¿Se puede responder a la violencia con bondad?

Mientras en La Habana se establecen las condiciones para un acuerdo de paz, en el país los colombianos siguen recurriendo a la violencia como la mejor opción para imponerse a los demás. ¿Será que Colombia está condenada a la guerra?

Por Cristina Esguerra 
Especial para Reconciliación Colombia.

21 de julio de 2015

Hace tres años Colombia se embarcó en un proceso de paz con las Farc y, sin embargo, no son muchos los colombianos que ven el futuro del país con optimismo. ¿Por qué? La respuesta es fácil: una larga historia de violencia ha logrado que la sociedad colombiana se deshumanice y que cada quien piense única y exclusivamente en sí mismo y en cómo beneficiarse.

La gente se sube a los buses sin pagar y a punta de empujones, los conductores insultan a quien se les cruza en su camino, los jóvenes roban cientos de celulares y carteras y les tiene sin cuidado que tengan que apuñalar o matar al dueño del objeto para hacerlo; la mayoría de los altos funcionarios públicos no parecen aceptar sus cargos para servir al país –como debería ser- sino para enriquecerse y aumentar su poder, y el resto de los ciudadanos mira con pasividad e intenta seguir su día a día como si esta realidad no tuviera que ver con ellos. Preocupados por su supervivencia en medio de un país en guerra los colombianos olvidaron que una sociedad sólo funciona si se construye en función de los demás.

Desde que empezaron los diálogos con las Farc la conversación se ha centrado en la reparación de las víctimas, en la implementación de la justicia y en la búsqueda de la verdad; pero nadie se ha preguntado cómo sanar una sociedad corroída por la violencia y por la corrupción. Tristemente estas últimas simplemente se asumen como parte de la naturaleza de los colombianos y como necesarias para que el país funcione.

Los temas de verdad, justicia y reparación de víctimas son sin duda de suma importancia para alcanzar la paz, pero hay que saber que su realización plena es imposible. Todos los países que en medio de un proceso de paz le han apostado a la verdad o a la justicia absoluta –Suráfrica, Alemania, El Salvador, Guatemala, Irlanda, España- han fracaso en su intento. Lo bueno es que el éxito de la paz y de la reconciliación a largo plazo no depende exclusivamente de ellos. Hay dos aspectos mucho más importantes que ningún país ha tomado en consideración, y que sobre todo en el caso de la sociedad colombiana son fundamentales: la bondad y la compasión.

Esta frase puede sonar bastante trillada pero es cierta. La verdad nos permite entender mejor lo que pasó y la justicia es exigida por las víctimas y por la sociedad para que los crímenes no queden impunes y quien los haya cometido asuma su responsabilidad. Pero sólo la bondad y la compasión son capaces de restablecer la relación con el otro y por tanto son indispensables para la construcción de una sociedad en paz.

Hace cientos de años los budistas descubrieron que estas dos cualidades son necesarias para la vida en sociedad e imprescindibles para alcanzar la felicidad personal. Pero ellos prefieren no llamarlas cualidades sino hábitos, costumbres que se adquieren a través de la repetición y que les permiten llevar una vida buena y saludable. La bondad es descrita como la inclinación natural que tienen los seres humanos a hacer el bien y la compasión –en vez de ser un sentimiento de lástima por quienes sufren- es la determinación de rescatar del dolor a todos los seres vivos. A diferencia de lo que muchos creen, desarrollar estos hábitos es fácil y no implican grandes sacrificios. La clave está en no menospreciar los pequeños favores.

Se puede comenzar por ceder un asiento en el bus, dar indicaciones a quien está perdido, cambiar un insulto por una sonrisa o simplemente saludar. Estos actos pueden parecer insignificantes pero el impacto que tienen es enorme pues logran que el día a día de la vida en comunidad sea agradable. Con el tiempo los favores que se brindan al otro son cada vez más grandes pero no se sienten como un sacrificio sino como algo natural que además produce bienestar.

Los budistas no dudan en afirmar que la maldad de la que son capaces los hombres viene del egoísmo. Este último es también un hábito que se perfecciona y puede llegar a alcanzar dimensiones peligrosas cuando impide que las personas reconozcan la humanidad del otro. De la antipatía se pasa al insulto y de ahí a la agresión. Y así no se pase a la agresión el sólo insulto y la antipatía consiguen que la vida en sociedad sea desagradable. Esto es precisamente lo que está pasando en Colombia y a pesar de que todos se quejan pocos aportan a la solución.  

El cambio es fácil y depende de cada uno: en vez de insultar al del carro de al lado puede dejarlo pasar, en vez de hacer como si no viera un robo puede ayudar, en vez de colarse en el Transmilenio puede hacer la fila ordenadamente… Controlar el comportamiento de los demás es imposible pero cada quien puede aportar su granito de arena para que la violencia disminuya y la vida en comunidad sea más agradable.

Hombres como Nelson Mandela, Gandhi y Martin Luther King, entre otros, han demostrado que la manera más efectiva de combatir la violencia es a través de la no violencia, de la bondad. Desarrollar tan preciado hábito no está reservado a los grandes. Todos pueden alegrar su mañana agradeciendo lo que se tiene –así sea sólo la belleza de la naturaleza de alrededor- y hacer un favor al día. Eso es todo lo que se necesita y la bola de nieve crece por sí sola.