Las mujeres que actúan para ser libres

Un grupo de reclusas de la cárcel de El Buen Pastor utiliza el teatro como una herramienta para sobrellevar el encierro y transformar vidas. En febrero se presentarán en el Festival de Teatro Carcelario.

30 de noviembre de 2015
Por José Vicente Guzmán Mendoza, periodista de Reconciliación Colombia
Fotos de León Darío Peláez 


En la cárcel de mujeres El Buen Pastor hay un patio al que las reclusas llaman ‘el parque de la 93’.  Es un espacio amplio, rodeado por una capilla, un parque infantil, una cafetería y la cocina donde las mujeres recogen el almuerzo custodiadas por las guardias del Inpec.  En el centro de todo esto hay una especie de quiosco de cemento con una tarima armable rodeada por algunas bancas.

Leidy Castro, uniformada como las demás mujeres que están encerradas en la prisión –pantalón y blusa café claro con rayas anaranjadas–, sube las escaleras de la tarima con varias hojas en sus manos.

“Grecia. Siglo quinto y muy lejos de aquí…”, dice mientras camina por entre varias de sus compañeras, que están sentadas sobre la tarima con los ojos cerrados.

En total son 15 las mujeres que están en el escenario. No hay público. Sólo siete personas las observan. La vida en la cárcel sigue como todos los días.

Al fondo, más allá de los muros de la prisión, se puede ver un centro comercial muy reconocido en Bogotá y varios edificios de apartamentos en donde la gente sigue con su vida normal. Un poco más cerca se ve uno de los nueve patios que componen la cárcel: una construcción de cinco pisos, enrejada, con prendas de vestir y utensilios colgados hacia afuera.

“Esto es un cementerio de mujeres vivas muertas en vida”, dice la mujer que ahora habla en el escenario.


Arte contra el encierro

Sofía Vélez lleva dos años en el grupo de teatro de El Buen Pastor. Había actuado cuando estaba libre y cuenta, risueña, que incluso tuvo papeles como extra en una que otra telenovela.

Entró a la cárcel por lo que coloquialmente llaman ser ‘mula’. La cogieron cuando estaba intentando entrar droga en México y ahora está condenada a 97 meses de prisión. Aún le hacen falta más o menos cinco años.


“Todos los días es lo mismo: tú te levantas, te bañas, todo se vuelve una rutina… por eso cuando llega este momento es como ¡uf!”, cuenta con gesto de satisfacción. “Uno se va a otro mundo, se desinhibe de muchas cosas, deja esos pensamientos locos y se mete en esto… en otro papel”.

A su lado, sentada en la tarima, está Ángela Verano, quien sólo lleva dos meses en el grupo. Ella cuenta que tienen tres ensayos a la semana y clases de lunes a viernes. Allí les enseñan sobre maquillaje, expresión corporal, danza, uso correcto de la voz y hasta manejo de los nervios.


 
“Estar en esto es una oportunidad para aprender cosas nuevas y olvidar que uno esta acá, porque este es un encierro muy tenaz”, dice.

Ángela está presa por el robo de un celular en 2009. Le dieron casa por cárcel, pero se la revocaron a los tres meses y nunca se enteró. Hace siete meses, cuando la Policía llegó a atender un caso de violencia intrafamiliar en su casa, le dijeron que tenía orden de captura.

Desde entonces no ha vuelto a ver a sus dos hijos: una niña de dos años y un niño de ocho. Lo peor es que aún le falta pagar seis años más de prisión.

“Es muy doloroso. La niña es muy chiquita y ella nunca se había separado de mí. El momento más duró aquí es al acostarse, porque recuerdo que ellos me abrazaban todas las noches”, dice.

Su esperanza es que llegue febrero del 2016, la fecha en la que comienza el Segundo Festival de Teatro Carcelario en el que participa el grupo de El Buen Pastor. Ellas deben presentar la obra fuera de la cárcel y sus familiares podrán ir a verlas en vivo y en directo.

“Yo ya le avise a mi mamita, para que me lleve a mis dos hijos”, dice con una sonrisa en el rostro.

Un proyecto a largo plazo

El grupo de teatro fue creado en octubre de 2012 por la actriz Johana Bahamón, quien luego de una visita a la cárcel empezó a trabajar con mujeres privadas de su libertad. El experimento fue tan exitoso que un año después nació la Fundación Teatro Interno, que hoy trabaja en varias cárceles del país y  ha beneficiado a unas 3.900 personas.


