Las armas son el fracaso de la palabra

Esta es la carta que firman 26 líderes de comunidades religiosas y espirituales como parte de un proceso que busca trazar la ruta de trabajo de las congregaciones de fe de distintas naturalezas y credos en un momento de coyuntura trascendente para el país.
 
5 de julio de 2015
 
Por considerarlo de interés para quienes trabajan en la construcción de paz y por la reconciliación entre los colombianos y las colombianas, a continuación este portal, que hace parte del proyecto Reconciliación Colombia, divulga de forma textual la comunicación suscrita por líderes y lideresas de distintas comunidades religiosas que están reflexionando sobre cómo pueden aportar en un trabajo conjunto por este afligido país que sufre de “una crisis espiritual”. Aquí está el texto en su integridad:
 

“En el marco del proyecto Cree en la Reconciliación de Reconciliación Colombia, diferentes líderes de confesiones religiosas y espirituales nos hemos dado a la tarea de reflexionar sobre la responsabilidad que tenemos en la terminación del conflicto armado, la construcción de paz y la reconciliación. 
 
En esta oportunidad, queremos dirigirnos a los hombres y mujeres, hijos e hijas de este país que portan armas. Las armas se han hecho para matar. La historia de la humanidad ha sido la historia de las guerras y de la evolución tecnológica de los armamentos. Desde el garrote hasta las ojivas nucleares. Lo que no cambia es el resultado: la muerte, la destrucción y sobre todo la rabia, el rencor y un eterno retorno de la venganza de los sobrevivientes. ¿Cómo frenar este reciclaje perverso de la retaliación? 
 
En este país se justifican y legitiman las armas por la defensa de la vida, de la propiedad y de la acumulación de la riqueza, por reclamar la distribución más justa de los bienes de la tierra  y la garantía de condiciones dignas de existencia para todos. A lo largo de la historia, las sociedades más igualitarias han sido y son también las menos violentas. 
 
De aquí que la equidad se constituye en un imperativo moral y ético que permite a los humanos reconocerse como semejantes, como prójimos, como hermanos. Esta suprema dignidad de humanidad implica y exige el respeto a la vida como lo más sagrado de todo.
 
Por eso, las confesiones religiosas fundamentamos nuestras creencias en la exigencia categórica del respeto a la dignidad humana y a la sacralidad de la vida.  Insistimos y persistimos en afirmar que el ser humano es un fin en sí mismo y no un medio o un instrumento para algo o para alguien. Esto se olvida con demasiada frecuencia por parte de los políticos, los empresarios, los militares y los grupos por fuera de la ley.  
 
Por esto, queremos decirles que no justificamos ni legitimamos las armas. Con el uso de las armas se han transgredido los más elementales principios de humanidad: matado en estado de indefensión, matado a civiles, violado a mujeres, reclutado y asesinado a niños, realizado ataques indiscriminados, daños a la naturaleza y crímenes de guerra que han mancillado no solo la dignidad de la vida de los colombianos sino que han lacerado gravemente el tejido humano de este país e impedido su progreso justo y equitativo.
 
Sin negar la urgencia de responder a los factores objetivos de la violencia (exclusión económica, política, social) y a los factores jurídicos (verdad, justicia, reparación y garantías de no repetición), ¿cómo superar esta fábrica constante de rabias, rencores y urgencias de venganza que perpetúan la violencia y el empobrecimiento de los colombianos?
 
Reconociendo que en muchas ocasiones los líderes de las Iglesias y de las varias confesiones religiosas hemos contribuido a la violencia en Colombia, sentimos ahora la urgencia de recuperar  y posicionar la cultura ciudadana del perdón como vacuna y remedio poderoso contra ese perverso y eterno retorno de las venganzas. Sin perdón no hay futuro, anda gritando por el mundo el premio nobel de Paz Desmond Tutu. Sin perdón nos quedamos congelados y coagulados en la memoria vengativa del pasado. Perdón no es olvidar, ni negar la justicia, ni negar el dolor o abrazarse con el ofensor. El perdón es el ejercicio heroico de  superar la retaliación para asumir la bondad y la compasión.  Es el salto evolucionario para superar el eterno retorno de la memoria del pasado y construir narrativas nuevas.  El perdón no cambia tu pasado pero sí el futuro de los individuos y de los colectivos humanos.  
 
