El adiós a Otto Morales, quien acuñó la frase de enemigos agazapados de la paz

Liberal a secas, siempre acompañó las grandes causas nacionales como la lucha por la democracia y la paz. Aquí perfil escrito por un periodista que compartió muchos momentos profesionales de su vida.
 
25 de mayo de 2015
 
Por Roberto Romero Ospina*
Especial para Reconciliación Colombia   

Si con una palabra se pudiera  definir a Otto Morales Benítez no hay duda de que esta es consecuente. Toda su larga vida no hizo sino serlo a pie de la letra y desde su temprana vinculación a la vida política.

Este gran colombiano se nos fue el sábado 24 de mayo, a sus 94 años.
 
En ese trasegar nunca se arredró ante los enemigos del progreso social. Podríamos señalar un solo ejemplo de su firmeza de tantos de su larga carrera política. Siendo el parlamentario más joven y ya dirigente liberal, a los 29 años, la Cámara de Representantes lo designó como el orador en las exequias de su colega, el liberal Gustavo Jiménez.
 
Jiménez caería asesinado en plena sesión de ese cuerpo colegiado junto con Jorge Soto del Corral tras los disparos propinados por el conservador Carlos del Castillo, en la noche de los 40 tiros aquel 9 de septiembre de 1949.
 
En el sepelio masivo, que copó los cuatro costados de la Plaza de Bolívar, no vaciló en denunciar la dictadura de Ospina Pérez que ya se enseñoreaba en el país.
 
“La muerte de Gustavo Jiménez hace parte de ese afán sectario, de ese clima de delincuencia al que hemos llegado, de ese golpe mortal que se ha dado a la tranquilidad pública por quienes tienen  la obligación de alcanzarla”, denunció desde las escalinatas del Capitolio.
 
Dos meses después, el 9 de noviembre,  Ospina Pérez, quien ya había aplastado a sangre y fuego la insurrección gaitanista, tras el crimen del caudillo el 9 de abril de 1948, cierra el Congreso de la República.
 
Otto Morales pasó a la clandestinidad como muchos dirigentes liberales y una vez comenzara el Frente Nacional, en 1958, analista y escritor prolífico de la realidad nacional, integra una comisión oficial de estudios sobre la violencia en la que sus juiciosas apreciaciones fueron tenidas en cuenta, en especial aquellas que citaban las causas objetivas y subjetivas del conflicto.
En la Comisión de Paz de Betancur

Ministro de dos gobiernos, uno de  ellos del Frente Nacional, Morales Benítez es escogido por la administración de Belisario Betancur como presidente de la Comisión Nacional de Paz que se instala oficialmente el 8 de octubre de 1982, dos meses después de la apertura de la nueva administración destinada a un pronto y efectivo acuerdo con la insurgencia.
 
El acta de esta histórica sesión señala que Morales Benítez clausuró la reunión afirmando algo que sigue presente: “La paz es obligación de todos los colombianos y por alcanzarla debemos luchar sin que nadie se sienta al margen. No solo es un deber del gobierno. Es también una tarea de todos”.
 
Y cumplió con ese deber. El 30 de enero de 1983, después de titánicos esfuerzos, Otto Morales les daba un parte de esperanza a los colombianos. Ese día tuvo lugar un acontecimiento de proporciones sísmicas en la vida política del país: se reunía por primera vez la Comisión Nacional de Paz con el secretariado de las Farc, en algún lugar del extenso municipio de Colombia, Huila.
 
Un primer encuentro tras un intento frustrado por la presencia de comandos militares que iban por ‘Manuel Marulanda’, a pesar de las órdenes de la Presidencia de no interferir la cita. El jefe de las Farc, que fue alertado de la amenaza, resolvió en esa ocasión no acudir, salvando el comienzo de un proceso que marcó una etapa histórica en las largas y frustradas negociaciones con la guerrilla.
 
Allí estuvieron presentes Otto Morales Benítez, como presidente de la Comisión; John Agudelo Ríos, quien presidiría meses más tarde dicha Comisión y firmaría los acuerdos de La Uribe; Rafael Rivas Posada y el comunista autorizado por el partido, Alberto Rojas Puyo. Por parte de las Farc, ‘Manuel Marulanda Vélez’, Jacobo Arenas y Jaime Guaracas. De todos ellos solo sobreviven Rojas Puyo  y Guaracas.
 
El encuentro con las Farc

Del encuentro en Colombia, salió una declaración conjunta de la que Morales Benítez  fue su artífice principal. “Debemos celebrar la propuesta para que, con la participación de todos los partidos y de las fuerzas progresistas del país, se establezca el marco de la nueva convivencia y de la paz política, atendiendo los nuevos desarrollos democráticos  que todos los sectores políticos vienen reclamando desde hace varios años”, anotaba el documento.
 
