Las mujeres que hicieron una ‘ciudad’ con sus propias manos

En Turbaco, Bolívar, muy cerca de Cartagena, un grupo de mujeres construyó, bloque por bloque, 98 casas en las que viven ahora con sus familias. Aunque su proyecto sigue siendo un ejemplo para el mundo, la falta de oportunidades de educación para sus hijos, de empleo y de salud, son ahora sus mayores preocupaciones.

Texto y fotos: Luis Carlos Gómez.
Turbaco, Bolívar
Junio 10 de 2015

Les decían que no iban a ser capaces. Picar, excavar, amarrar varillas, echar cimientos no es un trabajo para mujeres y mucho menos si no tienen experiencia. Que les iba a quedar grande, que estaban perdiendo el tiempo, cosas así.


Pero ellas no se dejaron desanimar.  Bloque por bloque, literalmente, construyeron durante dos años cada una de las 98 casas que hoy ocupan una ladera al lado de la carretera que conduce de Turbaco a Cartagena.

Literalmente, porque 30 de ellas, después de recibir una capacitación del Sena, se encargaron de producir los 150 mil bloques que se utilizaron en la construcción. Otras adecuaron el terreno, hicieron labores de albañilería, etc.

 
Hoy, la Ciudad de las Mujeres son dos manzanas de casas pintadas de colores alegres, en una zona que antes era un lote deshabitado, pero que lentamente se va llenando de urbanizaciones.
 
Casi 10 años después de su construcción, las mujeres de este proyecto tienen otras preocupaciones: sus hijos crecieron, sus ingresos son pocos, las oportunidades de trabajo son escasas y muchas de las promesas que les hicieron no se cumplieron. Lograr que lo que construyeron no se venga abajo es ahora su mayor reto.

Sus logros

La idea que algún día se convertiría en la Ciudad de las Mujeres empezó en el Barrio El Pozón de Cartagena. Allí, un grupo de mujeres, muchas de ellas desplazadas o víctimas de violencia sexual, y todas de muy escasos recursos se reunían en los patios de sus casas a preparar ‘ollas comunitarias’.


“No teníamos servicios públicos, ni siquiera agua. Tampoco sabíamos que teníamos derechos. Lo único que sabíamos era que teníamos que atender al marido”, cuenta Ana Luz Ortega, quien tuvo que desplazarse de Córdoba.

Allí conocieron a Patricia Guerrero, defensora de derechos humanos y fundadora de la Liga de las Mujeres, que les enseñó a organizarse y a convencerse de que era posible hacer realidad su sueño de tener una vida digna.
 
Aunque muchos de sus maridos les decían que no perdieran el tiempo con eso, con ayuda de Patricia consiguieron los recursos para financiar el proyecto, el terreno, los materiales y que las entidades correspondientes les cumplieran con instalarles los servicios públicos.


Su condición fue que ellas pudieran participar directamente en la construcción de las casas.

“Las mujeres del municipio sentían admiración por lo que nosotras hacíamos. Nos convertimos en ejemplo para ellas”, dice Esther Durango, una de las mujeres encargadas de hacer los bloques.

Tan se convirtieron en ejemplo, que en febrero pasado dos nobeles de paz, Shirin Ebady y Jody Williams, las visitaron en Turbaco para conocer su proyecto.

Las dificultades


Pero así como hacia el mundo la Ciudad de las Mujeres se ha convertido en un proyecto ‘de mostrar’, la realidad local no ha sido precisamente color de rosa.

“El proyecto nos hizo bastante vulnerables. Era la primera organización que se le medía a un proyecto de estas características”, dice Lubis Cárdenas, una de las líderes del grupo.

Su actitud valerosa e incómoda para algunos les trajo amenazas y la muerte de personas cercanas a la organización. También les quemaron un lugar que usaban para sus reuniones. Hoy en día, todavía hay riesgos, bandas criminales operan en la zona y buscan ejercer control sobre qué pueden hacer y qué no y en qué horarios.

Hace menos de un año, apareció pegado frente a la casa de una de las mujeres un pasquín con amenazas en el que se hace referencia a “las chismosas”.

Las mujeres también se quejan de que el Gobierno les ha incumplido las promesas que les ha hecho. Aunque la organización avanza en la creación de un proyecto de Reparación Colectiva,  dicen que el que les propone la Unidad para las Víctimas no las representa y que aún están a la espera de un hospital, de oportunidades de empleo y de opciones de vivienda para otras mujeres de la organización que no viven allí.

“La gran mayoría vivimos del rebusque. La mayoría no tenemos compañeros. Mujercoop (la cooperativa que crearon) no se pudo mantener. Los niños han crecido. Llegan hasta bachillerato, pero no hay posibilidad de que entren a la Universidad. Incluso para entrar al Sena hay trabas”, dice Yajaira Mejía, representante legal de la organización.

Las mujeres, por supuesto, no están dispuestas a rendirse. Hace algunas semanas, participaron en una toma pacífica de la Unidad para las Víctimas para exigir que se atiendan sus demandas. Algunos de sus maridos, como de costumbre, les preguntaron: ‘¿qué andan haciendo por allá?