La mirada del jesuita Fernán González sobre la violencia colombiana

La revista Semana le hizo una entrevista al teólogo, filósofo e historiador que se ha dedicado a estudiar los orígenes y desarrollos de la violencia en el país. Su forma de analizar esta realidad desmitifica lo homogéneo que resulta verla en blanco y negro.
 
2 de septiembre de 2015
 
El jesuita Fernán González explica el momento de la violencia que hoy conoce el país como el intento frustrado de la guerrilla de salir de la periferia y acercarse al centro político y geográfico del país, donde encontró la oposición de las élites locales, que siguiendo el modelo de élites nacionales, uso todos los recursos a su alcance para defender el statu quo, incluso echando mano de grupos armados de derecha, a los que financió y abrió espacios legales. Ese es el estado de la guerra con el que se abre el espacio de La Habana.
 
“En términos simples –explica González- además de la falta de resolución de unos conflictos sociales, desde los 80 el recrudecimiento de la violencia tiene que ver con que las Farc, que nació en zonas periféricas del sur de Colombia, se empezó a expandir a regiones más centrales y controladas por gamonales; estas elites temerosas de perder su poder y con suficientes dineros para financiar una guerra armaron ejércitos privados no solo para frenar la expansión guerrillera, sino para vencerla en sus zonas de dominio natural. Fue en ese choque cuando la violencia aumentó”, le dijo Fernán González a los periodistas José Fernando Hoyos y Jorge Cote, de la revista Semana, medio de comunicación aliado de este portal.
 
González explica que la violencia política y social se ha estudiado desde la mirada que considera que este fenómeno se debe a las causas objetivas de la pobreza, la desigualdad, el problema de la tierra o desde la mirada que cree que se da por motivos o intereses personales. Y señala: “lo que nosotros decimos es que para entender la violencia hay que mezclar ambas cosas y mirarla desde una perspectiva histórica”, por eso, quienes leen sus textos coinciden en la apreciación de que este historiador se aleja de las conclusiones maniqueas.
“Comenzamos a estudiar la geografía de la violencia, a ubicar los lugares en donde ocurrían los hechos. Descubrimos que la violencia era desigual regionalmente y que tenía que ver con el proceso de colonización campesina reciente”, comenta este también teólogo y filósofo, quien se muestra en desacuerdo con la afirmación de que Colombia es un “Estado fallido” como muchos otros estudiosos del tema la han calificado.

Consecuente con alejarse del blanco y negro para abordar la realidad, González explica lo que su equipo interpreta sucedió: “Nos dimos cuenta de que el Estado hace presencia de manera diferencial. Es decir, que en regiones como Bogotá, el Estado tiene una presencia fuerte. En otras como en Córdoba, Sucre, Cesar y La Guajira, delegó sus funciones a las élites locales. Y en otras como las zonas de colonización, no hacia presencia y fue allí que grupos como las guerrillas llenaron ese vacío”, afirma esto para señalar: “Pero una menor presencia del Estado en una región, no significa que esta sea más violenta. Poderes locales pueden evitarla. Un ejemplo es el de la Costa, en la Violencia de los 50. Allí la presencia del Estado fue débil, pero las élites locales lograron mantener al margen este fenómeno”.
 
Es decir, Fernán González y su equipo llegan a la conclusión de que en contra de la interpretación de que el Estado es fallidoel Estado colombiano tiene una presencia diferenciada regionalmente”.
 
Esta interpretación histórica está contenida en su último libro Poder y Violencia en Colombia, que acabó de ser declarado fuera de concurso por el premio Alejandro Angel Escobar. El Centro de Investigación y Educación Popular - Programa por la Paz Cinep-PPP lo incluyó además dentro de la colección Territorio, Poder y Conflicto, imprimida por la editorial Javeriana.
 
Como otro de los datos reveladores, al analizar el escenario de La Habana, el jesuita afirma que tras la firma de los acuerdos “el problema es que las Farc no tengan suficiente respaldo electoral”. Y lo explica no solo porque desde los sectores de opinión pública con poder las aborrezcan, sino porque aquellos que apoyan la salida negociada y, por tanto, las conversaciones de paz, no apoyan a la guerrilla.

Mejor que lo explique Fernán González con sus palabras, a partir de las preguntas de los periodistas Hoyos y Cote:

“¿Por qué la gente odia tanto a las Farc y por qué no están de acuerdo con La Habana?”, responde el jesuita: “¿Qué tipo de gente?, ¿la de las ciudades?, porque hay que diferenciar. Las personas de las grandes ciudades son muy distintas de los campesinos de las zonas como el Caguán o la Macarena. El problema es que Colombia es una sociedad urbana y hay una incomprensión del problema campesino en las ciudades. Las guerrillas hacen parte de ese problema campesino. Mucha gente, como los uribistas, no entiende como se negocia con un grupo que según ellos, son narcoterroristas. Pero el problema es que esa es una idea producto de una incomprensión y del desconocimiento que hay de la problemática social que existe detrás de fenómeno guerrillero.

“En otras palabras, la lucha armada ha servido de excusa para negar los problemas sociales ya que cualquier insatisfacción social fue relacionada con la guerrilla.

“¿Cómo cree que será la participación política de las Farc?”, responde el jesuita: “Creo que las Farc tiene más pensado participar en la política local, que en la nacional. Sin embargo, van a tener menos fuerza política de la que ellos creen. Muchas de organizaciones de izquierda no están con ellas, sino que acompañan el proceso de paz, que es otra cosa. Cuando se firme, hasta ahí se acaba el apoyo a las Farc”.

Por último, y frente a estas realidades, la revista le pregunta que para qué entonces el proceso de La Habana, cuando siguen retos por delante como resolver los problemas sociales históricamente no resueltos; la probabilidad de que las Farc se devuelvan al monte si no les va bien políticamente; o hechos ciertos como que fenómenos de violencia armada pueden reciclarse en Bacrim u bajo otro mote. De forma muy práctica, como son sus análisis y él mismo, González señala con autoridad: “para crear condiciones que permitan la discusión y un trámite de los conflictos distinto a las balas”.