El país saludó con alborozo la noticia y todos los medios desplegaron sus primeras planas con la buena nueva que anunciaba un camino de paz después de veinte años de la intervención militar en Marquetalia.
 
La declaración planteaba nuevas entrevistas y se pedían reuniones con los altos mandos militares, lo que nunca se dio y que solo hasta ahora ha sido posible en la mesa de La Habana tras los fracasos de La Uribe, Caracas, Tlaxcala y el Cagúan. 
 
Una vocación conciliadora

Morales Benítez, a  su regreso de Colombia, dijo en un reportaje a El Tiempo que “los dirigentes de las Farc no son aventureros, sino seres con convicciones” y añadía que estaba “convencido que las Farc quieren la paz”.
 
El primer gran paso se había dado. Por primera vez, tras los bombardeos a Marquetalia que buscaban desalojar al “puñado de bandoleros” -como los medios tradicionales calificaban a los campesinos-, un gobierno en la práctica le otorgaba interlocución al grupo alzado en armas para hablar de reformas profundas de las estructuras del país.
 
Unos días antes del histórico encuentro de Colombia y como previendo lo que se venía, se dio un extraño episodio. El 24 de enero apareció en la revista del Ejército un artículo del general Fernando Landazábal, ministro de Defensa, contra el proceso de negociaciones con esa guerrilla.
 
El general manifestaba que “las Fuerzas Armadas  deben disponer su ánimo para una contienda de proporciones incalculables  e imprevisibles que llevaría al país a una nueva fase de violencia”.
 
La respuesta de sectores del país fue inmediata: un llamado  a rodear al presidente Betancur.
 
Los enemigos agazapados de la paz

Cinco meses después de la cita con el  secretariado de las Farc, el 31 de mayo de 1983 Otto Morales renuncia a la Comisión Nacional de Paz en carta a Betancur. En ella afirma  su memorable frase de que “los enemigos de la paz están agazapados por dentro y por fuera del gobierno” y añadía que “esas fuerzas reaccionarias en otras épocas lucharon como hoy contra la paz”.
 
Morales sindicaba a los sectores militaristas de impedir el diálogo con la guerrilla y confirmaba que existía un complot contra el proceso de apertura democrática abierto por Betancur.
 
Después de 29 años de esta declaración, este caldense que todo lo matizaba con las más sonoras carcajadas que recuerde el país, en una de sus últimas entrevistas sobre el proceso de paz concedida a Camila Zuluaga en El Espectador, el 11  septiembre de 2012, pocas semanas ante de iniciarse el actual proceso de La Habana, enfatizaba en lo mismo.
 
A la pregunta de por qué fracasaron las negociaciones con Betancur, atinó diciendo que fue  “por la oposición de los sectores poderosos del país, que decían: no, no y no al entendimiento. Arrasamiento y muerte a esos vagabundos. Los mismos disparates del doctor Álvaro Uribe. Es lo mismo, si me quiere entender, disparates godos y del Opus Dei”.
 
“Toca negociar”

“Los colombianos tenemos la obligación de ayudar y apoyar al presidente Santos en la búsqueda de la paz. No estar poniéndole palos en la rueda, no estar imposibilitando que las cosas se cumplan”, subrayaba.

Para Otto Morales Benítez, quienes se oponen al proceso de paz “son los cacaos del país, ¡por Dios! Son la gente importante, los grandes industriales, los banqueros, etc. Si usted hoy les pregunta, insultan y dicen que yo estoy diciendo mentiras”, le dijo en aquella última entrevista a la periodista.
Provocador de toda la vida, siempre dijo las cosas sin tapujos.

Culminó la entrevista con su aseveración permanente respecto a terminar el conflicto mediante la vía militar y cuyas palabras adquieren hoy toda su dimensión: “No lo van a poder acabar. La organización de la guerrilla es muy estructurada. Este es un país muy difícil, porque es un país de ríos navegables y muchas montañas, y las guerrillas están muy bien localizadas; ellos saben cuál es el terreno. ¡Toca negociar!”.

El legado de Otto Morales muestra que en el país siempre habrá voces que se levantan por la búsqueda de una reconciliación que allane la vía del diálogo, de la concertación y del ser consecuentes con la historia de este adolorido país no solo por las armas, sino por la exclusión y la injusticia social y política.
 
Como lo dijera en aquella primera reunión de la Comisión convocada por Betancur: “La paz es una tarea de todos”.

*Roberto Romero Ospina tiene una especialización en la Escuela de Periodismo de la Organización Internacional de Periodistas (OIP) de Budapest (1983). Fue redactor del Semanario VOZ por espacio de 20 años y Jefe de Redacción de este periódico