Se perdona en razón de la suprema dignidad del otro y del don sagrado de la vida.
 
Es a este ascenso civilizatorio al que invitamos a todos los grupos armados de Colombia en esta difícil coyuntura histórica en que estamos seriamente tentados a volver a las armas cuando habíamos entendido –después de más de 60 años de guerra- que las armas son el fracaso de la palabra y la negación del excelso valor de la bondad, de la generosidad y de la compasión. 
 
Todos tendremos que pedirnos perdón unos a otros. Si ustedes piden perdón a su vez les van a pedir perdón y si todos perdonamos tendremos la oportunidad de rehacer nuestras vidas y construir un nuevo país para ustedes y para sus hijos. Ellos no tienen por qué sufrir y perpetuar el perverso reciclaje de los odios y de las venganzas. De ahora en adelante deberemos competir no ya por quién causa más muertes sino por quien genera más vida. Iniciando por la liberación de los secuestrados y de los menores de edad que hoy se encuentran en las filas.
 
Saludamos que el Gobierno colombiano y las Farc hayan decidido avanzar en un proceso de conversaciones que lleven a la construcción de acuerdos para la terminación del conflicto armado, dirigiendo al país así al postacuerdo y exhortamos a las partes a que no se levanten de la mesa, a que persistan hasta lograr los acuerdos. En tal sentido, oraremos por una paz posible en Colombia y ofrecemos nuestros dones y talentos para la transformación de nuestro país.
 
Ni una vida más para la guerra, todas las vidas para la paz.  
 
Firma:
 
- Monseñor Luis Augusto Castro y Padre Pedro Mercado, Presidente y Secretario Adjunto de la Conferencia Episcopal de Colombia
 
- Pastor Edgar Castaño, Presidente del Consejo Evangélico de Colombia - CEDECOL
 
-Padre Francisco de Roux – Fundador del Programa de Desarrollo y paz del Magdalena Media y representante de la Comunidad Jesuita
 
- Imam Julian Zapata, Director del Centro Cultural Islámico.
 
- Gonzalo Murillo, Coordinador Nacional RedProdepaz.
 
- Padre Leonel Narváez, Presidente Fundación para la Reconciliación.
 
- Olga Lucia Sierra a nombre de Budismo Tibetano – Guelupa.
 
- Diego Martínez, Presidente Iglesias Cristianas Hermanos Menonitas de Colombia.
 
- Katherine Torres y Pastor Peter Stucky, Coordinadora Nacional y Director de Puentes para la paz.
 
- James Patton, Vicepresidente del Centro Internacional de Religión y Diplomacia (ICRD por sus siglas en inglés).
 
- Fanny Ochoa, Directora del Centro de Altos Estudios Islámicos.
 
- Tomás Orjuela, Presidente Iglesia Menonita de Colombia.
 
- Monseñor Francisco Duque, Obispo de la Iglesia Anglicana Episcopal de Colombia.
 
- Reverendo Dayro Aranzales  en nombre de la Iglesia Presbiteriana de Colombia.
 
- Reverendo Luis Fernando Sanmiguel, Presidente de Teusaquillo Territorios de paz.
 
- Juana Ruiz a nombre de Mujeres Tejedoras de Mampuján.
 
- Andrónico Urbay a nombre de Junta Mayor de Palabreros Wayuu.
 
- Monseñor Hollman Lara, Presidente de la Comunidad Luterana de Colombia.
 
- Archamindrita Padre Timoteo, en nombre de la Iglesia Ortodoxa de Colombia.
 
 - Jenny Neme, Directora de Justapaz.
 
- Hermana Norma Inés Bernal a nombre de Grupo Ecuménico de Mujeres Constructoras de Paz –Gempaz-.
 
- Ana Mercedes Pereira, Directora de la Red Ecuménica Nacional de Mujeres por la paz.
 
- Pastor Héctor Pardo, Presidente de la Confederación Colombiana de Libertad Religiosa, Conciencia y Culto (CONFERILEC).
 
- Hermana Fanny Cordón, Secretaria de la Comisión de Justicia, paz e integridad de la Conferencia de Religiosos de Colombia”.