RECONCILIACIÓN. EDITORIAL DE EL TIEMPO

Publicado 18-02-2016

EMPODERAMIENTO. Suele ser en silencio como se gestan las grandes transformaciones. Las diversas iniciativas en curso lideradas por la sociedad civil para sanar las heridas que han dejado más de cinco décadas de conflicto armado lo demuestran una vez más.

Editorial de El Tiempo, 5 de febrero de 2014

Pero ocurre que, visto cada uno de estos proyectos por separado, parecen a veces gotas de esperanza en un mar de incertidumbre, sin demeritar en ningún momento su importancia e impacto. Por eso, es fundamental ubicar y aglutinar dichos esfuerzos, paso decisivo para que las próximas generaciones se liberen, por fin, de ese lastre de traumas heredados que acechan como fantasmas e impiden que esta sociedad desarrolle todo su potencial.

Es esencial, pues, conocerlos, intercambiar experiencias exitosas, crear una red de apoyos y, sobre todo, darle el lugar que se merece en el debate público a una causa urgente que debe ser prioridad nacional: remendar el tejido social allí donde el conflicto más estragos ha hecho, donde más marcada ha dejado su macabra huella.

Esta es la apuesta de Reconciliación Colombia, iniciativa presentada ayer en Bogotá y que apoya esta casa editorial, resultado de una alianza entre diferentes sectores de la sociedad civil para que nunca más las experiencias de reconciliación que tengan lugar en el país sean hechos aislados.

Para lograrlo, pretende conectar los territorios que ya han sido (o son actualmente) escenario de casos que tienen en común el que la voluntad de reconciliación, de reconocer las culpas para restarles filo, de reparar el daño, ha triunfado sobre el rencor que alimenta ese círculo vicioso de venganza y destrucción.

Además de esta labor de articulación, se pretende también iniciar un proceso de reflexión que traiga acciones que permitan, en estos lugares, reconstruir la confianza, empoderar a grupos sociales, restablecer derechos injustamente usurpados y crear nuevas oportunidades a quienes fueron tocados por la guerra. En pocas palabras, lograr que los jóvenes puedan plantearse un proyecto de vida sin que esto sea un privilegio.

Ahora bien, hay que ser enfáticos en que el eco de este emprendimiento no puede agotarse en las zonas que fueron escenario de confrontación. El llamado es para que todos los colombianos conozcan estas experiencias y se hagan la pregunta de cómo pueden repercutir en sus vidas, guardadas las proporciones, desde luego.

Y aquí surge algo vital: como lo demuestran los múltiples testimonios (estremecedores y aleccionadores) que ya ha recopilado el proyecto en cuestión, de nada sirve una reconciliación que sea de dientes para afuera. En mayor o menor medida, todos podemos tener la oportunidad de convertir en acciones un discurso que, por fortuna, toma vuelo.

¿Cómo? Superando prejuicios, evitando revictimizar a quienes ya sufrieron el rigor de la guerra, abriéndoles espacios laborales, dándoles la oportunidad de participar en la vida económica, social y cultural de la sociedad, como ciudadanos más allá de cuál sea su pasado.

El hecho de que quienes han padecido en carne propia los horrores de la guerra hayan podido deponer odios, traumas, para abrirle paso al perdón y sanar sus heridas, debe ser un mensaje contundente para todos.

La paz, para que sea duradera, no llega con unas firmas que, está fuera de discusión, ojalá se produzcan. Debe ser una construcción colectiva si se pretende duradera.

 

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