Cuadernos made in Cazucá

El negocio del hoy empresario Jhon Jairo Bucurú es hacer libretas y cuadernos de material reciclado. Su emprendimiento se llama Initium Graficcon y con él también les da trabajo a madres cabeza de hogar y a jóvenes de la comuna 4.

Por José Vicente Guzmán
Periodista de Reconciliación Colombia
Publicado en el Directorio de Páginas Blancas 'Se le tiene'.
Octubre 1 de 2015.


Jhon Jairo Bucurú vive en el mismo sitio desde hace por lo menos 10 años, pero no es igual. La pequeña casa levantada sobre la tierra pelada y construida a medida que iban llegando palos, tejas y todo material que sirviera de pared o de techo, ahora es una cómoda construcción de ladrillo que se erige sobre el cemento, con tres habitaciones, una cocina y un amplio patio. La transformación de su pequeño entorno habla mucho del vuelco que ha tenido la vida de este joven de 30 años.

Hasta hace ocho andaba armado por las calles de Altos de Cazucá, la cuarta de seis comunas del casco urbano del municipio de Soacha, junto a un grupo de jóvenes de su edad con quienes conformaba una de las pandillas más temidas de este territorio vecino de Bogotá.

De eso ya no queda nada. Desde hace cuatro años, al lado de la alberca y de la ropa que cuelga al sol, instaló en el patio de su casa unas máquinas con las que elabora las libretas y los cuadernos que manualmente trabaja con materiales reciclables. Ya tiene como compradores fundaciones y empresas que valoran no solo el producto final, sino su esfuerzo por hacerle el quite a la vida ilegal. Su microempresa se llama Initium Grafic.

Jhon Jairo ha logrado escalar el trabajo artesanal y apoyar con este, además de las personas que viven del reciclaje, a madres cabeza de hogar y a jóvenes de Cazucá que se deciden por esta oportunidad que les permite ocupar su tiempo libre, los aleja del vicio y de la violencia y les ayuda a ganarse la vida. “Esto se llama economía solidaria”, comenta orgulloso el joven emprendedor.

Comienzos con sabor amargo

Jhon Jairo llegó a Cazucá con su familia cuando todavía era un niño, huyendo de la violencia que tocó las puertas de Purificación, Tolima. Y como muchos colombianos de las regiones que vienen hacia Bogotá, terminaron haciendo su nueva vida en la periferia de la ciudad, más allá de sus montañas, en las del vecino municipio de Soacha.

Cuando tenía 16 años, su mamá murió y su papá los abandonó. Con su hermano Daniel tomó la decisión de responder por los cuatro menores y cuando menos se dio cuenta, en los ires y venires del rebusque, terminó metido en el bajo mundo, donde probó la droga y vio morir a varios de sus amigos.

Estando en esas, algo le hizo replantear su vida. “Mi princesita”, dice al referirse a su pequeña hija y agrega, sin esconder su emoción: “Yo tomé la decisión de cambiar por mi bebé”. Así, a sus 23 años salió de la pandilla y buscó la forma de ganarse la vida con una actividad legal.

El momento definitivo para su emprendimiento llegó cuando su hermano Daniel un día le preguntó y se respondió: “Jhon, ¿qué vamos a hacer? Montemos algo, que ya estoy aburrido de trabajar”. Se les ocurrió sacarle provecho a que su hermano había aprendido a hacer cuadernos en un curso. Con la liquidación que le pagaron de su primer trabajo, Jhon compró las máquinas y los materiales y el 31 de mayo de 2011 nació Initium Grafic.

“Estábamos ‘llevados’ y fue por pura necesidad. Lo más chistoso es que nos quebramos a la semana porque hicimos libretas pero no sabíamos a quién se las íbamos a vender”, recuerda.

Esta fue la primera de muchas quiebras, las que, por su empuje, siempre han terminado a su favor. Esa primera vez, por ejemplo, de la escasez de materia prima surgió la idea de utilizar material reciclado.

Triunfos y retos

La recompensa llegó cuando la Fundación Pies Descalzos los invitó a presentarse a una convocatoria para apoyar proyectos productivos. El único requisito era que capacitaran niños en los colegios de la zona. Empezaron a hacerlo con 60, se presentaron y recibieron dos millones de pesos con los que pudieron levantar la empresa.

Las capacitaciones se volvieron constantes, igual que la participación en convocatorias para obtener recursos. También empezaron a apoyar el talento de muchas personas de Cazucá, como los recicladores y las madres cabeza de hogar. A un amigo grafitero, por ejemplo, lo convencieron de ilustrar una serie de cuadernos y acordaron un precio por cada dibujo.

Jhon Jairo dio otro gran paso para la empresa cuando consiguió entrar a un curso en la Fundación Origen. Allí conoció a Juliana Liévano, quien trabaja con Sistema B –una organización que agrupa empresas que buscan solucionar problemas sociales– y logró venderle 10 libretas.

“Se las mostró a otros y ahí arrancó un año de bendiciones porque fueron constantes los pedidos. Las libretas se fueron a Perú, Brasil, Estados Unidos y Chile. Se dieron cuenta del trabajo que nosotros hacíamos y todo empezó a prosperar por su apoyo”, recuerda.

Pudo remodelar la casa; comprar nuevas máquinas, impresoras, computadores y un par de motos. 

Pero a la par de los avances, llegaron nuevos retos. Cuando Jhon Jairo se dio cuenta de que no podía cumplir todos los pedidos que le hacía la Asociación Nacional de Industriales (ANDI), decidió replantear el negocio.

Este año suspendió temporalmente las capacitaciones y se ha enfocado en mejorar la calidad de los cuadernos, la producción y las ventas, para conseguir recursos propios que les permitan sostener los proyectos sociales, los que su empresa espera retomar a mediano plazo.

“Nos dimos cuenta de que no estábamos vendiendo productos, sino pesar. Por eso, generábamos ventas a cada cliente una vez, pues la gente lo hacía por ayudarnos. Ahora queremos vender calidad, que nos compren por el producto. Y si con eso podemos ayudar a la gente de acá, pues perfecto”, explica Jhon.

Con un préstamo ahora planea estrenar una nueva casa para trasladar la empresa. Es un sitio con más luz, más espacio y mejor ventilación. Además, su emprendimiento ganó 12 millones de pesos en dotaciones gracias a una convocatoria de la Gobernación de Cundinamarca. Y aunque la entrega ha estado demorada, Jhon espera recibir cinco máquinas nuevas pronto.

Por ahora, y como cuando decidió dejar la pandilla y reencauzar su vida, sólo sabe que debe ser constante: “Yo espero volver a tocar la puerta de la ANDI en dos años para decirles que ahora sí estoy preparado. Que me den otra oportunidad”.