa negociación y a que cuanto antes se le pueda poner fin al conflicto.

¿Aceleremos la negociación? ¿No aparecemos como abogados del diablo con esta posición?

Es muy complicado que la gente entienda que no por los hechos del Cauca hay que romper la negociación. Plantear esto es ya muy complejo y todavía más como víctima, como es mi caso. Yo recuerdo que estando secuestrado se estaba adelantando la posibilidad de un intercambio humanitario. Y en un momento en el que este estaba muy cerca de suscribirse este acuerdo, hubo un petardo en la Escuela Superior de Guerra de Bogotá. Como resultado de esta acción se suspendió el acuerdo humanitario. Lo que yo, allá en el cautiverio, sentí es como si yo hubiera sido el culpable de ese petardo porque se acababa con una posibilidad de libertad, con una posibilidad de volver a vivir. Se acababa por un hecho de la guerra. Aquí, cuando mueren estos colombianos y las familias están en ese dolor, desde luego plantear que precisamente por eso hay que terminar el conflicto es complicado, pero es lo que hay que hacer. La alternativa distinta es seguir como veníamos, con 50 años de conflicto a cuestas. Nos merecemos la posibilidad de la paz. Este es un tema que tenemos que rodear todos y demanda que haya muchos más hechos de paz y no de guerra. Cuando se acordó negociar en medio del conflicto –y eso fue una decisión del Gobierno-, lamentablemente era previsible que pasaran hechos como estos, que a todos nos duelen mucho.

Señor Gobernador, ¿cuánto tiempo implicó para Usted el hecho de que se haya roto la posibilidad de un acuerdo humanitario? ¿Es decir, cuánto tiempo duró más secuestrado?

Cuatro años más. ¡Cuatro años más!

Uno tiene una perspectiva cuando está acá y otra cuando está allá. Una perspectiva cuando el conflicto lo golpea y otra cuando lo que uno espera es que no golpee a nadie. Es un choque entre lo que es el mundo real que estamos viviendo y lo que debe ser el mundo. Es decir, trabajamos por que no haya conflicto, pero la realidad es que lo hay. Esa circunstancia tan dolorosa desde luego, como la situación que viven hoy las familias de los 11 militares, convoca la solidaridad de todos nosotros. Pero también nos debe convocar a la reflexión de que no debe pasar más esto. Que sea esto como un mandato que exigimos todos los colombianos.
 
Y una exigencia hacia las Farc, ¿por qué se siente en estos casos tan poca exigencia hacia esta guerrilla?

No. La exigencia es total. Nada puede justificar nunca jamás ni un homicidio, ni un secuestro, ni una desaparición, ni una masacre, ni el que llaman ‘falso positivo’, ni un genocidio. Ninguna violación contra los derechos humanos puede justificarse.
 
Pero la guerrilla sí se justifica. Dicen: nos buscaron, ¿qué hacemos?

No. Insisto. Nada puede justificar lo que hemos vivido. Lo que pasa es que es que hay se presenta ese choque del que hablo entre el mundo que queremos que sea y el que es. Estamos en esta realidad triste. Y ese dolor lo tienen hoy más que nadie, las familias de estos militares. Cuando se anuncia por parte de la guerrilla un cese unilateral del fuego, los primeros que agradecen esto son los que todos los días tienen en riesgo su vida: los soldados y la población que sufre el conflicto en carne propia.
 
Ante las nuevas circunstancias, ¿le preocupa que se ponga en riesgo el desminado humanitario que se prometió iniciaría por Meta y por Antioquia?

Yo aspiro a que no se afecte. Una mina que se quite es ganancia. Y si se quitan dos es doble ganancia. Y si logramos que se quiten todas las minas es la ganancia total en esa afectación. El Meta, proporcionalmente hablando, es el municipio más afectado. En número de víctimas es Antioquia, pero en relación con las zonas pobladas, municipios como Vistahermosa, en el Meta, están ubicadas dentro de las altamente afectadas. Y han sido víctimas la población civil, y dentro de estos muchos niños; militares, policías. Todos. Veo con buenos ojos que haya hechos concretos de paz. Cuando estuve en La Habana, como víctima, en mi intervención no solo expuse mi secuestro -que nada en el mundo lo justifica-, sino que también expuse a las partes esa necesidad de que hayan hechos concretos de paz para que la gente vaya palpando, tocando, las bondades de la paz. Pues la verdad llevamos tantos años en guerra que no alcanzamos a imaginarnos cómo pueden ser las ganancias de un país en paz. Y este dolor que tienen las familias de los militares nos refrescan a los colombianos el dolor de tantos años de guerra.

Esto nos tiene que conminar a hacer un llamado vehemente a las Farc para que si hablan de un cese unilateral del fuego, lo cumplan; a reprobar absolutamente cualquier asomo de justificación a la violación de los derechos humanos e infracciones al derecho internacional  humanitario; y a concluir que esta guerra tiene que terminar.