DE CUEVAS Y CAVERNÍCOLAS

Publicado 18-02-2016

Hasta hace poco tiempo me consideraba una buena cavernícola, es decir, una espeleóloga o exploradora de cuevas, ambientes subterráneos excepcionales poco aptos para claustrófobos, pero perfectos para quienes tenemos pánico a las alturas. 

Por Brigitte Baptiste
Publicado en La República, 24 de junio de 2014
Foto: Archivo Semana

La sola lectura de las crónicas de Juan Pablo Ruiz y sus colegas montañistas (que acaban de coronar el McKinley en Alaska) me produce vértigo, así comparta las preocupaciones ambientales de todos ellos: la búsqueda de esa conexión vital con el planeta, algo que muchos jóvenes han dejado de hacer a su pesar, ante los cambios en los modelos educativos, la violencia en el campo y aventuras-sustituto de la naturaleza, narradas de los reality y canales de televisión de pago.

Si el proceso de paz llega a buen término, de seguro el país se abrirá a reconocer sus maravillas naturales y a explorarse de nuevo, algo que reencantará a millones de jóvenes (y no tan jóvenes) ávidos de aventura, retos y nuevo conocimiento. Para ello, sin embargo, no bastará desminar selvas o montañas, ya que debe haber una voluntad colectiva de recuperar el país para todos y, en muchos casos, hemos perdido las coordenadas. Desde hace décadas Andrés Hurtado nos ha llevado de la mano de sus jóvenes excursionistas haciendo este llamado… Pero Colombia aún no es amigable con el caminante ni con una cultura del goce pasivo, la contemplación, el silencio que se requiere para disfrutar el privilegio del canto de miles de aves, avistar fauna o practicar las pacientes artes de pesca. Tampoco facilita el contacto con la gente local, ni con la construcción de fuentes de trabajo en proyectos realmente ecoturísticos: no hay  municipio colombiano que no esté rebuscando sus mejores atractivos paisajísticos para venderlos sin miramiento ante el mercado creciente de lo que debería ser una industria diferente y sostenible. Abundan más bien mercachifles sin sombra de respeto por su propia fuente de trabajo, slogans publicitarios, lugares comunes, campañas repetidas  y homogenización de la oferta.

Por otra parte, se acaba de aprobar por Ley la “Cátedra de la Paz”, que ojalá, además de retórica, contribuya con la reconciliación, que solo se dará en la reanudación de esas conversaciones que todo viajero tiene con la gente de las tierras que cruza y visita, cuando crea lazos, así sean efímeros, con las personas que encuentra, y cuando es capaz de ver y apreciar la diferencia en los modos de vida de las comunidades que le acogen. La enseñanza de la geografía y recorrer los caminos siempre ha sido la mejor aliada de la paz, y Colombia debería construir un modelo educativo que retome la capacidad de reencuentro, que promueva el conocimiento de nuestra biodiversidad a través del conocimiento local y que entienda la experiencias de la tragedia y las heridas vivas del conflicto. El verdadero ecoturismo no consiste en reducir a las poblaciones locales a fabricantes y distribuidores de folclor, o a empleados corteses de megaproyectos hoteleros. 

Las estrategias promocionales del turismo de naturaleza que van ‘in crescendo’ son bienvenidas. Excelentes ejemplos en algunas aerolíneas, parece que vienen sorpresas en el sector hotelero, algunas opciones mejores que otras en las comunidades, pero sin mucho apoyo. Haríamos bien en reflexionar acerca de las condiciones del patrimonio ambiental que poseemos antes de repetir los errores que lo han degradado en muchos países, destruyendo servicios ecosistémicos irremplazables: es fácil acabar una colonia milenaria de murciélagos en una cueva con un par de años de “turismo aventura” y a cambio de ganar tres pesos vendiendo recorridos de fin de semana a visitantes despistados, dejar sin polinizadores y controladores de plagas vastas regiones agropecuarias.
Desarrollar el turismo implica dignificar y llenar de sentido el territorio, su historia y las vidas de quienes están conectados con él. 

Hacer la paz implica respetar nuestras poblaciones rurales,  los pueblos indígenas y afros y sus modos de vida, conocer sus duras historias y conflictos, y fortalecer su capacidad de elegir y persistir. Implica caminar con gentileza el territorio, disfrutar la diferencia, invertir en ella. Para eso hay que abrir decididamente nuestros parques nacionales a todos, sin llenarlos de infraestructura para minorías, y proponernos que ningún colombiano deje de conocer Colombia, incluidas sus profundas y maravillosas cavernas. Superar la cultura, esa si cavernícola, del bochinche traqueto que asuela el Tayrona.

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