LA PARADOJA DE FÚTBOL Y VIOLENCIA EN LATINOAMÉRICA

Publicado 18-02-2016

Los países de América Latina han encontrado en el deporte un potente aliado para prevenir y combatir el crimen.

Publicado en El Espectador, 9 de julio de 2014
Foto: Archivo Semana.


En este campeonato mundial de fútbol hemos visto patadas, codazos, cabezazos y hasta un mordisco. Las celebraciones de los resultados tampoco han sido del todo pacíficas: el primer triunfo de Colombia dejó muertos y heridos en Bogotá; y en Chile, las celebraciones acabaron con autobuses incendiados y enfrentamientos con la policía.

El deporte, además, está asociado con las “barras bravas” en algunos países latinoamericanos, los hooligans europeos, la llamada “guerra del fútbol" en Centroamérica (1970), y hasta con el aumento de casos de violencia doméstica en Inglaterra, según un reciente estudio.

Paradójicamente, el mismo deporte que provoca estos hechos en los estadios y fuera de ellos, puede ser también un instrumento para lograr todo lo contrario: que personas o sociedades con riesgo de caer en la violencia aprendan a vivir en paz.

“Es un deporte que convoca, que genera pasión, que atrae, que es colectivo, que requiere interacción, por lo cual tiene grandes ventajas para usarlo como herramienta para desarrollar en los niños y en los jóvenes competencias que les permite resolver de manera pacífica los conflictos”, explica Martha Laverde, experta en educación del Banco Mundial.

¿La respuesta a la creciente inseguridad ciudadana es entonces construir más canchas de fútbol y menos comisarías? Laverde advierte que, en realidad, el proceso no es tan simple. “No es el juego por el juego, se requiere tener una intencionalidad y esto es lo que hacen tantas organizaciones en el mundo al usar el fútbol como el medio para desarrollar una cultura de paz”.

Fútbol sin violencia

Es esta intencionalidad, precisamente, la que se ha puesto en práctica con éxito en distintos lugares de América Latina, donde miles de jóvenes de áreas afectadas por la violencia delictiva o de conflictos armados han optado por disparar balones en vez de balas.

En Zacatecoluca, unos de los municipios más violentos de El Salvador, se reforzó el equipo de fútbol y se construyó una cancha nueva, que ha llegado a ser un lugar donde los niños y niñas de la zona se forjan en los valores del deporte y del respeto.

“Esta colonia anteriormente era una de las más peligrosas, y gracias al trabajo con los jóvenes hemos logrado reducir prácticamente un 90% el índice delincuencial”, explica Carlos Gómez Villegas, Coordinador de la escuela de fútbol en la Colonia La Esperanza en Zacatecoluca.

En Colombia, por ejemplo, -donde el conflicto armado ha dejado más de 200.000 muertos en 60 años- la iniciativa “Fútbol con Corazón” ayuda a más de 2.000 niños de comunidades pobres o susceptibles de caer en situaciones de violencia, a tener acceso a nuevas oportunidades y a desarrollar en ellos las habilidades que les permitan enfrentar las adversidades.

El sacerdote católico Alberto Gauci fue mucho más allá y construyó un estadio para 20 mil espectadores en Juticalpa, una localidad de Honduras de solo 120.000 habitantes, afectada por la violencia del narcotráfico y las pandillas.

Gauci explica que no basta con recomendar a los jóvenes que no consuman drogas o alcohol, sino que, además hay que ofrecerles alternativas.

La experta Laverde explica que los roles que se asumen en la cancha son los mismos que los jóvenes encuentran en la familia, en su escuela, en su comunidad: el líder, el estratega, el defensor, el atacante, el que solo quiere resultados, el que solo obstaculiza.

“Todos estos roles en juego requieren que cada uno de ellos tenga entre otras al menos dos habilidades muy importantes: la empatía y el control de las emociones”, afirma Laverde.
Si se logra, a través del fútbol, que los niños y los jóvenes dominen estas dos competencias de interacción social “tendrían, sin lugar a duda, herramientas que los protegerían de actuar de manera violenta”.

Todos estos valores son necesarios en América Latina, catalogada oficialmente como la región más violenta del mundo, dado que en ella ocurren el 30% de todos los homicidios del mundo, a pesar de albergar solo al 9% de la población del planeta.
 

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