Los tejidos de los que se enamoró Brad Pitt

El empuje de una líder indígena caucana que llegó a Bogotá tras abandonar su territorio por el conflicto abrió el camino para dar a conocer las tradiciones de su resguardo no solo en Colombia, sino en el exterior. Esto le ha permitido una fuente de ingresos, beneficio que se ha extendido a madres cabeza de familia que pasaron por su situación.

Octubre 5 de 2015
Por Daniel Téllez.
Equipo de comunicaciones de Reconciliación Colombia.
Publicado en el Directorio de Páginas Blancas ¡Se le tiene!
Foto: Guillermo Torres


En 2008 Imelda Pertiaga tuvo que salir de Cauca con su hijo en brazos cuando buena parte de la comunidad indígena Eperara Siapidara, cuya casa es la ribera del Saija, región de López de Mica, debió desplazarse a Popayán, Cali, Medellín o Bogotá por la acción violenta de distintas organizaciones armadas.

Y como este pueblo ancestral se comunica en su propia lengua, la Siapede, aprender el castellano fue una de las primeras tareas que Imelda asumió al llegar a la ciudad, cuando se empleó en casas de familia para poder sostenerse, y lavó platos en las cocinas de comedores comunitarios a cambio de alguna ración de comida.

A través de un programa de la Arquidiócesis de Bogotá, comenzó una capacitación en sistemas básicos de información y recibió ayuda humanitaria para pagar su arriendo durante un año. Más adelante, aplicó a una convocatoria para obtener un capital semilla ofrecido a emprendimientos innovadores y quiso postularse con los tejidos en paja de tetera que aprendió como un oficio natural en su comunidad. “Yo tenía una buena idea, pero no tenía la manera de mostrar lo que sabía hacer”, recuerda sobre aquel momento en el que no tenía la materia prima para tejer.

Tuvo que pasar hambre para conseguir las fibras naturales que luego se convirtieron en los primeros productos con lo que se ganaría el millón y medio de pesos del concurso de la Pastoral Social.

Con este plante, Imelda se dedicó a diseñar y a fabricar canastos, fruteros, individuales, lámparas, tapetes, floreros y revisteros. “Recordar esos momentos me trae mucha tristeza, pero gracias a todo eso, hoy estoy donde estoy”, recuerda mientras se asoman las lágrimas y se entrecorta la voz.

Eran épocas en las que se levantaba a las 5 de la mañana para caminar desde el barrio Diana Turbay hasta la Avenida Primero de Mayo con Boyacá, del suroriente al suroccidente de la ciudad, a donde llegaba sobre las 8 de la mañana para poder probar comida. “Era una situación difícil, pero yo sabía que podía lograrlo”, confiesa.

Hizo su primera venta en Bogotá a familiares de una de sus primeras profesoras de oficios en Bogotá. Ellos vivían en Europa. Y de ese modo Francia se convirtió en el primer destino de exportación de sus artesanías. Envió un frutero y este producto fue la vitrina con la que comenzaron los pedidos.

“Yo sabía que esto me iba a dar para sobrevivir”, reflexiona Imelda, muy orgullosa de los inicios de su microempresa, pues después de esta etapa se vinculó con el emblemático sitio de la Plaza de los Artesanos de Bogotá. Allí conoció diseñadores de varias regiones colombianas y nacionalidades del mundo, quienes le mostraron el camino para innovar sus productos y evitar que perdieran la creatividad ante sus clientes.

Ha participado en varias ediciones de la Feria de Artesanías en el Centro Internacional de Negocios y Exposiciones de Bogotá (Corferias) y  ha viajado a Medellín y a Cartagena a exponer la riqueza de la cultura Eperara Siapidara. Ocultando su orgullo con una risa nerviosa, cuenta que el tejido ancestral que aprendió de su pueblo natal ha tenido tanta acogida, que inclusive está invitada a participar en una feria de artesanías en Nueva York.

Diferentes personalidades del Gobierno y celebridades del espectáculo han exhibido productos con sus tejidos. “Hasta Brad Pitt compró mis tejidos en Europa y me mandó un video”, comenta la artesana. Como consecuencia de su emprendimiento, esta mujer indígena ha conocido a grandes empresarios que también trabajan, como ella, las artesanías. Ahora exporta sus productos a España junto a un emprendedor español que conoció recientemente.

En estos días ensaya una técnica en la que empezó a mezclar sus tejidos con materiales reciclados como el plástico de las botellas. Con estos arma la base para fabricar más de 10 variedades de lámparas para exportar.

Al conocer a más mujeres indígenas cabeza de familia que también hicieron parte de su resguardo invitó a otras tejedoras a trabajar con ella para cumplir las expectativas de la demanda. Les suministra la materia prima y ellas tejen en sus casas, por lo que pueden compartir el día con sus hijos. Hoy Imelda les da trabajo directo a cuatro indígenas e indirecto a 15.

La Fundación Kádaia nació cuando Imelda sintió que su proyecto personal se podía convertir en la fuente de ingresos de otras mujeres de su resguardo, quienes también tuvieron que huir de sus territorios. La oportunidad de trabajo está en sus manos y en el oficio de su pueblo ancestral. “Estas mujeres estaban en la misma condición que yo, o incluso peor”, dice la hoy líder, mientras explica que el reto no solo es dar a conocer su trabajo, sino administrar la Fundación y buscar oportunidades de negocio.

Imelda ha sabido ver oportunidades donde otros no las ven. “El hecho de que sea mujer indígena víctima y desplazada no quiere decir que no pueda salir adelante. Hay personas que no son víctimas y no tienen ningún emprendimiento. Cuando uno tiene una meta, las dificultades lo hacen fuerte”, es su mensaje final a quienes ven en ella un ejemplo de empuje empresarial.