'MÁS QUE LA PLATA, ME IMPORTA LA GENTE'

Publicado 18-02-2016

De padre inglés y mamá paisa, Maurice Armitageeste, conspicuo industrial vallecaucano, reparte su tiempo entre el impulso de su empresa y la promoción de sus ideas sobre una sociedad más justa y su propio testimonio de reconciliación, luego de dos secuestros de los que fue víctima. Hace poco, en el marco del Segundo Encuentro Regional del Proyecto Reconciliación Colombia, celebrado en Cali, se quebrantó al punto del llanto mientras hablaba de inclusión social y paz.

Por DIEGO ARIAS *
Especial para EL TIEMPO
Publicado el 27 de marzo de 2014.
Foto: Diana Sanchez, revista Semana
 
Algunas de sus ideas resultan controversiales o por lo menos audaces, incluso para sectores del empresariado que apoyan los esfuerzos de paz y de cambio en Colombia.
 
“La plata uno se la gana con el sistema capitalista, porque eso es lo que domina en el planeta –sostiene–. Pero estoy convencido de que hay que gastarla pensado en el socialismo. Uno no puede tener un ambiente sano dentro de una sociedad en medio de la desigualdad y la pobreza”.

Su contacto cotidiano con personas de múltiples condiciones le permite tomar el pulso de lo que pasa en el país.

“Yo sigo defendiendo que, pese a todo, la guerrilla mantiene unos principios de tipo social, así no nos gusten, por supuesto, sus acciones. Yo mantengo un contacto permanente con muchas personas, y para muchas de ellas la guerrilla es una posibilidad de transformación y cambio. Eso puede ser inviable, pero es una realidad!”, dice y reitera con seguridad pese a que algunos le refutan esa especie de “consideración” con la guerrilla.

Sin rodeos, se declara en apoyo de los esfuerzos de paz y en particular los del presidente Juan Manuel Santos:

“Hoy existe la posibilidad real de una negociación de paz porque sin duda hay una superioridad militar estratégica del Estado sobre la guerrilla. Yo no voté por Santos, pero le admiro su empeño en buscar la paz por una vía negociada. Esta era una bandera de la izquierda, que nunca supo cómo impulsarla, y en eso el Presidente ha sido audaz y coherente”.

Hablemos de su infancia, de sus primeros días...

Mi padre llegó en los años treinta, conoció a mi mamá en Palmira, se casaron y de allí nacimos nosotros. Somos cinco hermanos. La nuestra no era una familia de tradición industrial. Mi padre era un empleado. La realmente empresaria, si puede decirse, fue mi mamá, que tenía un taller de costura, y fue ella la que nos levantó a nosotros luego de la muerte de mi papá. Fue con ella como aprendí el concepto de trabajar. Puede decirse que éramos de clase media. Yo vivía en San Fernando viejo, en Cali. Yo he estudiado de todo y en nada me he graduado. Pasé por las universidades del Valle (Economía) y San Buenaventura.

¿Cómo llega a iniciarse como empresario?
 
Mis primeras angustias fueron poder levantar a mi familia, y en parte por eso dejé de estudiar. Luego monté una empresa pequeña de papas fritas que fue creciendo... Recuerdo que estaba muy cerca del colegio Santa Librada. Y después me fui vinculando como contratista de la industria azucarera en los años 68 y 69, y allí aprendí toda la mecánica de ese negocio... Pero hace treinta años, con un socio, nos quedamos en el tema siderúrgico y fundamos una empresa de fundición, que ha evolucionado hoy a lo que es Sidoc (Siderúrgica de Occidente). La nuestra ha sido una historia de “trabajar, trabajar y trabajar”.
 
¿Cómo es eso de que le faltó poco para ser comunista?
 
