Lecciones de negociadores de los años 90

Cinco líderes políticos de organizaciones que alguna vez buscaron el cambio social a través de las armas hacen una retrospectiva de su decisión de dejar las armas.

19 de mayo de 2015
Martha Lucía Segrera y Natalia Riveros*
Proyecto Reconciliación Colombia   

Foto: de izquierda a derecha Alvaro Villarraga, Antonio Navarro Wolf, Hernando Hernandez, José Aristizabal, Pablo Tatay, Enrique Flórez, Francisco de Roux.   


Antonio Navarro, exnegociador de paz del movimiento M-19; José Aristizábal, exnegociador de la Corriente de Renovación Socialista, CRS; Álvaro Villarraga, del acuerdo de paz con el Ejército Popular de Liberación, EPL; Enrique Flórez,  exnegociador del Partido Revolucionario de los Trabajadores, PRT, y Pablo Tattay, destacado líder del movimiento armado Quintín Lame, consideran, sin titubear, que las armas para provocar los cambios cayeron en desuso. Pueda que las luchas sociales no, pero las armas, definitivamente sí.

“Ninguno nos hemos arrepentido del paso que dimos en ese momento”, dice Tattay, líder del movimiento indígena (antes y después de la dejación de armas), y agrega: “Todo aquello (el uso de las armas) devendría inútil si se prolongara innecesaria e indefinidamente en el tiempo”.

Las reflexiones fueron hechas durante el conversatorio La paz sí es posible, que tuvo lugar el viernes 15 de mayo y que buscó reflexionar en torno a la paz de los años noventa y sus aportes a los escenarios de La Habana y al eventual proceso con el ELN.

Cada uno como líder de organizaciones alzadas en armas en la década de los 70 y 80 llegó a la convicción de que había que continuar con sus luchas sociales desde la legalidad. Y lo hicieron así, junto con hombres y mujeres  que también participaron de estos espacios de diálogo y negociación con los gobiernos de Virgilio Barco Vargas y César Gaviria. Entre las cinco organizaciones sumaron para la época, 20 años atrás, cerca de 5.000 hombres-arma.

En aquel momento, hubo un gran incentivo democrático: la convocatoria a una Asamblea Nacional Constituyente para cambiar la regla de reglas, que mantenía al país como liberal y conservador desde 1886, escenario del cual fue fruto la Constitución de 1991.

El acuerdo político del 9 de marzo de 1990 entre el M-19 y el presidente Virgilio Barco Vargas facilitó las demás negociaciones y ambientó –junto con el movimiento estudiantil y ciudadano de la Séptima Papeleta- la transformación política y social de la Colombia de hoy.  

Francisco de Roux, sacerdote jesuita, fue el encargado en este espacio de felicitar a estos hombres a nombre de quienes no han usado las armas para cambiar el país. “Siento una transformación enorme de los hombres que alguna vez tomaron las armas. Hoy son hombres muy importantes para el país como líderes éticos, intelectuales y políticos”, dijo este religioso, respetado por su trayectoria y vida ejemplarizante para trabajar transformaciones sociales profundas.

Del conversatorio La paz sí es posible pueden extraerse estas lecciones:

1. La dejación de las armas es perentoria

“La lucha armada no tiene ningún sentido. Nosotros cambiamos las armas por el apoyo ciudadano”. Con esta categórica frase del senador Antonio Navarro, uno de los más destacados políticos colombianos, reconoce que aunque en algún momento como combatiente de guerrillas que buscaron cambiar el sistema a través de las armas, con el paso del tiempo estas perdieron su utilidad para lograr ese fin y, en cambio, deterioran progresivamente la confianza de los ciudadanos por las reivindicaciones que se intentan defender. “El movimiento en armas llegó hasta ahí, pero la lucha indígena continua”, dice Pablo Tattay.

2. Un escenario atractivo de incidencia

“Valoramos la Asamblea Nacional Constituyente como el cuerpo democrático más importante del país”, dice Pablo Tattay. Exnegociadores de los 90 fueron categóricos en señalar que de no haber sido por la presión temporal de la Asamblea Nacional Constituyente, desarrollada durante la administración de César Gaviria, no habrían llegado a buen puerto los acuerdos de paz.

Los procesos de paz de la década de los 90 han contribuido a realizar esfuerzos sociales e institucionales para alcanzar la reconciliación nacional. En retrospectiva consideran que estos han traído apertura democrática y social, pero, está demostrado, que no ha sido suficiente. “El fracaso es que seguimos en el mismo país: con poco respeto por la madre tierra, inequitativo, no tan justo, ni tan democrático”, añade Tattay.

3. El apoyo ciudadano es fundamental

"El apoyo ciudadano en el proceso de paz del M-19 fue fundamental para lo que vino hacia adelante", considera Navarro Wolff, y agrega: “Cambiamos las armas por el apoyo ciudadano”. En la década de los 90, el apoyo de la sociedad civil fue determinante para que las dificultades de la agenda entre guerrillas y administraciones estatales se resolvieran. Por esta razón, considerar que una cosa es lo que pasa en el país y otra lo que pasa en la mesa de negociones, no es real. “La paz de los 90 fue más fácil. Nos mirábamos mucho en el espejo del M-19: en el consenso. Hoy hay una población dividida y polarizada”, dice Enrique Flórez, exnegociador del PRT.

A lo que agrega José Aristizábal, exnegociador de la CRS: “Independientemente de lo que ocurra en los acuerdos actuales, debemos superar los discursos del odio y aceptar la política nueva de reconciliación”.

4. La flexibilidad en la definición del delito político es fundamental

En los acuerdos de paz de los noventa no se discutió el tema del delito político (amnistías e indultos), esto se daba por sentado. Los exnegociadores de los años 90 consideran que si se quiere hacer efectiva la participación política de los guerrilleros que dejen las armas, es necesario redefinir el delito político para que delitos communes puedan ser considerados conexos (entra aquí el polémico tema de la actividad del narcotráfico). “Una vez haya voluntad política, se encuentran las formas”, añade Aristizábal.

5. Es posible realizar transformaciones sociales desde la legalidad

Tal como lo advierte Pablo Tattay, “la lucha continua”. “La lucha sigue porque en este país las cosas no han cambiado todavía” y el ejemplo más visible y palpable de esta situación es que hoy excombatientes de estas guerrillas están vigentes en la vida política del país, sin armas, luchando por lograr esas transformaciones sociales por la equidad y mayores oportunidades.
 
*Artículo realizado con base en el conversatorio La paz sí es posible que tuvo lugar el 15 de mayo de 2015, en el Club de Ingenieros de Bogotá, promovido por la Corporación Nuevo Arco Iris –CNAI- y la iniciativa Reconciliación Colombia con el fin de reflexionar en torno a la paz de los años noventa y sus aportes a los escenarios de La Habana y al eventual proceso con el ELN.