Hoy no sólo trabajan a través del teatro. También les ayudan a los presos que quieren montar proyectos productivos y les dan charlas de crecimiento interno. Han logrado crear un sistema en el que todos se apoyan mutuamente y, por ejemplo, el vestuario para las obras de teatro lo hacen otras mujeres de la cárcel en sus talleres de costura.

Hace pocos meses, además, inauguraron la Casa Libertad, un lugar en Bogotá en donde junto al Ministerio de Justicia, la CAF –Banco de desarrollo de América Latina– y otras entidades como Colsubsidio o Bancamía, trabajan con las personas que recién quedan en libertad y no saben qué hacer con sus vidas.

Para el próximo año la Fundación está planeando la segunda versión del Festival de Teatro Carcelario, en el que competirán grupos de teatro de seis cárceles del país. Además del grupo de El Buen Pastor, participarán los de las cárceles de Montería, Armenia, Jamundí, Cúcuta e Itaguí (en donde hay una prisión de máxima seguridad).

La idea es que entre el 22 de febrero y el 4 de marzo de 2016 cada uno de esos grupos presente una obra diferente en un teatro reconocido de su ciudad (ver programación). Un jurado escogerá al grupo ganador, que se presentará durante el Festival Iberoamericano de Teatro en La Castellana, uno de los escenarios más reconocidos de Bogotá.

Para Ana Mercedes Botero, directora de Innovación Social de la CAF, entidad que en esta oportunidad está apoyando el festival y que también trabaja con proyectos innovadores en cárceles de toda América Latina, este es un ejemplo de “soluciones útiles a problemas de desarrollo”.

La cruda realidad

La cómplice de Johana en esta iniciativa ha sido la también actriz Victoria Hernández, hoy directora artística de la fundación y  encargada de dirigir al grupo de El Buen Pastor.

“Contrario a lo que les pasa a ellas, nosotras entramos hace tres años y no quisimos volver a salir. A mí me pasó porque me emocionó tener la posibilidad de brindarles un poquito de libertad a todas estas mujeres”, dice.

En ese tiempo han montado tres obras. La última y la más famosa es ‘Yo soy Antígona’, la historia de un grupo de presas que están ensayando ‘Antígona’ de Sófocles. Una obra que ya han presentado en la Defensoróa del Pueblo, la Casa Libertad y algunos de los patios de la prisión. 

La obra fue escrita por Victoria usando las experiencias vividas por las primeras mujeres que entraron al grupo de teatro, muchas de las cuales hoy ya están en libertad, fueron trasladas de cárcel o se encuentran haciendo otras actividades que les representan más descuentos para sus condenas.


Durante la obra se mezclan pedazos de la tragedia griega con situaciones que viven diariamente las mujeres privadas de su libertad: torturas y malos tratos, soledad, miedos, arrepentimiento, etcétera.

A Sofía, por ejemplo, le tocó ser Euridice; una mujer que está en prisión cuando se muere su hijo y a la que le toca rogar para que la dejen salir a despedirse de él. Hay otras escenas fuertes: uno de los personajes sufre golpizas y a otra le destruyen un muñeco que estaba guardándole a su hija.

Sin embargo, también hay espacio para la reconciliación: en un momento de de la obra una de las mujeres que hace de guardia se sienta junto a una de las presas para ensayar el parlamento.

Días de fiesta

El ensayo termina sobre la una de la tarde. Detrás del quiosco de cemento hay una fila de mujeres con bandejas de plástico esperando recibir su almuerzo.

Varias de las actrices bajan del escenario y se dirigen a su patio para poder almorzar. El pequeño momento de libertad ha terminado.

Leidy Castro, quien también hace parte del grupo, camina con el libreto en sus manos. Aún lo estudia, pues tiene uno de los papeles más importantes dentro de la obra y los parlamentos más largos.  

Es una de las más antiguas del grupo y lleva 17 meses tras las rejas, pero aún le hacen falta cerca de nueve años para cumplir su pena por estupefacientes. “Aún me queda algún tiempo por aquí”, dice.

Ella esperará pacientemente a que llegue otro día de ensayos o a que empiecen nuevamente sus clases. En medio de la tragedia que representa el encierro, el teatro le permite ser libre, ir a donde quiera y ser otra persona, por lo menos por algunas horas.

Eso, que sienten todas, queda claro en la escena final de la obra, cuanto entre saltos las 15 mujeres repiten: “hoy es día de fiesta, hoy es día de teatro”.