Un encuentro para el desahogo

El padre Antún Ramós, párroco de Bojayá, la ex congresista Consuelo González de Perdomo, que estuvo en poder de las Farc, y Jenny Castañeda, cuya madre fue asesinada por los paramilitares, víctimas del conflicto y ahora líderes de la reconciliación en el país, tuvieron un inesperado y emotivo encuentro en Bucaramanga, que quedó registrado en esta crónica de Periódico 15, de la Universidad Autónoma de Bucaramanga.
 
Fotos y textos: Xiomara K. Montañez M.
Publicado originalmente en Periódico 15 de la Universidad Autónoma de Bucaramanga.

¿A qué hora llega Antún y Consuelo? ¿Vos los conocés? Los he visto en la televisión, pero nunca en persona”. Tres horas después de su arribo a Bucaramanga, proveniente de Puerto Triunfo, Antioquia, Jenny Castañeda se dispone a recorrer la Feria del Libro de Bucaramanga, Ulibro. Cuando pasa por el estand de la revista Semana, ve que el libro “Reconciliación, el gran desafío de Colombia” está a la venta. “Mi historia está en la página 88. Aparezco junto a Ramón Isaza (jefe paramilitar que se acogió a la ley de Justicia y Paz en 2006, y está en la cárcel La Picota, en Bogotá)”.
 
Jenny Castañeda pide a la vendedora que lo abra para reconocer, una vez más, que su testimonio como víctima del conflicto armado sí se plasmó para la historia. Sin embargo, no lo consigue. Le dicen que debe comprar el ejemplar.
 
El recorrido transcurre sin novedad. Se acercan las 7:00 de la noche del miércoles 26 de agosto y Jenny se despide del grupo que la acompaña, no sin antes dar algunas declaraciones a una emisora local. “¿Cómo va el proceso de reconciliación con los paramilitares de las Autodefensas Campesinas del Magdalena Medio, liderados por Isaza, alias ‘El Viejo’, y Oliverio Isaza, alias ‘Terror’, entre 1997 y 2006?”.
 
‘El Viejo’, quien además de ser uno de los actores armados más sanguinarios en los últimos 20 años en Colombia, especialmente en las tierras del corregimiento Las Mercedes, de Puerto Triunfo, también es recordado en Antioquia por enfrentarse al narcotraficante Pablo Escobar, con un grupo de por lo menos 900 hombres. Incluso, algunos lo describen como el ‘Tirofijo’ de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC). Se desmovilizó en 2006, pero, como asegura Castañeda en su entrevista, no ha podido descansar en paz. “Dice que la muerte de mi mamá (Damaris Mejía) es la que más le ha costado. Y le creo, porque para asesinarla él no tuvo una excusa. Ella era una líder que defendía a la comunidad de mi pueblo, era inocente. Él mataba al vago, al marihuanero, al mechudo, al gay... Le pesa tanto su muerte que me llama desde la  cárcel –La Picota– y me dice que le teme a la muerte. Ojalá que no muera. Tenemos un proyecto en común: una fundación para ayudar a las víctimas del conflicto, como parte del proceso de reconciliación”.
 
El encuentro

La conversación en el lobby del hotel Tryp Bucaramanga transcurre sin novedad. El sacerdote Antún Ramos (recordado por enfrentar la masacre de Bojayá en mayo de 2002), proveniente de Quibdó, llegará una hora antes del arribo de Consuelo González de Perdomo (secuestrada en el Huila por las FARC en 2001, cuando era congresista, y liberada siete años después, gracias a un comisión humanitaria). También se sabe que el periodista Juan Gonzalo Betancur está en camino, y que después de una cena, Jenny Castañeda regresará al hotel.
 
Un hombre con ‘pinta’ de basquetbolista se acerca a la recepción. “Soy Antún Ramos”. La emoción de los presentes no dio espera. Alguien exclamó: “Llegó el ángel de Bojayá”.
 
El periodista Juan Carlos Ordóñez, de Caracol Radio, no quiso esperar e inició su entre- vista. “Llámame Antún, no pasa nada”, comenta el párroco de 41 años. Y se lanzaron varias preguntas: “¿Cómo ha podido superar el horror de la guerra en el Chocó?”. Ramos no titubea al responder: “El que guarda rencor está enfermo”.
 
Llega Jenny Castañeda. El rostro se le ilumina al conocer al padre Antún Ramos. Toma asiento y lo escucha una a una sus palabras. “El perdón no se puede condicionar, moralmente tu perdonas o no, pero lo vemos como una estrategia política, de hacerlos ir allá (Bojayá) para que sientan la vergüenza y el dolor frente a la comunidad”.
 
El párroco se refiere al secretariado de las FARC que se encuentra en la mesa de negociación con el Gobierno, en Cuba. Anuncia que dentro de pocos meses, hombres como ‘Iván Márquez’, ‘Pastor Alape’, ‘Pablo Catatumbo’, ‘Jesús Santrich’, ‘Simón Trinidad’, ‘Marco León Calarcá’, ‘Joaquín Gómez’ y ‘Andrés Paris’ irán al pueblo que un día masacraron y que el país entero conoció, cuando se supo que en un enfrentamiento entre paramilitares y guerrilleros de las FARC, se había lanzado un cilindro bomba dentro de una iglesia y que había muerto, por lo menos, el 10 % de su población (para la época eran 1.100 habitantes).
 
