Óscar no cambiaría su vida por volver a las armas

Testimonio de un joven desmovilizado que logró cumplir el sueño de volver a tener un lugar para sembrar la tierra y establecerse con su familia. Su caso demuestra la importancia de la estabilización económica para una reintegración exitosa.

23 de abril de 2015
Por José Vicente Guzmán Mendoza  
Enviado especial a Pereira

Que la finca se llame ‘El Sentimiento’ no es casual. Eso, precisamente, fue lo que necesitaron Óscar Fabián y su familia para empeñarse a fondo en producir, en siete años, tres hectáreas de tierra que están ubicadas a solo quince minutos del caso urbano de Santa Rosa de Cabal (Risaralda), en medio del imponente Paisaje Cultural Cafetero.
 
Una tierra a la que llegaron luego de una travesía que comenzó casi 17 años atrás, en el Cañón de las Hermosas (Tolima), su lugar de origen, cuando Óscar se unió a las Farc, un día en el que guerrilleros se lo encontraron llorando en uno de los caminos veredales. En ese entonces, él tenía 11 años. Acababa de pelearse con su mamá y se había alejado transitoriamente de la casa.

“Ese día yo estaba llorando en el borde del camino y al rato pasó con unos 200 hombres un comandante que se llama Jerónimo. Me preguntó que hacía ahí y yo le dije que estaba aburrido de la vida por problemas en la casa. Me pregunto si estaba a pie limpió y yo le dije que sí, que mi papá no tenía con que comprarme un par de zapatos. Ahí fue cuando él me dijo ‘vámonos, yo me lo llevo que conmigo no va a sufrir más’”, recuerda Óscar.

Se adaptó rápidamente a la vida “en el monte”. Al mes, ya entendía cómo funcionaba una célula guerrillera; al año, se había convertido en comandante de escuadra, y a los tres años lo nombraron comandante de compañía. Cuando tenía 17 ya era instructor militar de la Teófilo Forero, una de las columnas móviles más fuertes de esa guerrilla.

Mientras Óscar ascendía en la subversión y vivía las dificultades propias de hacer parte de una guerra prolongada y desgastada, su mamá, doña Rubi, lloraba y “le ponía velas a la Virgen” para que algún día volviera a aparecer su muchacho.

Ella no se había enterado de que su hijo estaba en la guerrilla hasta el día en el que un hermano le contó que había visto a Óscar con las Farc. Lo volvió a ver después de cinco años, cuando no había rastro del niño de 11 años que había salido llorando de su casa.

Alegrías y golpes con el amor

Cuando Óscar ya llevaba más de 10 años en la guerrilla se enamoró de una compañera que entró al grupo que él comandaba. Como sabían que allá no iban a poder vivir la relación que ellos querían, decidieron ‘volarse’ y entregarse a las autoridades.

Lo planearon y ejecutaron todo en un mismo día. Como comandante de compañía, Óscar era el encargado de manejar un grupo de guerrilleros. Así que cuando se acercaba la tarde les dio la orden de ir a patrullar una zona lejos de donde estaba y ordenó que la guerrillera de la que estaba enamorado se quedara acompañándolo. Así se fueron de las Farc.

“Al otro día, que me buscaron, yo ya estaba lejos. Andando en bus, porque yo me entregué en Bogotá, en el Ministerio de Defensa”, cuenta.

Pero la venganza la tomaron contra su familia. A doña Rubi, su esposo, sus hijos y sus nietos los amenazaron y ellos tuvieron que dejar botada la finca que tenían en Las Hermosas, salir desplazados y llegar a Bogotá, una ciudad que no conocían y en la que tuvieron que aprender a vivir a las malas.

“Todo lo perdimos. Todo. Cuando llegamos a Bogotá nos abrazamos y lloramos. Vivíamos aburridos y mis nietos nos decían que nos devolviéramos para la finca. Pero no podíamos”, recuerda doña Rubi, con un par de lágrimas en sus mejillas.

Mientras Óscar empezaba a recibir la ayuda mensual que el Gobierno le entrega a los desmovilizados, unos funcionarios del Ministerio de Defensa apoyaron económicamente a la familia. Luego, ya con algo de recursos y siguiendo el proceso que tiene estandarizada la Agencia Colombiana para la Reintegración (ACR), Óscar empezó a estudiar, a trabajar y a salir adelante.

Pero luego de montar un negocio que calcula en 70 millones de pesos y de registrarlo a nombre de su pareja, ella –la misma mujer por la que había decidido ‘volarse’ de la guerrilla– se enamoró de otro hombre y lo dejó. “Quedé desencantado de la vida, salí con mi familia y me vine para el Eje Cafetero”, cuenta Óscar.

Con mucho sentimiento

Su primer trabajo fue como ‘chapolero’ –como les dicen en la zona cafetera a los recolectores de café– en la vereda el Alto de la Mina en Chinchiná (Caldas). Pero allá duró sólo dos semanas, porque un primo le consiguió un trabajo en una estación de gasolina.

Con el tiempo, y luego de un gran esfuerzo económico, logró conseguir un préstamo para comprar un pedazo de tierra en la zona rural de Santa Rosa de Cabal. Un terreno que se llamaba La Merced, pero que él y doña Rubi decidieron rebautizar como ‘El Sentimiento’.

Empezaron a sembrar algunos productos y cuando la ACR le entregó el capital semilla para que él pudiera implementar su propio plan de negocio compró maquinaria y logró mejorar los procesos.
 
Hoy tiene cerca de 20.000 matas de café, 9.000 de ellas en producción, y también produce banano, frutas, cebolla, huevo, aguacate y pepino, entre otros productos similares.

“Mi tierra ya vale casi 200 millones”, cuenta emocionado. “Acá trabajamos con mi papá, que fue el que me enseñó a sembrar porque yo en el monte no sabía nada de esto. También con mis sobrinos es que sacamos esto adelante”.

En la casa que construyeron en la finca vive también su hermana. Su mamá, doña Rubi,  está más feliz que en Bogotá, pero aún extraña la finca grande que tenía en el Cañón de las Hermosas. “Allá vivía con todos mis hijos”, dice con añoranza.
 
Pero tal vez consigan una de igual tamaño o puedan agrandar el terreno que tienen actualmente, pues Óscar tiene cientos de planes en su cabeza. Quiere entrar al negocio de las estaciones de gasolina y en la orilla del río que pasa por su terreno encontró un mineral que están estudiando unos ingenieros de Bogotá.

Está tan convencido de que su futuro está en la legalidad que ha rechazado las ofertas que algunos desmovilizados le han hecho para que deje sus proyectos y viaje a la zona bananera de Antioquia para enrolarse en un grupo criminal y así conseguir plata más fácil.
 
“Yo cambió la sim-card para que no me vuelva a llamar. Ya no quiero ser un ‘man’ que le apunta a la guerra. Mi sueño es ser un emprendedor, ser un empresario, y ya lo estoy logrando”, cuenta orgulloso.
 
Reconciliación Colombia pudo documentar esta historia dentro de la actividad de la Gira Técnica Sur – Sur, que tiene lugar durante esta semana en Pereira, Risaralda.