La guerra o la vida

Este virus es un fenómeno de la naturaleza, un resultado de la interacción de los seres humanos con el mundo silvestre, que es precisamente un punto que no hemos podido zanjar de modo equilibrado, debido, en parte, por andar peleando guerra.

 

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Quiero sumarme a un pequeño coro de voces: aquellas que han pedido que no le digamos “guerra” a algo que no lo es.

No se trata (sólo) de un llamado neurótico a la precisión lingüística, sino de una invitación a reconocer que los cambios que se darán en el mundo a causa de esta crisis, se parecerán inevitablemente de los códigos que usemos para atenderla.

Y lo que necesitamos hoy no es una sociedad de la posguerra, sino una comunidad lista para el renacimiento.

Pero, primero, un reconocimiento. Porque el uso indiscriminado de la simbología de la guerra se debe a que sus recursos han sido universalmente útiles, tanto para los pueblos como para sus líderes.

El heroísmo, por ejemplo, le da sentido a la difícil decisión de poner en riesgo la vida propia por un valor superior, y justifica y enaltece socialmente el sacrificio.

Las guerras son eventos excepcionales, que requieren esfuerzos mayúsculos y mucha coordinación. En ellas se invoca la resistencia, el tesón, la unidad de propósito.

Como la guerra es privación, su lenguaje valora la resistencia y la austeridad. “Economía de guerra” se dice para caracterizar esa escasez aguda y repentina, y con esa alusión se llama a la frugalidad, al ahorro y la mesura. La contención como medio de supervivencia, como ejemplo de comportamiento moral.

Pero, sobre todas las cosas, la simbología de la guerra contiene agazapada la promesa más importante de todas: la de superar la adversidad y encontrar, tras el esfuerzo de todos, un nuevo comienzo.

“Todos juntos ganaremos esta batalla”, trinó temprano Daniel Quintero, alcalde de Medellín, cuando invitaba a sus conciudadanos a iniciar juiciosos la cuarentena.

Alusiones semejantes han hecho numerosos líderes del mundo: desde Trump hasta Pedro Sánchez, pasando por Bolsonaro, Macron y nuestra propia fauna nacional. El enemigo es el covid y a él le declaramos la guerra. Una guerra que, desde luego, esperamos ganar.

Y a la luz de ese lenguaje, que conocemos de sobra en Colombia, hemos transformado parte del análisis de esta pandemia en un penoso conteo de muertos y en una sucesión de comparaciones arbitrarias.

Que el covid ya mató más gente que el 11-S, o que las dictaduras más fieras. Como si ello ayudara a dimensionar la magnitud de cualquiera de los problemas. Como si esas cifras solucionaran, de algún modo, el enigma de las sociedades en que nos quitamos la vida los unos a los otros.

Pero, la verdad, es que ni el covid es un enemigo, ni nos corresponde eliminarlo o suprimirlo. Este virus es un fenómeno de la naturaleza, un resultado de la interacción de los seres humanos con el mundo silvestre, que es precisamente un punto que no hemos podido zanjar de modo equilibrado, debido, en parte, por andar peleando guerras.

El desafío que tenemos delante impone la necesidad de entender al covid, estudiarlo, observarlo y comprenderlo para, al fin, saber cómo convivir con él, que es en lo que consiste difícil el arte de las vacunas.

Y esa observación cuidadosa, esa creatividad y esa mirada inquisitiva – que tanto requerimos hoy – se cultiva en los laboratorios y en las aulas, en la experimentación y en la dialéctica, más que en los campos de batalla.

Cuando se instala la presión por hallar una cura a como dé lugar, y existen quienes claman, como en las guerras, que debemos estar dispuestos a “lo que sea” por acelerar el proceso, los expertos siguen insistiendo en la parsimonia propia del método científico.

Las guerras asolan a su paso, apresuran, modifican, sacrifican. Y lo hacen bajo un supuesto propósito colectivo: eliminar las amenazas en el menor tiempo posible.

Las guerras encumbran los fines por encima de los medios y su resolución asume como normales a los daños colaterales.

Cuando estemos reconstruyendo nuestra economía, tendremos que cuidarnos de esta ética de la guerra y estar alertas para no sucumbir a la explotación indiscriminada.

Otro punto vital es el que concierne a la confianza, que es esencial para el desarrollo y lo será para nuestra recuperación. Confianza que se nutre de la solidaridad y la compasión, no de la identificación del otro como un riesgo, o de la pureza llevada a la máxima virtud.

Cerrar las fronteras, cerrar las ciudades e impedir el paso a unos y otros, ha sido necesario en estos tiempos. Pero en la lógica de la guerra estas son decisiones apreciadas y reverenciadas. En las guerras, el Estado que protege queda perdonado de estigmatizar, de aislar, de perseguir y de oprimir.

Pero el verdadero desafío será hacer nuevos intercambios. Imaginar un nuevo modo de encontrarnos y de comerciar, protegiéndonos unos a otros. Y para ello necesitaremos toneladas de confianza, precisamente el bien que la lógica de la guerra se encarga de erosionar.

En el corazón del asunto está la odiosa incertidumbre y nuestro modo de lidiar con ella. Porque la guerra genera certezas. La certeza del Estado, la certeza del liderazgo, la certeza del poder. La guerra impone unas reglas de juego que se convierten en criterio de conducta y en luz en las tinieblas.

Pero quizás, lo que necesitamos en este momento, es un conjunto de valores distinto. La naturaleza nos planteó un desafío de cuidado y no podemos atender a él mediante las viejas fórmulas del control, la sujeción y la violencia.

Hoy necesitamos más escucha paciente y más frases pausadas. Un poco más de silencio y atención, aquella que nos permite abrazar la complejidad y preparar cambios.

Requerimos más apertura para dejarnos apoyar. Menos celos y carreras entre quienes gobiernan, y mucha más cooperación entre quienes se han acostumbrado a competir.

Menos heroísmo y más vocación admirada, menos técnica pura y más amor por la vida, menos fronteras y más creación. Menos hombres y mujeres en guerra, más hombres y mujeres cuidando.

La gran paradoja del mundo de la posguerra es que creó el ideal de la democracia y la paz y, al mismo tiempo, entronizó el lenguaje y los símbolos de la guerra para lograr sus propósitos. Y ello generó el estado actual de las cosas.

Ya le declaramos la guerra al terrorismo, a las drogas, al hambre y a la corrupción. Y poco hemos avanzado en esos empeños. En parte porque la guerra se gana o se pierde. Siempre es juego de suma cero. Por eso, es tiempo de cambiar de estrategias y de tener distintos resultados.

Eso sin contar con la responsabilidad que tenemos de no olvidar que, mientras todo esto nos pasa, sigue habiendo una guerra que sí es real en Colombia. Y que ella está pendiente desde hace más de medio siglo.

– Sergio Guarín León, Director Ejecutivo de la Corporación Reconciliación Colombia

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