Se habla del fallecimiento de 49 niños, decenas de mujeres embarazadas y 26 miembros de una misma familia, cuyos cuerpos quedaron mutilados por el estallido. Según Antún, el horror de la guerra hizo que muchos hombres de los bandos enfrentados se recriminaran y lloraran por lo ocurrido. Fueron al menos 200 personas las que perecieron en ese lugar. El párroco asegura que las cifras oficiales hablan de 89, en otros se informes dice que fueron 119 víctimas, pero para el pueblo de Bojayá no fue así. Además, 14 años después de lo ocurrido, se ha perdido el rastro de varios habitantes del municipio, quienes ese día estuvieron buscando refugio en la iglesia durante el enfrentamiento.
 
Sonriente y elegante entra Consuelo González de Perdomo, líder política del Huila, cuya imagen frente al ‘Mono Jojoy’, encerrada en aquellos recintos que las FARC llamó “cárceles del pueblo”, tras varios años de secuestro (de septiembre de 2001 a enero de 2008), le dio la vuelta al mundo. En cautiverio, la guerrilla la declaró a ella y a otros secuestrados como presos políticos. La guerrilla les dijo que mientras “Álvaro Uribe Vélez fuera presidente, no había nada que hacer, que solo serían liberados por hechos políticos”, y que tenían todo listo para dejarlos años en cautiverio, mientras no se diera una negociación entre las partes.
 
“Qué gusto conocerlo padre Antún. ¿Usted estuvo en La Habana? ¿Cómo le fue?, pregunta Consuelo. En medio de la conversación llega al hotel el periodista Betancur. En medio de abrazos se da inicio al encuentro. Tres de las víctimas más emblemáticas de Colombia y que ahora viajan por el mundo llevando el mensaje de la reconciliación encontraron un espacio para desahogarse una vez más. En ellos, los relatos actúan como bálsamo para el alma.
 
¿Interrumpirlos? ¡Jamás! Es preferible guardarse la emotividad y limpiarse las lágrimas con tal disimulo, para no parecer débil frente a una guerra que ha pasado ante los ojos de 44 millones de colombianos, y que hoy día muchos quieren desdibujar con la polarización.
 
Llega el perdón

Antún relata: “Cuando viajé a La Habana (diciembre de 2014), me recibió ‘Joaquín Gómez’. Estaba de civil y casi no lo reconozco. En la delegación iban nueve víctimas. Todos nos preguntamos: ¿los odiamos o llegamos y los abrazamos? La reunión con el secretariado de las FARC fue desde las 6:00 de la tarde hasta la 1:00 de la mañana. Les dije que es- taba en Cuba porque las FARC habían asesinado a mi mamá, a mis feligreses en mi iglesia (ambos hechos ocurridos en 2002), y porque los quería abrazar, porque todo esto debe ser distinto. ‘Pastor Alape’ se sentó a mi lado. Tenía los ojos llorosos. A ‘Catatumbo’ le pasó lo mismo, y a ‘Pablo Atrato’ se le quebró la voz. ‘Jesús Santrich’ puso su mano en mi hombro... Salí fortalecido de allí. Creo que el odiar no nos lleva a nada”.
 
Jenny Castañeda cuenta que entendió la importancia del perdón el día que soñó con su mamá y ésta le dijo que debía buscar a Isaza y perdonarlo. “Guardaba odio en mi corazón, pero al verme sola, encerrada en una clínica, en medio del tratamiento contra el cáncer de tiroides, concluí que no debía odiar. Isaza me mandó a llamar de la cárcel. Le llevé cobijas a él y a sus hombres. Tenían la imagen de la virgen de Guadalupe. Nos abrazamos, lloramos e hicimos un pacto. Empezamos de cero. No ha sido fácil, pero una buena estrategia es desarmar el lenguaje. Antes le decía “el viejo hijuetantas”, ahora lo llamo “señor Ramón”. Y ahí voy”.
 
Consuelo interrumpe: “Uno concluye que tiene sentido eternizarse en un sentimiento tan negativo como el odio. En mi caso, no disfruto una libertad completa. La gente cree que porque la mayoría de víctimas estamos facilitando el proceso de paz, salimos con el síndrome de Estocolmo. Un día le pregunté a un señor que si sabía qué era eso, y no me respondió. Es muy difícil con la polarización. Si uno va a un sitio y habla algo, no deja de escuchar comentarios: “en siete años la convencieron”. Y qué se conoce en el cautiverio: una ausencia del Estado que obliga a que muchos tomen las armas”.
 
A diferencia del párroco Ramos, González de Perdomo narra que su visita a La Habana no fue tan emotiva. “En la delegación que fui, las FARC no nos pidieron perdón, o al menos no lo hicieron como con las víctimas de Bojayá. En la intervención, ‘Iván Márquez’, vocero de la guerrilla, dijo que fue muy doloroso escuchar algunas historias. ‘Pablo Catatumbo’ expresó que con mi intervención dejé clara la situación que vive el país. Y nada más”.
 
Y continua dando detalles sobre el encuentro. “Fuimos 12 víctimas, todas las acciones victimizantes representadas. Cuando me preguntaron si podía viajar a Cuba, me aclararon que no había libreto, que podía decir lo que pensaba. Escuché otras historias y uno reconoce que la suya no fue tan terrible. El país no sabe qué es la guerra. Sé de historias, incluso, de mujeres desmovilizadas. A una la hicieron abortar y el feto se lo lanzaron a los perros. Cuando escucho a los que se oponen a la reconciliación, no lo puedo creer”.