La víctima del 11 de septiembre que decidió no perdonar

 
Wendy Lanski, quien sobrevivió a los ataques terroristas contra las Torres Gemelas, reflexiona en este texto sobre su decisión de seguir adelante con su vida sin la necesidad de perdonar a sus victimarios.
 
11 de septiembre de 2015
Por Wendy Lanski*, especial para Reconciliación Colombia
 
Empezó como un día común y corriente y terminó como un día que cambiaría por completo cada aspecto de mi vida. Estaba sentada en mi escritorio, preparándome para una reunión a la cual tenía que asistir todos los martes a las nueve de la mañana.
 
Unos diez minutos antes del inicio de la reunión sentí un tremendo estruendo, acompañado de un impacto que hizo que el edificio se moviera de lado a lado. El edificio era el One World Trade Center, y yo estaba en el piso veintinueve. Era el 11 de septiembre de 2001. Era un día precioso y no había una sola nube en el cielo. Hombres y mujeres de más de ochenta países empezaban su jornada laboral.
 
A menudo me preguntan cómo sobreviví, cuando tantas personas murieron. No tengo la respuesta. Hubo muchos momentos en los que pude haber muerto —al salir de la torre, al correr por las calles esquivando los escombros y los cuerpos que caían de los edificios y al escapar cuando colapsaron las dos torres—.
 
Durante los días siguientes al ataque me invadía un sentimiento de alivio pero al mismo tiempo de pavor. Estaba agradecida de estar viva, pero no podía ni empezar a pensar en cómo iba a hacer para vivir el resto de mis días reviviendo las imágenes del 11 de Septiembre.

Sobrevivir no era cuestión solamente de sobrevivir a lo que ocurrió ese día, sino tener que sobrevivir a cada día después de los hechos.
 
Luego de los ataques, mi objetivo era tratar de comprender quién nos había hecho esto y por qué. Supe que los responsables eran de al-Qaeda, conocí sus motivos y me enteré de que su intención era matar muchas más que las tres mil personas asesinadas ese día.
 
Supe que los tres ataques, los de Nueva York, Washington D. C. y Pensilvania, fueron estratégicos y premeditados. Leí sobre su intención de destruir nuestra economía, nuestro modelo de vida, nuestros corazones y nuestras almas.
 
En los meses que siguieron al 11 de Septiembre, creí que mis victimarios habían tenido éxito en su misión. Había imágenes de carteles con los nombres de los desaparecidos en nuestras mentes y flashbacks de horrores inimaginables que aparecían una y otra vez. Las estadísticas sobre los números de socorristas muertos, negocios destruidos y niños huérfanos eran las que imperaban. La reconciliación parecía una meta inalcanzable.

La decisión
 
Con el paso del tiempo, muchos sobrevivientes se empezaron a enfadar mucho y a frustrarse. Para mí, la carga psicológica era enorme y parecía incrementarse con el tiempo, en lugar de reducirse. Después de más o menos dos años, comprendí que tenía que tomar una decisión muy compleja, y creí que esa decisión consistía en elegir entre perdonar para poder seguir adelante o no perdonar y seguir aferrada a la rabia y al sufrimiento.
 
En ese momento parecía que esas dos eran mis únicas opciones. Me esforcé muchísimo por buscar ese espacio para poder perdonar. Después de una ardua labor de introspección profunda concluí que la dimensión del ataque, la planeación y el asesinato calculado de personas inocentes no eran algo que podía perdonar.
 
Debo aclarar que esa no fue la misma conclusión a la que llegaron todos los sobrevivientes del 11 de Septiembre o los familiares, ni tampoco la de otras víctimas del terrorismo.

Es una posición muy personal, y yo respeto y aprecio a quienes logran perdonar. En mi caso, cuando pienso en perdonar a los terroristas del 11 de Septiembre, las imágenes que se vienen a mi mente son la del gran amigo que murió ese día, la de las viudas que he conocido, la del potencial que tenía cada persona que murió, y no puedo perdonar.
 
Hay muchos que creen que el perdón es condición necesaria para la reconciliación. Eso no es cierto en mi caso. Yo creo que la resiliencia está estrechamente ligada a la reconciliación.
 
Nadie cree que puede sobrevivir a un ataque terrorista, pero muchos lo hemos logrado a diferentes niveles y en distintas partes del mundo. Parte de mi resiliencia se debe a mis vínculos con asociaciones que se dedican a enseñarle al mundo lo que ocurrió el 11 de Septiembre y que trabajan con sobrevivientes de ataques terroristas en todo el mundo.
 
Los pequeños desagravios en la vida carecen de importancia; lograr disfrutar cada día se vuelve el objetivo. Caminar hacia adelante y lograr pequeñas victorias y objetivos posibles es el verdadero reflejo de resiliencia después de una tragedia.
 
La resiliencia no implica olvidar o ‘superar’ algo; significa estar vigilante pero al mismo tiempo disfrutar la vida en memoria de quienes la perdieron. He logrado la reconciliación porque, cuando pienso en el 11 de Septiembre, me convenzo de la necesidad de que debemos vivir la vida plenamente, amar con todo el corazón y ser generosos con los demás.
 
También sé que al utilizar mi experiencia para educar y ayudar a otros he tomado la parte más oscura de la tragedia y la he usado positivamente, y los terroristas no lograron su objetivo porque yo aún puedo amar, reír y vivir.


-----------------

* Weny Lanski, sobreviviente del ataque a las Torres Gemelas, desde el 11 de septiembre de 2001 se ha empeñado en mantener viva la memoria de aquella catástrofe. Tiene una maestría en administración del Thomas Edison State College, en Nueva Jersey. Se afilio a la organización Stremght to Strenght, desde donde ayuda a sobrevivientes y familiares de víctimas de diversas catástrofes. También trabaja como voluntaria en el 9/11 Tribute Center.