Este es el rostro de quienes sufren la violenta escalada de las Farc

Dramático testimonio de María Ruby Tejada Suárez, quien vive en El Tigre (Putumayo) y allí trabaja con tres organizaciones de mujeres. Las Farc atacaron la estación de policía y afectaron casas de mujeres víctimas. “Se acabó la armonía que teníamos”, le dijo a este portal.

12 de junio de 2014
Foto: Archivo Semana


“No queremos que se vuelva a revivir la historia de la masacre de El Tigre”, dice casi entre susurros María Ruby Tejada Suárez, quien confiesa que está asustada y no sabe qué hacer. Su angustia crece porque ella es lideresa de tres organizaciones de mujeres víctimas de distintas clases de violencias o madres cabeza de familia en este remoto caserío, ubicado en el Bajo Putumayo, Valle del Guamuéz, departamento del Putumayo.  “Todas me dicen, qué hacemos…, qué hacemos…, qué hacemos… Y yo no sé qué decirles”, le confiesa María Ruby a este portal.

La noche de este jueves las mujeres del pequeño caserío no pudieron conciliar el sueño. En la mañana un estruendo horripilante los dejó atónicos y algunos de sus habitantes tuvieron que acudir al centro médico, pues sintieron que los tímpanos se les rompieron. Las Farc, aprovechando el tránsito por la vía principal, usaron una volqueta para atacar la estación de policía y en ese acto de violencia se llevaron por delante las casas vecinas. No hubo víctimas fatales. “Gracias a Dios –comenta María Ruby- porque ¿cuándo y cómo se repone la vida?”. Solo agrega que “un hijo de una comadre está en observación, pues le cayeron esquirlas en su cabeza y brazos”.

Y pensar que hace 16 años la estigmatización como ‘pueblo guerrillero’, hizo a sus pobladores objetivo de la acción violenta –y casi demencial- de los grupos paramilitares, tanto que, según documenta el Centro Nacional de Memoria Histórica la noche del 9 de enero de 1999 entraron a la inspección de Policía unos 150 paramilitares del bloque sur del Putumayo, unidad perteneciente al Bloque Central Bolívar—BCB— de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC), y asesinaron a 28 personas, quemaron casas, motocicletas y vehículos.  

Vea el listado de violaciones al Derecho internacional Humanitario cometidas por las Farc desde que levantó el cese al fuego unilateral

Como esta masacre fue en la noche, las mujeres, los hombres y los niños de este caserío despertaron un inusitado temor a la oscuridad. La escalada de violencia ahora por parte de las Farc los tiene sin luz y en la zozobra por las explosiones ocasionales que genera el derrame de crudo por las vías, también promovido como acto de sabotaje por las Farc.

“Qué pesar no poder ir a Bogotá. Con gusto iría a hablar con el señor Presidente para contarle esta situación, pues cuando no es por el suelo, es por el agua, y cuando no es por el agua, es por el aire”, dice María Ruby también refiriéndose a los bombardeos ordenados por el Gobierno Nacional. La lideresa pertenece a la Iniciativa de Mujeres por la Paz –IMP- que tiene trabajo comunitario en este territorio, abandonado a la mano de Dios, y donde por lo general son estas organizaciones las que acompañan a las comunidades en esta tensa situación.

El Centro Nacional de Memoria Histórica –CNMH- relata que la represión y violencia directa contra esta población se intensificó después de la masacre y en el período entre 2001 y 2006, “cuando el bloque paramilitar estableció un control territorial permanente en la mayoría de las zonas urbanas del Bajo Putumayo (Puerto Asís, Puerto Caicedo, Orito, La Hormiga, La Dorada), ejerciendo un dominio social, económico y político en esta región”.

La masacre y la posterior ocupación paramilitar de la zona –señala la publicación La masacre de El Tigre del CNMH- generaron daños y pérdidas que no sólo afectaron la economía de los habitantes del poblado, sino que modificaron sustancialmente la vida de campesinos, afrocolombianos e indígenas que habitan el sector.

Por eso es tan doloroso escuchar la voz sigilosa -como queriendo que no la alcances a escuchar los que empuñan las armas- de María Ruby Tejada Suárez. Este portal le preguntó si ella y las comunidades con las que trabaja habían sentido algún alivio con la tregua declarada por las Farc de forma unilateral del 20 de diciembre de 2014 hasta este mayo, luego de que sufrieron la baja sensible de por lo menos 60 miembros armados de su organización.

“Fue muy buena –nos dijo-. La gente salía de noche, hacía reuniones en sus casas. Nosotros decíamos: ‘si esto sigue así, esto va a ser un remanso de paz y le pondremos banderas blancas a todo el pueblo’. Lo que ocurrió (este martes) me vuelve impotente”, señala esta valiente mujer, gestora de paz y de convivencia.

Lo único que ella quiere es que no vaya a haber ni una víctima más…. “ni una mujer más, ni un hombre más. Todos merecemos vivir”, suplica.

Reconciliación Colombia pide atender la voz de estas comunidades, pues se les escucha impotentes y sin saber qué hacer.

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