Eso nació en mi familia. No fue un asunto ideológico o religioso, sino práctico. No éramos pobres, pero vivíamos al día, así que siendo 5 hermanos nos tocó aprender a compartir todo. Muy pocas cosas eran de propiedad personal. Muchas cosas, incluida la ropa nueva, la debimos compartir. Yo soy un convencido de que, en la medida en que uno comparte, la vida misma no solo le devuelve eso a uno, sino incluso ¡mucho más! Yo no soy exactamente una persona religiosa, pese a haberme formado con los hermanos maristas. Mi imagen de Dios quiero verla es proyectada en los demás. Quiero ser una “buena persona”, en el sentido de compartir y hacer parte de una humanidad común.

¿Y eso, en el ejercicio empresarial, en qué se traduce?

Yo he aprendido una cosa buena y es que, por más que sean importantes las máquinas y la plata, lo realmente importante es la gente que trabaja con uno, y en eso hemos tenido un gran éxito.
 
En esto hay que ser coherentes. Le pongo algunos ejemplos: uno no debe pagar simplemente lo que la ley dice, sino lo que realmente uno es capaz de pagar y de distribuir. Eso es un muy buen negocio. Aquí en nuestra empresa el propósito es que nos vaya bien a todos. Aquí todos saben mensualmente cómo va la empresa y discutimos sobre cómo nos fue en el mes anterior y cómo esperamos que nos vaya en el próximo. En las utilidades tenemos un esquema en que las compartimos con todos los trabajadores y empleados, incluyendo desmovilizados. No se puede andar llorando cuando las cosas van mal y ocultar cuando las cosas van bien. Entre nosotros no hay nadie que tenga un salario básico de menos de 1 millón de pesos, pudiendo, según la ley, estar pagando, en muchos casos, un salario mínimo legal vigente.

Resulta algo sorprendente escucharlo defender con tal vehemencia la reconciliación y la búsqueda de la paz, siendo que usted ha sido víctima de dos secuestros...

En el primer secuestro, a nosotros nos tocó pagar. Fue un secuestro colectivo del frente 57 de las Farc en Bahía Solano (Chocó), en el 2002. Todos pagamos, los que éramos ricos y los que eran pobres, como un señor que era un mecánico para el que nos tocó hacer un fondo común. En eso estuvimos muy solos...

Para el segundo secuestro, hace poco más de cuatro años, el cambio del papel del Estado fue radicalmente distinto. Yo tengo que hacer un gran reconocimiento al expresidente Álvaro Uribe Vélez. Si mis convicciones ideológicas no fueran otras, yo sería hoy uno de los más fieles promotores de sus ideas. Luego supe que en su mejor estilo, durante una asamblea de la Andi, dio la orden a las Fuerzas Armadas de iniciar una operación de rescate para obtener mi libertad. Yo veía todo: los soldados, los aviones, los helicópteros...Y después de mi liberación me llama el propio presidente Uribe a presentarme excusas porque me habían secuestrado... ¿eso cuándo se había visto en este país?

Es en este caso cuando conecta con una experiencia de perdón...

Hay algo en el sistema capitalista (el afán por el dinero) que daña la conciencia de la gente. La persona a través de la cual se organizó el segundo secuestro era un empleado mío de confianza y de quien conocía a su esposa, su familia, sus hijos, y en todas sus necesidades recibían nuestro apoyo, además de su salario. Llega una gente desde el Caquetá y lo convencen de facilitar el secuestro, pero una vez que esto (el secuestro) sucede, esa persona se “derrumba”. En algún momento, ya en libertad, yo entendí el drama de esta persona, no para justificarlo, sino para entender que a veces todos tomamos decisiones equivocadas que nos afectan a nosotros mismos o que lamentablemente, como en mi caso, afectan a otros. Pero, igual, todos reclamamos siempre una segunda y hasta una tercera oportunidad. Yo me dije: ‘¿Por qué no dársela?’. Así que terminé por asumir su defensa jurídica y el apoyo de su familia por cerca de tres años. Yo me conecté allí humanamente con ese drama.
 
¿Al lado de la paz, cuál es la prioridad de Colombia hoy?
 
Necesitamos un nuevo orden que reduzca las desigualdades y genere nuevas oportunidades para quienes más lo necesitan Debemos estar dispuestos a aportar todos mucho más... ¡No veo otro camino!

 

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