Lecciones de reconciliación en la nueva encíclica del Papa

Aunque 'Laudato si' está orientada en principio del medio ambiente, el documento está relacionado directamente con temas como la pobreza, el crecimiento económico y la inclusión.

Junio 18 de 2015
Foto: Archivo Semana


La encíclica es un llamado de alerta ante el calentamiento global, la escasez de recursos naturales, la desaparición de especies animales y otros temas ambientales, pero enmarcadas dentro de unas dura críticas del Papa Francisco contra el consumismo y lo que él llama como una cultura del descarte.

Estas son algunas de sus principales afirmaciones:
 
Toda pretensión de cuidar y mejorar el  mundo supone cambios profundos en  los estilos  de vida, los modelos de producción y de consumo,  las estructuras consolidadas de poder que rigen hoy la sociedad.

El cambio es algo deseable, pero se vuelve preocupante cuando se convierte en deterioro del mundo y de la calidad de vida de gran parte de la humanidad.
 
La tierra, nuestra casa, parece convertirse cada vez más en un inmenso  depósito de porquería. En muchos lugares del planeta, los ancianos añoran los paisajes de otros tiempos, que ahora se ven inundados de basura.
 
Estos problemas están íntimamente ligados a la cultura del descarte, que afecta tanto a los seres humanos excluidos como a las cosas que rápidamente se convierten en basura.
 
Todavía no se ha logrado adoptar un modelo circular de producción que asegure recursos para todos y para las generaciones futuras, y que supone limitar al máximo el uso de los recursos no renovables, moderar el consumo, maximizar la eficiencia del provechamiento, reutilizar y reciclar.
 
Muchos de aquellos que tienen más recursos y poder económico o político parecen concentrarse sobre todo en enmascarar los problemas o en ocultar los síntomas, tratando sólo de reducir algunos impactos negativos del cambio climático.

Muchas ciudades son grandes estructuras ineficientes que gastan energía y agua en exceso. Hay barrios que, aunque hayan sido construidos recientemente, están congestionados y desordenados, sin espacios verdes suficientes. No es propio de habitantes de este planeta vivir cada vez más inundados de cemento, asfalto, vidrio y metales, privados del contacto físico con la naturaleza.
 
Este nivel de intervención humana, frecuentemente al servicio de las finanzas y del consumismo, hace que la tierra en que vivimos en realidad se vuelva menos rica y bella, cada vez más limitada y gris, mientras al mismo tiempo el desarrollo de la tecnología y de las ofertas de consumo sigue avanzando sin límite. De este modo, parece que pretendiéramos sustituir una belleza irreemplazable e irrecuperable, por otra creada por nosotros.
 
El crecimiento de los últimos dos siglos no ha significado en todos sus aspectos un verdadero progreso integral y una mejora de la calidad de vida.
 
Los medios actuales permiten que nos comuniquemos y que compartamos conocimientos y afectos. Sin embargo, a veces también nos impiden tomar contacto directo con la angustia, con el temblor, con la alegría del otro y con la complejidad de su experiencia personal.
 
En el modelo distributivo actual una minoría se cree con el derecho de consumir en una proporción que sería imposible generalizar, porque el planeta no podría ni siquiera contener los residuos de semejante consumo.
 
Más allá de cualquier predicción catastrófica, lo cierto es que el actual sistema mundial es insostenible desde diversos puntos de vista, porque hemos dejado de pensar en los fines de la acción humana.