Cinco claves para hacer encadenamientos inclusivos

Empresas que utilizan como proveedores a emprendimientos desarrollados por población vulnerable y a organizaciones comunitarias cuentan cómo hacer para que estos negocios tengan éxito. 

23 de septiembre de 2015
  
Cinco empresas que dejaron atrás los prejuicios y los miedos, y decidieron contratar como  proveedores a pequeñas organizaciones conformadas por población vulnerable, contaron sus historias la semana pasada en un evento organizado por la ANDI en Bogotá para impulsar los negocios inclusivos.

Con esa decisión, esas empresas no sólo hicieron más eficientes algunas de sus unidades de negocio, sino que ayudaron a mejorar la vida de madres cabeza de hogar, víctimas de la violencia, campesinos y personas de comunidades que normalmente tienen menos oportunidades que el resto de la población.

Pero dar ese paso no fue fácil. Los emprendedores sociales generalmente no están acostumbrados a producir para grandes empresas y las compañías prefieren andar sobre seguro y no arriesgar demasiado. Sin embargo, algunos años después de haber iniciado esos negocios, y luego de superar varios obstáculos, los resultados son satisfactorios.

Estas son las cinco lecciones que quedaron luego de la conversación de los empresarios con algunos de sus socios. 

· No se trata de caridad, es un negocio en el que ambos ganan.

Uno de los errores más comunes de los empresarios es pensar que al hacer encadenamientos inclusivos están haciendo una especie de obra de caridad con gente necesitada. Y aunque sí están apoyando a personas que normalmente no tienen oportunidades, hacer los negocios con ellos también les debe representar mejoras y ganancias en sus negocios.

Postobón, por ejemplo, traía todas las frutas para producir los jugos Hit desde el extranjero hasta 1997, lo que le representaba altos costos de producción. Pero luego de reuniones con algunos agricultores se inventaron el proyecto ‘Hit Social’ y comenzaron a apoyar a varios campesinos que se comprometieron a entregarles la fruta producida a un precio justo. Hoy, hacer los jugos les cuesta menos y la fruta es de mejor calidad. 

Por el otro lado, los campesinos lograron asegurar la venta de su producto y se ganaron un aliado que les ayuda a fortalecer su negocio. Jaime Alberto Bedoya, agricultor del municipio de Belén de Umbría (Risaralda), cuenta que junto con otros 93 pequeños productores lograron hacer su propia empresa. A ellos, Postobón los sigue ayudando con proyectos de infraestructura y otro tipo de ayudas. 

Otro ejemplo es el del restaurante Wok, que ya no importa la pimienta del extranjero, sino que  les compra el producto, más económico y más fresco, a campesinos del Putumayo que hace unos años sembraban coca, y que gracias a ese negocio hoy reemplazaron sus cultivos ilícitos por un producto legal. 

· Es un proceso largo en el que ambas partes deben hacer ajustes. 

Los beneficios, sin embargo, no llegan de la noche a la mañana. En Puerto Tejada (Cauca), Pavco decidió apoyar a las madres cabeza de familia del municipio para que ellas pudieran sacar adelante a sus hijos, que estaban formando pandillas que se habían convertido en un problema de seguridad para la empresa. 
De esa idea surgió Mulata, una pequeña empresa de confecciones conformada por las madres, que empezó a venderle dotación a Pavco. Al principio, sin embargo, la iniciativa tuvo varios problemas. 

Ofelia Hurtado, una de las madres, cuenta que en algún momento se vieron desfinanciadas porque  compraban el material de contado, pero la empresa les pagaba a 30 o 60 días. “Además, los precios a los que podíamos vender eran muy caros para las empresas, y lo que nos pedían era muy baratos para nosotros”. 

Pavco tuvo que replantear su estrategia de compras y hacer la excepción con Mulata. A partir de ese momento les compra el producto de contado. El resultado ha sido tan bueno, que varios de los hijos de esas mujeres hoy son universitarios gracias al dinero que ganaron sus mamás. 

Pero así como las empresas deben replantear algunas políticas, las organizaciones pequeñas deben estar siempre dispuestas a ajustar sus procesos y a aprender nuevas metodologías.  

· Las alianzas intersectoriales son un camino. 

Muchos empresarios piensan que la obligación de mejorar las condiciones de vida de la población vulnerable es exclusivamente del Gobierno Nacional. Y aunque eso es cierto, la experiencia demuestra que el empresariado no puede perder de vista su responsabilidad social con el país en el que trabajan.

Iris Marín, subdirectora de la Unidad de Víctimas, cuenta por ejemplo que el reto de reparar y darles oportunidades a las más de siete millones de víctimas del conflicto armado (el 16 por ciento de toda la población), desborda muchas veces al Gobierno. “El nivel de pobreza entre los desplazados es del 63 por ciento y el de pobreza extrema es de 35 por ciento, cuando a nivel nacional es el 9”.

Precisamente esa entidad, en alianza con la Fundación Clinton y empresas como El Exito, tienen un proyecto para apoyar a víctimas del conflicto de los Montes de María. La idea es conectar a esos pequeños agricultores con los mercados formales.  

Para eso la fundación tiene un modelo que también aplica en otras regiones del país: crea una empresa que se encarga de intermediar entre unos y otros. Hace los negocios con supermercados, hoteles y otras compañías similares; capacita a los campesinos, les presta asesoría técnica y logística, y finalmente garantiza que se entregue el producto.

Ese tipo de proyectos demuestran que las empresas, el Gobierno y los sectores sociales pueden trabajar juntos, y que aunque la responsabilidad principal recae sobre el Estado, el sector privado puede ayudar y ganar en el intento. 

· Se necesita acompañamiento permanente. 

Para consolidar el encadenamiento hay que hacer un esfuerzo a largo plazo. Pero ese esfuerzo también requiere que la empresa esté dispuesta a prestarles asesorías a sus proveedores para que estos aprovechen el potencial que tienen.

“Hay una serie de emprendedores, que son población vulnerable, con una oferta muy fuerte. Pero les hace falta financiación, fortalecimiento y, sobre todo, acceso a los mercados”, dice Bruce Mac Master, presidente de la ANDI.  “Las empresas podemos ayudarles a suplir esos faltantes”. 

Eso fue lo que hizo Pepesico con Asplabel, la organización comunitaria de Belén de Umbría (Risaralda) que les vende plátano para producir un producto llamado Natuchips. 

El pueblo había sufrido por causa de la violencia y las oportunidades para salir adelante no eran muchas. Luego del negocio con Pepsico, los pequeños agricultores de la zona, las madres cabeza de familia y jóvenes que no tenían más opción de vida, terminaron consiguiendo una fuente de empleo estable. 

Al principio producían el cinco por ciento de las 25.000 toneladas de plátano que necesita la empresa al año, pero gracias a la asesoría y a varias capacitaciones, hoy producen el 45 por ciento. 

- Hay que saber buscar. 

La última lección es saber buscar. Alrededor de las empresas hay comunidades que muchas veces pasan necesidades y, al mismo tiempo, tienen potencialidades que pueden beneficiar a la compañía. Así como también hay emprendedores que producen o proveen los productos y servicios que la empresa necesita.

Además, hoy existen herramientas para acceder a estos emprendimientos. Un ejemplo perfecto es el ‘Directorio de páginas blancas ¡Se le tiene!’, que reúne información de 1.600 proyectos productivos de personas en condición vulnerable  y las clasifica por ciudad y por tipo de negocio.

Lo cierto es que tal vez muy cerca de las empresas haya emprendedores sociales que pueden producir productos de calidad y que sólo esperan una oportunidad.