El hombre que le apuesta a la paz territorial

El comisionado de paz, Sergio Jaramillo, está convencido de que el remedio para que las regiones colombianas superen su atraso histórico está en la implementación de los acuerdos de La Habana en los territorios. Su postura no es ingenua, pues viene de ocupar cargos directivos en el sector privado y también de ejercer funciones públicas en el Ministerio de Defensa, como Viceministro.

Por Bibiana Mercado.
Editora de Reconciliación Colombia
Texto publicado en la revista 'Meta. La paz atrae'.
Octubre 2 de 2015


Señor Comisionado, comencemos por una pregunta básica para este diálogo con Usted, ¿qué es la paz territorial?


Sergio Jaramillo (SJ): La paz territorial es un enfoque de la paz que es sensible a la diversidad de las regiones y de los territorios colombianos. Sobre todo, es un enfoque que pone el énfasis en la participación ciudadana como el motor de la construcción y la consolidación de la paz. En dos dimensiones: una que podríamos llamar ‘horizontal’ y otra que podríamos llamar ‘vertical’. Necesitamos que en un mismo espacio se sienten el empresario del campo al lado del pequeño agricultor; el ganadero al lado del campesino; el comerciante al lado del tendero, y juntos construyan una visión y un proyecto de lo que debe ser la paz en sus territorios. Esa es la dimensión horizontal. De cara a los procesos de planeación participativa de los programas de desarrollo con enfoque territorial, como los acordados en La Habana, se deben oír todas esas voces y las autoridades deben responder de forma más rápida y eficaz. Esto acerca las instituciones a los ciudadanos y poner en marcha un círculo virtuoso de fortalecimiento institucional. Esa es la dimensión vertical. De esas dos cosas se trata la paz territorial.

¿Cuáles son las tres herramientas que, a su juicio, son necesarias para la paz territorial?


SJ: Primero, la seguridad. Confiamos en que un acuerdo para la terminación del conflicto permita redireccionar recursos para crear las condiciones de seguridad necesarias para los programas y proyectos de construcción de paz y para el desarrollo, en general. Segundo, la capacidad institucional. Poner en marcha esos procesos de planeación participativa en los territorios no es nada fácil, requiere de mucha capacidad de gestión y de mucha gente capacitada para hacerlo. Tenemos que inventarnos diferentes tipos de voluntariados para que profesionales y estudiantes de las ciudades salgan al campo y se involucren en esos procesos. Tercero, la participación. Ese es el elemento más importante. Tenemos que movilizar a toda la ciudadanía si queremos lograr cambios reales. Para eso tenemos primero que entusiasmarla. Ahí está el reto mayor.

Si tuviera que elegir, ¿cuál de todos es el mayor desafío a la hora de ‘aterrizar’ la paz territorial?

SJ: Que cada persona sienta que la paz depende de lo que haga o deje de hacer. Que solo entre todos lograremos construir la paz. Y para eso tenemos que mejorar nuestros esfuerzos de comunicación. El diálogo es esencial, sobretodo el diálogo entre ‘improbables’, como dice un profesor amigo mío.

¿Qué análisis hace de la interferencia del clientelismo en la implementación de la paz territorial?


SJ: Sin duda el clientelismo ha sido históricamente un ‘sistema’ muy poco eficaz de distribución de recursos públicos, por no decir más. Pero la paz territorial no se puede construir en contra de nadie. Hay que armar una gran coalición a favor de la paz que incluya a todos los que quieran participar. Con unas reglas claras, por supuesto.

¿Hace el mismo análisis con respecto a la interferencia de la corrupción?

SJ: Ese es un reto mayor. Tenemos que hacer tres cosas, por lo menos. Primero, montar un sistema que les muestre a los ciudadanos en qué se está gastando la plata de la paz. Un sistema que permita ver cómo un peso que se paga en impuestos termina invertido en la construcción de una escuela rural.  Segundo, tenemos que fortalecer los observatorios de transparencia y las veedurías ciudadanas. Eso ya lo acordamos en La Habana. Y tercero, tenemos que fortalecer las capacidades institucionales de lucha contra la corrupción de manera que donde el sistema de implementación muestre irregularidades las autoridades actúen de manera inmediata.

¿Qué piensa de la interferencia que generan otras expresiones armadas como las Bacrim y el narcotráfico en la implementación de la paz territorial?

SJ: El fin del conflicto armado nos deja todavía pendiente un serio problema de seguridad en los territorios, que son las llamadas Bacrim. La solución es, como siempre, una mezcla de zanahoria y garrote. Zanahoria, mediante la creación de empleo en el marco de los programas de desarrollo rural y construcción de paz para los jóvenes que hoy en día buscan ganarse la vida en una banda criminal. Y garrote, reorientando recursos que hoy están dedicados a la guerra a la persecución del crimen organizado en las zonas rurales. Necesitamos también, por supuesto, un nuevo esquema de seguridad para los territorios, que el posconflicto va a facilitar.

El gobernador Alan Jara ha dicho que los recursos que reciban para el posconflicto deben ser directamente proporcionales a la afectación, ¿está Usted de acuerdo con esa apreciación?


SJ: Yo estoy de acuerdo -y así lo hemos acordado en La Habana- con que las regiones más afectadas por el conflicto deben ser priorizadas con programas de desarrollo con enfoque territorial. No tengo la menor duda de que una de esas regiones va a ser el Meta, o al menos parte del Meta.

¿Qué fortaleza ve en el Meta a la hora de implementar la paz, que no vea en otra región?

SJ: El Meta ha vivido en la última década una especie de esquizofrenia. Mientras prospera el centro y el norte del departamento, en el sur sigue retumbando el conflicto, así hoy lo haga cada vez menos. Las condiciones están dadas para reunificar el Meta y extender el desarrollo a los municipios del sur, como se lo merecen. Pocos departamentos como el Meta se van a beneficiar tanto de la paz.

Si tuviera que priorizar, ¿en qué tarea estratégica concreta ve a la Mesa Técnica de Discusión ‘Alistándose para la Paz’ de los gobernadores?


SJ: Hay una realidad: las gobernaciones no cuentan ni con las competencias, ni con los recursos humanos, técnicos o materiales para jugar el papel que va a ser necesario que jueguen en la construcción de la paz territorial. Por eso, la Mesa Técnica tiene mucho que aportar para preparar a las gobernaciones para la paz y para contribuir desde su experiencia con elementos básicos para paz territorial.

¿Y en el caso de la Mesa Técnica de Discusión ‘Alistándose para la Paz’ de los alcaldes?

SJ: Los alcaldes van a ser los pilares de la construcción de la paz en los territorios. Del liderazgo de la Mesa Técnica va a depender que funcionen, en buena parte, los procesos de planeación participativa y que los programas que pongamos en marcha, como la sustitución de cultivos, sean efectivos.

Al aterrizar la paz territorial, ¿en qué medida cree que afectará la crítica radiografía del campo presentada por el DANE?

SJ: El censo agropecuario confirma con la mayor nitidez lo que ya sabíamos: que los indicadores sociales del campo son de dos a tres veces peores que los de la ciudad. Le doy un solo dato: en el 2014, el 20 por ciento de los niños del campo menores de 16 años no asistieron a una escuela ¡Eso no puede ser! El Presidente López Michelsen solía decir que Colombia vivía de espaldas al mar. La verdad -y en buena medida por cuenta del conflicto- Colombia ha vivido de espaldas al campo. Eso lo vamos a remediar con la paz.