La mujer que decidió quedarse

Islena Rey Rodríguez acaba de recibir el premio Per Anger del gobierno sueco como reconocimiento a una labor que en Colombia le ha costado a muchos la vida: defender los derechos humanos.
 
Por Luis Carlos Gómez Díaz
Periodista de Reconciliación Colombia
 
Después de que varios de sus compañeros del Comité Cívico por los Derechos Humanos del Meta fueron asesinados, a Islena Rey, cofundadora de esa organización en 1989, varios organismos internacionales le ofrecieron sacarla del país para que no corriera la misma suerte.
 
Por mucho tiempo, dilató su decisión argumentando diferentes razones: quería esperar a que naciera su segunda hija y luego a que esta tuviera unos cuantos años para que tuviera un buen recuerdo del país. Y así fueron pasando los años. Finalmente, se dio cuenta de que definitivamente no quería irse.
 
“Siempre he dicho que el Comité Cívico por los Derechos Humanos del Meta está en el cielo. Allá están mis grandes amigos. Hombres y mujeres que lucharon por una vida digna y por la fraternidad y la hermandad en este país y en este departamento. Una muerte más no quiere decir nada. Me encontraré con ellos y desde allá seguramente haremos grandes cosas”, dice al reflexionar sobre las muertes de amigos entrañables que tuvo que sobrellevar.
 
Pese a los peligros ciertos, Islena y los pocos miembros del Comité que sobrevivieron a la embestida contra militantes de izquierda lograron mantener la organización, aún en las épocas más difíciles. Ahora que ya se habla de posconflicto, de reconciliación y de reparación a las víctimas, el reconocimiento por esos años de esfuerzo y de riesgo comienza a llegar.
 
Treinta años después empiezan a notarse los frutos del esfuerzo que han hecho. ¿Qué significa este reconocimiento?
 
Es algo que nunca nos imaginamos y nos fortalece muchísimo. Nos da un blindaje, pero sobre todo nos da las ganas y el amor suficiente para seguir en este trabajo. Más gente quisiera hacer esta labor, pero no puede porque inevitablemente pesa el factor económico y nadie se va a venir a mantener esta oficina y a hacer el trabajo que nosotros hacemos de ir al campo, de exponerse haciendo las denuncias, porque eso implica voluntad y tiempo.
 
Usted sufrió atentados muy graves y amenazas, ¿qué la llevó a quedarse?
 
Lo que realmente me movió a quedarme en este país fue el amor de la gente, el mismo sufrimiento de quienes nos confiaron sus problemas, las familias, las personas, los niños, los ancianos. El amor de la gente me retuvo. El llano es una tierra muy linda, es el paraíso del cual Jesucristo habló. Aquí se consigue de todo. Que haya sido mal administrado es distinto. Todo eso me movilizó al comienzo. Luego con el asesinato de mis compañeros me siguió moviendo el anhelo de conseguir dignidad para este país. La comunidad internacional me estaba brindando ayuda para irme, pero yo quedé en embarazo y pensaba que no quería que mi hija naciera en otro país, sino que fuera colombiana y llanera. Ese fue el aliciente para quedarme. Luego nació la nena y otra vez me ofrecieron apoyo para irme, yo insistí en que quería que ella conociera este país y ellos comprendieron.
 
¿Cómo ven ahora sus hijos el país?, ¿sienten ese mismo amor y esas mismas ganas de quedarse?
 
Mi hijo mayor es profesional de dos carreras y como todos los jóvenes vive la falta de oportunidades. A veces tiene empleo y a veces no. No se puede decir que la gente aquí no se prepara, sí lo hace, pero no tiene oportunidades. Nos han ganado los contratistas amigos de los políticos. Mi hijo ha sido el que más ha sufrido con los ataques y las amenazas que me han hecho, pero él me entiende y dice: “mi madre es feliz haciendo ese trabajo aunque le paguen mal. Yo también lo soy y la voy a apoyar porque es su decisión”. A él también le duele su país.
 
¿Cómo ve hoy la situación en el Meta? Con el proceso de paz se abren unas perspectivas interesantes, ¿cómo las ve?
 
Políticamente soy una mujer optimista. Queremos que haya un acuerdo de paz, que no será la paz, lo entendemos perfectamente, pero es un avance. Económicamente lo veo extremadamente difícil porque no hay una política pública que pueda coordinar en el nivel administrativo nacional y departamental la ayuda a estas personas que van a cesar las armas, pero además fortalecer a las víctimas a través de la Ley de Víctimas. No se ha dado ningún avance porque los dineros siguen siendo mal administrados. El dinero que corresponde a las víctimas está quedando en bolsillos privados con la complacencia de los administradores en turno, y esto sucede en el ámbito nacional.
 
Y en lo personal, ¿cree que un eventual acuerdo de paz,  cambiará en algo su labor o usted seguirá haciendo lo mismo?
 
No va a cambiar de la noche a la mañana. Es un proceso. Quizá debemos prepararnos para un posacuerdo, no para el posconflicto. Seguramente los defensores y defensoras de los derechos humanos vamos a tener mucho trabajo. Lo digo porque en las zonas del Meta de donde se han retirado los paramilitares están tratando de volver y en muchos municipios han estado llegando. Han estado diciendo abiertamente que esperan el acuerdo de paz para que la guerrilla se vaya y ellos volver a entrar. Acuérdese de la fuerza violenta que estos tuvieron en esta región.
 
Yo no soy desconfiada del acuerdo de paz, pero estos administradores nacionales, regionales y departamentales no están preparados con una política pública para neutralizar definitivamente el flagelo paramilitar. Vamos a tener una situación extremadamente difícil. Sin embargo, el acuerdo de paz es necesario, lo necesitamos para recargar baterías.