VÍCTIMAS DE MASACRE DE TRUJILLO AÚN CARGAN UNA CRUZ

Publicado 18-02-2016

Tras 24 años de la masacre, no hay reparación y continúan las amenazas. Historia de víctimas eternas.
 
Por: Laura Marcela Hincapié S.
Publicado en El País, Martes 1 de abril
Foto: Ministerio de Justicia
 
La mujer está recostada en una de las paredes de la Galería de la Memoria del Parque Monumento, en Trujillo (Valle). Con sus manos, pecosas y arrugadas, sostiene dos fotografías tamaño carta. En ellas aparecen sus muchachos Arley y Edilson, de 14 y 16 años. Ambos desaparecieron en 1990, cuando grupos paramilitares se adueñaron del pueblo y amenazaron y asesinaron y torturaron a hijos, padres, hermanos, primos, sobrinos, amigos. (Vea: Imágenes: pese a amenazas, rinden homenaje a víctimas de masacre de Trujillo)
 
La mujer se llama Consuelo. Y hace 24 años carga, como una cruz, esas fotografías. Lo hace cada vez que hay una reunión de familiares de víctimas o una misa o una visita de alguna entidad que llega con promesas de justicia. Y también en las noches. Cuando le asusta la soledad, vuelve a abrazar esas imágenes que en papel lucen borrosas, pero en su mente están intactas: los últimos abrazos, besos, regaños. Ese adiós que sigue pendiente.
 
¿Cómo se puede ser víctima toda la vida?

Hoy, 31 de marzo, Consuelo carga su cruz con una nueva esperanza. En unas horas el Ministro de Justicia, Alfonso Gómez Méndez, llegará al Parque Monumento para escuchar sus peticiones y las de decenas de hombres y mujeres que, al igual que ella, se aferran a las fotografías de sus familiares, como un símbolo de que el tiempo parece haberse detenido, de que su dolor sigue allí, como una cicatriz imborrable.
 
Mientras espera la llegada de Gómez Méndez, Consuelo se sienta en una silla rimax y empieza a recitar cuáles serán sus peticiones: “que me regalen una casita, aunque sea, para vivir mis últimos años; que no permitan que ese ‘Alacrán’ (condenado por la masacre) salga de la cárcel, que nos den seguridad; que no nos olviden”.
 
Porque ni Consuelo ni las otras víctimas han podido olvidar tanta maldad. Ella recuerda que, luego de que se llevaron a sus dos hijos, los ‘paras’ entraron a la finca y, entonces, se ensañaron con su esposo. Lo amarraron, lo golpearon, lo escupieron. Y todo allí, en sus narices, enfrente de los ojos asustados y llorosos de sus otros ocho hijos... Hasta le pidieron que participara en aquella función de sevicia. “Me obligaron a que les picara limón, mucho limón, para echarle en la nariz y hacerlo sangrar. Luego pedían toallas, ollas... y yo pues les tenía que correr”.
 
***
 
Son las diez de la mañana y el Ministro de Justicia acaba de llegar al Parque Monumento. Detrás de él, una fila larga de hombres y mujeres que lo acompañan a recorrer los 235 osarios que hay en el sitio construido como un homenaje a la memoria de los mártires de la violencia en Trujillo.
 
Al lado de Gómez Méndez, caminan la hermana Maritze Trejos y Orlando Naranjo, de la Asociación de Víctimas por la Violencia de Trujillo (Afavit), quienes le cuentan al funcionario que al mes reciben unos 500 visitantes que quieren conocer la historia de aquellas víctimas eternas.
 
Solo que mantener el sitio ha sido otra batalla perdida: la Alcaldía, que es la responsable de su cuidado, se comprometió desde el año pasado a girar $500 mil mensuales, pero hasta ahora no les ha dado ni mil pesos. Entonces, el sitio sobrevive de la generosidad de otros.
 
Y también de la valentía de Consuelo. La mujer, que siempre camina cargando las fotografías de esos dos chicos, es la encargada de cuidar el parque. De día es la jardinera y en la noche, cuando el silencio es su única compañía, ella se va un cuartico que queda al lado de la galería y desde allí vigila que los recuerdos que reposan en aquel monumento descansen en paz.
 
Pero hay quienes siguen empeñados en que las víctimas de Trujillo sigan siendo eso, solo eso, víctimas. Desde 1994, cuando terminó lo que se llamó “la masacre”, la violencia continuó: en el 2000 llegaron los paramilitares del Bloque Calima y años después el municipio se convirtió en un trofeo que se disputaban los ‘Rastrojos’ y los ‘Machos’.
 
Y hoy desconocidos -que algunos creen que hacen parte de bandas de exparamilitares- los acorralan con llamadas y mensajes que les recuerdan que el horror no se ha ido. En los últimos dos meses, los miembros de Afavit ya han recibido cinco amenazas de muerte. Pero no hay ni un sospechoso ni un capturado ni un condenado por aquellas intimidaciones.
 
Consuelo, entonces, acompaña al Ministro a la Ermita del parque, para que él mismo sea testigo de la persecución. En el lugar, de paredes blancas, hay escritas con marcador negro frases que convierten ese templo sagrado en algo tenebroso: “Se van o los picamos defensores de mierda malparidos”, “Los vamos a picar siguen mas”, “Perros de mierda”...
 
Las amenazas aparecieron hace ocho días. Consuelo recuerda que apenas vio esos letreros, sintió un frío en el cuerpo. La mujer, que no sabe leer, supuso que aquellas letras negras, que parecían escritas con tanta rabia, seguro no eran nada bueno. Y es que el miedo no necesita leerse, se siente, está allí, como otra cicatriz.
 
Y eso el Ministro dijo entenderlo. Prometió comunicarle al Presidente todas las peticiones y necesidades de las víctimas. “En Trujillo no puede haber ni un amenazado. Y si tenemos que desplegar a toda la Fuerza Pública, lo haremos”, repetía Gómez Méndez.
 
Pero mientras esas nuevas promesas se cumplen, Consuelo, Maritze, Orlando, Teresa, Gonzalo, María... seguirán abrazados a esas fotografías como el recuerdo de una herida que no sana, como una cruz eterna. ¿Se puede ser víctima toda la vida?

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