El Quirigua no olvida a sus víctimas

Homenaje rescata del olvido a las 17 víctimas, 7 de ellas niños, que dejó el Fiat 147 que fue parqueado con 100 kilos de dinamita en la transversal 94 con calle 80C de Bogotá, una de las zonas más transitadas de este barrio, que ese día estaba más agitado que de costumbre por ser vísperas del Día de la Madre.  
 

Por Roberto Romero Ospina         
Especial para Reconciliación Colombia


14 de mayo 2015
 
Y el barrio respondió. La plazoleta, a pocos pasos donde estalló el carro bomba que segó la vida de 17 personas, entre ellas siete niños, se colmó. Allí estaban más de 300 vecinos y los estudiantes de los últimos grados de los colegios públicos principales: el República de China y Miguel Antonio Caro.
 
“Desde hace 25 años cuando sucedió la tragedia, no habíamos visto algo igual que nos recordara a todos, lo que nos pasó”, anotó Campo Euribe Bareño, el odontólogo de toda la vida del populoso sector, y quien resultó herido aquel 12 de mayo de 1990.
 
Él, como nadie, fue testigo, pues la bomba estalló enfrente de su local y, a pesar de las lesiones, auxilió a varios heridos.
 
El acto comenzó este martes como lo había pedido la comunidad, con una liturgia oficiada por el padre Jaime Rivera, de la iglesia del Quirigua Santa Mariana de Jesús.
 
En su homilía indicó que “esos hechos jamás deben repetirse y comunidades como la nuestra no debieron sufrir semejante daño causado por un conflicto que lleva 60 años desangrando a la Nación y que debe cesar ya”.
 
A las 4:15 de la tarde, hora exacta de aquel horror, la lectura de los 17 nombres y, tras cada uno, el espontáneo ¡Presente, presente, presente!  Llenaba el sitio del encuentro, la transversal 94 con calle 80C de Bogotá, a solo unos pasos del sitio donde fue abandonado el Fiat 147 con su carga de muerte: 100 kilos de dinamita.
 
Las víctimas ocuparon la tarima dispuesta por la Alcaldía de Engativá. Allí estaban los padres de varios niños que perecieron en el ataque terrorista del cartel de Medellín en su lucha contra el Estado y media docena más de familiares que tomaron el micrófono para narrar en un minuto su dolor.
 
Mauricio Varela, a quien le arrebataron a su pequeña Sandra Carolina de 10 años: “Esta tragedia jamás se nos borrará de nuestro corazón, y siempre exigiremos justicia plena”, apuntó al borde el llanto ante todos.
 
Luego vendría Tulia Esperanza Suárez, quien perdió a su niño Javier Andrés Contreras, de 10 años  y a su sobrino Hans Fernando Suárez, de 13. Y fue categórica: “Este fue un crimen de Estado. No es posible entenderlo de otra manera. En la guerra contra el narcotráfico, el Gobierno no nos protegió y nos ha abandonado en todos estos años”.
 
También habló Guillermo Castro, padre de Diana Suguey Castro, de 12 años, quien muriera cuando buscaba  en la arteria comercial un regalo para su madre, en la misma víspera del Día tan esperado por todos los hijos. “No es posible que después de tantos años siga en la impunidad el crimen, que no haya culpables y que seamos nosotros los pobres quienes tengamos siempre que llevar la peor parte”.
 
Guillermo permanecía acompañado de Diana, su esposa,  quien todo el tiempo cargaba una pancarta con la foto de su pequeña y una leyenda que decía: “Cuando la mano criminal del narcotráfico me quitó la vida; pido justicia ante los ojos del mundo y al gobierno para que estos actos terroristas no queden impunes. Pido justicia, mis padres y hermanos me reclaman 25 años”.
 
Conmovió a todos Édgar Beltrán, hijo de Luis Antonio Beltrán, cuyo padre pereció en el bus que transitaba por el lugar y cuando le faltaba una parada para bajarse.
 
Édgar recitó un poema a su padre que hablaba de su oficio, el de panadero, el primero por cierto en el barrio. “Siempre amasaste vida/ el trigo para el pan del Quirigua/ te mataron cuando llegabas con tu alijo de harina/ para los tuyos, para tu barrio, Luis Antonio”.
 
Y Adriana González a quien le asesinaron a su hermanita, Ángela Milena, de 9 años, veinte metros más allá de donde fue parqueado el carro bomba. Ángela Milena se encontraba en el puestecito que habían instalado para la venta de pequeñas materas en vísperas del Día de la Madre y con la esperanza de hacerse a unos centavos para que la familia pudiera acceder a casa propia.
 
“Exigimos al Estado que nos responda y atienda las peticiones de todas las víctimas de los atentados del narcotráfico, pues somos víctimas del conflicto armado y no de la delincuencia común, no se nos pude discriminar así”, expresó y arrancó el aplauso de los presentes.
 
Carlos Manrique, hijo de José del Carmen Manrique, de 62 años, quien transitaba por la gran avenida del barrio y murió en el acto, culpó también al Estado por la tragedia. “Exigimos justicia para todos nosotros, que se nos reconozca como víctimas, ahora que se está en el proceso de paz; ¿cuál paz sin justicia social y sin reconocimiento a nosotros, que perdimos a nuestros seres queridos en un conflicto que era ajeno?”.
 
Saludaron a las víctimas, Nidia Molina, presidenta de la Junta de Acción Comunal; David Cote, a nombre de la Junta Administradora Local, y al pastor Julio Jiménez, de la iglesia Vida Nueva.
 
Clausuró esta conmemoración, Camilo González Posso, director del Centro de Memoria, Paz y Reconciliación del Distrito, quien fue artífice de esta convocatoria junto con la comunidad barrial.
 
“Todas sus intervenciones -dijo recordando a las víctimas- apuntan a la verdad. Todas se refieren a esta tragedia que vivió el Quirigua y que aún permanece en la memoria. La guerra de los carteles contra la extradición era también contra el Estado. De ahí que las víctimas como las del barrio, hacen parte del conflicto violento”, dijo y agregó:        
 
“Lo que ustedes reclaman, es lo más justo. No son dádivas. Es lo más legítimo. El derecho a la reparación, pero, ante todo, que se sepa la verdad de su tragedia, en la que los acompañamos siempre”.
 
El acto de memoria que conmovió a  todo el barrio culminó con una ofrenda: las rosas amarillas y rojas de la liturgia que tomaron las víctimas, las depositaron en el sitio exacto del estallido de carga que se llevó a tantos inermes vecinos que pacíficamente dedicaban su tarde a las compras para homenajear a las madres.
 
La banda juvenil del Instituto Distrital para la Protección de la Niñez y la Juventud –Idipron- cerró la tarde interpretando varias piezas de jazz bien atemperadas, llenado de música esperanzadora una jornada  que no pasará al olvido en el Quirigua, el barrio más popular del occidente bogotano, que hace 25 años sufrió su peor tragedia.